Del orden del universo

Época II Año 6 Número 1 Enero - Febrero 2008
Disputatio

La disputa (disputatio) del maestro induce al intelecto a la verdad a la que tiende (Tomás de Aquino, Quodlibet IV q.9, a.3 in c).

La disputatio es la segunda parte del Studium bimestral de e-aquinas. Tiene lugar durante el segundo mes del Studium. Consiste en la discusión en torno a cuestiones relacionadas con el tema de estudio. Primero, se plantean cuestiones (quaestio) y luego se les da respuesta (responsio).

Finalmente, el moderador concluye (determinatio) el tema estudiado.

Quaestiones

  • Afirma Nietzsche que "el carácter total del mundo es por toda la eternidad el caos" (Die fröhliche Wissenschaft III, 109). ¿Puede ser el caos el principio del orden del universo?

    (Publicado por Enrique Martínez el 10 de Febrero de 2008)

    Responsiones (18)

  • Afirma Santo Tomás que "el hombre es el fin de toda generación" (Summa contra Gentiles III, c.22, n.7) -ver lectio-. ¿Es el hombre, por consiguiente, el fin último del universo?

    (Publicado por Enrique Martínez el 10 de Febrero de 2008)

    Responsiones (5)

  • Afirma Santo Tomás que "todas las criaturas intentan alcanzar su perfección, que consiste en asemejarse a la perfección y bondad divinas" (Summa Theologiae I, q.44, a.4 in c). ¿Es la bondad divina, por consiguiente, el fin último del universo?

    (Publicado por Enrique Martínez el 22 de Febrero de 2008)

    Responsiones (5)

  • Determinatio

    DEL ORDEN DEL UNIVERSO (DETERMINATIO)

    Por Enrique Martínez

    1. De la admiración por el orden a la explicación teleológica

    La regularidad es testimonio de la finalidad, así como la irregularidad es propia del azar: “Porque las cosas mencionadas, y todas las que son por naturaleza, llegan a ser siempre o en la mayoría de los casos, lo que no sucede en los hechos debidos a la suerte o a la casualidad” (Aristóteles, Física II, 8, 198 b 35). Ambos principios son en realidad complementarios, se implican mutuamente. En efecto, el finalismo en aquello que no se da con necesidad absoluta exige afirmar esa causa accidental que es el azar; y reconocer el azar exige a su vez afirmar la naturaleza, causa esencial ordenada a un fin determinado: “El hecho de que en las cosas naturales haya defecto –comenta santo Tomás de Aquino- es también signo de que la naturaleza obra por algo” (Tomás de Aquino, In Physic. 2, lect. 14, n. 3). Por otra parte, estos principios no se siguen de una demostración, sino que son una evidencia preconocida para todo hombre; la constatación de la regularidad mueve al entendimiento a dirigirse espontáneamente al fin y a admirarse ante este orden (cf. Aristóteles, Sobre las partes de los animales I, 5, 645 a 23-25).

    Ambos principios sólo puede negarlos quien no contempla el orden, quien cierra los ojos ante su belleza para interesarse sólo por la producción de los efectos. Éste es el mecanicista, que atiende sólo a la causa eficiente productiva, sin considerar para nada el fin; su actitud utilitaria, despreciativa de la contemplación (cf. E. Gilson, De Aristóteles a Darwin y vuelta, Eunsa, Pamplona, 19883, pp.52-65), es la que le lleva incluso a pensar que no existen fines en la naturaleza y que todo acontece por necesidad ciega, que es lo mismo que decir por azar (cf. A. Prevosti, La Física d’Aristòtil. Una ciencia filosòfica de la natura, PPU, Barcelona, 1984, pp.283-288). Pero esto es ir contra la evidencia y negar la existencia del orden en la naturaleza: "El que así se expresara –afirma acertadamente Aristóteles- eliminaría las cosas naturales y aun la misma naturaleza. Pues existen naturalmente todos los seres que, movidos por un principio intrínseco e inmanente, llegan a conseguir un fin determinado" (Aristóteles, Física II, 8, 199 b 14-15).

    Por el contrario, cuando Anaxágoras se preguntaba qué hace preferible existir a no haber nacido, respondía: “contemplar los cielos y el orden total del universo” (cf. Aristóteles, Ética Eudemia I, 5, 1216 a 13-14). Si es propio de sabios ordenar a un fin, también lo es contemplar el orden de lo que ya ha sido ordenado, sobre todo si se trata del orden de todo el universo. De ahí que afirme santo Tomás al inicio de la Summa contra gentiles que “el sentido de sabio en su sentido pleno, se reserva para aquellos que se dedican a considerar el fin del universo, que es el principio de todo cuanto existe” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles I, c.1, n.2-3). Tratemos, pues, de aproximarnos entonces a la sabiduría del Doctor Común de la Iglesia para considerar el fin de un universo cuyo orden gustamos contemplar.

    2. El orden de todo el universo

    El primer orden teleológico que se reconoce a partir de la regularidad debe afirmarse en la sustancia individual. Es un orden que se deriva de la forma, como explica San Agustín cuando distingue en toda sustancia finita el modus, por el que los principios materiales y eficientes son adaptados a recibir la forma; la species, que es la misma forma; y el ordo, que se deriva de la forma y que consiste en la inclinación al fin propio de su naturaleza (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.5, a.5 s.c, in c.).

    No obstante, es posible trascender la sustancia individual para afirmar el orden también al nivel de la especie, que se define precisamente por la forma. De ésta, en efecto, se derivan acciones recíprocas entre los miembros de la misma especie en orden a un fin común. Y así no es sólo una hormiga, sino las hormigas las que se organizan regularmente en los hormigueros; y no es sólo una araña, sino las arañas las que tejen regularmente sus telas, etc. Estas acciones recíprocas, manifestativas de un orden común a la especie, se constatan principalmente en la generación, en donde el fin no es otro que la misma forma, pues “el hombre engendra el hombre” (Aristóteles, Física II, 2, 194 b 13). Se siguen otras acciones comunes que se ordenan a llevar a término lo iniciado en la generación, como la crianza y educación de la prole (cf. Tomás de Aquino, In IV Sent. d.26, q.1, a.1 in c; dist.33, q.1, a.3, q.ª1 in c; dist.39, q.1, a.2 in c.). Y, en el caso del hombre, se sigue en orden a la educación de los hijos la constitución de un matrimonio para toda la vida (cf. Tomás de Aquino, Summa contra gentiles III, c.122, n.8), y en orden a éste la constitución de la ciudad (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q.102, a.1 in c; In VIII Ethic. lect.11, n.4).

    Así pues, del orden teleológico que se da en la sustancia individual se deriva otro orden al nivel de la especie. Podemos preguntarnos ahora si de aquél se deriva otro orden que va más allá y alcanza incluso al conjunto de sustancias finitas. Dicho de otro modo, ¿existe un orden en la totalidad del universo? Para responder a esta cuestión hay que comenzar reconociendo que el orden teleológico que hemos afirmado tiene un carácter perfectivo, “pues todos apetecen su perfección” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.5, a.1 in c.). Este orden perfectivo puede distinguirse en tres direcciones, que son: la tendencia a alcanzar el bien que le corresponde por naturaleza a la sustancia individual, la tendencia a descansar en él una vez conseguido y la tendencia a comunicarlo a otros dado que “el bien es difusivo de sí” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.5, a.4 ad 2). Así lo explica santo Tomás: “Una cosa natural no sólo tiene inclinación natural con respecto al propio bien, para conseguirlo si no lo tiene y para descansar en él si lo tiene, sino para difundir el propio bien en otros en la medida de lo posible. Por lo cual, vemos que todo agente, en cuanto está en acto y es perfecto, hace lo semejante a él” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.19, a.2 in c.).

    Más aún, dicho orden perfectivo, presente en toda sustancia finita, se da en diversos grados. Para distinguirlos santo Tomás utiliza dos criterios distintos pero complementarios, uno en la Summa Theologiae al hablar de los grados de vida y el otro en la Summa contra gentiles al hablar de la generación del Verbo. El primero reconoce como más perfecto al viviente que obra con mayor autonomía en orden a alcanzar el fin: “Si se dice que vive aquello que se mueve por sí mismo y no por otro, cuanto más perfecto sea esto en alguien, tanto más perfecta en él será la vida” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.18, a.3 in c.). El segundo diferencia los grados de perfección de las sustancias según la mayor intimidad respecto de aquello que emanan como difusión comunicativa de su perfección: “cuanto más alta es una naturaleza, tanto le es más íntimo lo que de ella emana” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles IV, c.11, n.1).

    Atendiendo al primer criterio, el viviente más imperfecto es la planta; ésta, aunque se mueve a sí misma en su crecimiento, lo hace determinada por la naturaleza, tanto por la forma como por el fin por el que actúa. Luego está el animal; éste adquiere por sí mismo el principio de movimiento gracias a los sentidos, aunque el fin le viene dado, y por eso decimos que obra instintivamente. Después está el hombre; éste es capaz de ordenar sus propios actos al fin gracias a la razón y el entendimiento, aunque tanto los primeros principios como el fin último están impresos en su misma naturaleza. Finalmente se halla Dios: “Aquello cuya naturaleza sea su mismo conocer, y a lo que esté orientado y que no esté determinado por otro, ése tiene el grado de vida más alto. Ese tal es Dios” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.18, a.3 in c.).

    Y atendiendo al segundo criterio, hay que comenzar refiriéndose al cuerpo inanimado; éste tiene siempre como principio de emanación una causa externa, como se ve en el fuego. Viene después la planta; en ésta ya hay una emanación que procede del interior y da origen a la semilla, aunque el fruto llega a ser totalmente extrínseco al tener que caer en tierra para generar otra planta. En el animal el término de la emanación es interior, esto es, la imagen, que se guarda en el tesoro de la memoria. Pero mayor es la intimidad del hombre, que es incluso capaz de entenderse a sí mismo. O la del ángel, cuyo conocimiento de sí no se origina a partir de algo exterior, como en el hombre, sino que se conoce a sí mismo por sí mismo. Finalmente, hay que reconocer la mayor intimidad en Dios, puesto que “en Dios, que se entiende a sí mismo, existe la Palabra de Dios a modo de Dios entendido” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles IV, c.11, n.9).

    Estos grados de perfección están, además, ordenados entre sí. En la Summa contra gentiles argumenta santo Tomás a favor de una ordenación de lo irracional a lo racional, concluyendo que la Providencia divina cuida de las creaturas irracionales “como ordenadas a las creaturas racionales” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.112, n.1). Esto es así porque la creatura racional obra por sí misma como ser libre, y alcanza por sí misma el fin mediante el conocimiento y el amor; por el contrario, la creatura irracional obra por otro, quedando así sujeta a servidumbre y siendo utilizada por la racional para sí misma (cf. Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.112, n.1.

    Añade, además, santo Tomás está otra razón, que considero esencial para mi exposición: “Cada sustancia intelectual es en cierta manera todo, en cuanto es comprehensiva de todo ente con su intelecto; en cambio, cualquier otra creatura particular sólo tiene una participación del ser” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.112, n.5). “Ser en cierta manera todo” debe entenderse a partir de dos presupuestos: primero, que el intelecto tiene en su inmaterialidad una apertura infinita; segundo, que el acto de conocer implica una unión entre el cognoscente y lo conocido. Por esto puede decirse que el intelecto, abierto a todo ente, al unirse con todo ente en el acto de entender, llega a ser “en cierta manera todo”.

    Esto le lleva a santo Tomás concluir audazmente que las creaturas racionales son parte constitutiva del todo del universo, mientras que las criaturas irracionales quedan subordinadas a la conservación o mejora de las racionales (cf. Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.112, n.4). Me permito aportar aquí aquella sentencia de San Juan de la Cruz que sintetiza muy bien este orden: “Un sólo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo” (Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, 34).

    En consecuencia, es la creatura racional, quodammodo omnia, la que nos permite concluir que existe un orden en la totalidad del universo. Suele decirse que Aristóteles no trascendió el finalismo restringido a cada especie, pero sin embargo afirma santo Tomás que “Aristóteles, en el libro XII de la Metafísica, parte de la unidad de orden que existe en las cosas” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.47, a.3 ad 1). Comprobemos qué dice en ese lugar:”Todas las cosas están coordinadas de algún modo, pero no igualmente, los peces, las aves y las plantas; y no es como si las unas no tuvieran relación con las otras, sino que tienen alguna, pues todas las cosas están coordinadas hacia una. Pero del mismo modo que en una casa a los libres no corresponde hacer lo que va aconteciendo, sino que todas las cosas o la mayoría están ordenadas, así a los siervos y a los animales corresponde poco hacer lo que está ordenado a lo común mas mucho lo que va aconteciendo” (Aristóteles, Metafísica XII, 10, 1075 a 16-22).

    Queda claro, por tanto, que Aristóteles sí afirmó el orden de todo el universo en diversos grados. Lo que rechazó fue la consideración de la totalidad del universo como un único organismo viviente, cuya alma cósmica dirigiera el universo hacia su fin. Pero luego volveremos sobre esto.

    3. El fin del universo

    Ahora, y siguiendo con Aristóteles, conviene preguntarse cuál es el fin al que se ordena el universo. Así se lo pregunta en el lugar mencionado de la Metafísica: “Se debe investigar también de cuál de estas dos maneras está el Bien o el Sumo Bien en la naturaleza del universo: ¿cómo algo separado e independiente, o como el orden? ¿O de ambas maneras?” (Aristóteles, Metafísica XII, 10, 1075 a 11-13). Dicho de otro modo, ¿es el fin del universo el mismo orden o tiene un fin que le trasciende?

    Podemos comenzar respondiendo que el mismo orden es un bien y, por tanto, fin del universo. Santo Tomás lo dice en numerosas ocasiones: “El bien del universo consiste en cierto orden” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles I, c.85, n.4); o, más adelante: “Lo mejor en todas las cosas es el orden universal, en lo cual consiste el bien universal” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles II, c.42, n.3). Pero aquí se entiende el orden del universo sólo en sentido material o extensivo; mas si lo consideramos en sentido formal o intensivo debemos acudir a aquello que lo constituye como parte principal suya, buscada por sí misma: la creatura racional. La distinción nos la hace nuevamente el Aquinate: “El universo es más perfecto en bondad que la criatura intelectual de un modo extensivo y difusivo. Pero en el aspecto intensivo y colectivo, la semejanza de la perfección divina se encuentra más en la criatura intelectual, que es capaz del Sumo Bien” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.93, a.2 ad 3).

    Esto nos permite defender aquí una formulación filosófica del denominado “principio antrópico”, que reconoce al hombre como fin del universo (cf. Abelardo Lobato, “El hombre, síntesis de la Creación”, en José Mª Petit – José Mª Romero (eds.), La síntesis de santo Tomás de Aquino, vol.1, Barcelona, Publicacions i Edicions de la Universidad de Barcelona, 2004, pp.121-138). El joven Tomás de Aquino lo expone de un modo admirable en el prólogo al libro III de su Scriptum super Sententiis; tras comparar las bondades naturales -como el ser, el vivir y el entender- a unos ríos que manan de Dios, fuente de todo bien, afirma: “Estos ríos, que fluyen separados en las demás creaturas, en cierto modo todos confluyen unidos en el hombre. Porque el hombre es como el horizonte y el confín de la naturaleza corporal y espiritual, por ser como un cierto medio entre ambas, de ambas bondades participa, de las corporales y de las espirituales. Por ello bajo el nombre del hombre se entiende toda creatura” (Tomás de Aquino, In III Super. Sent. prol.). Este mismo principio lo enuncia de otra forma en la Summa contra gentiles, cuando afirma sintéticamente: “Homo est finis totius generationis” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.22, n.7) Esta es la descripción que, a partir de dicho principio, hace de los diversos grados de perfección del universo en orden al hombre: “Los elementos existen a causa de los cuerpos mixtos, éstos a causa de los vivientes, y entre éstos las plantas existen a causa de los animales, y los animales a causa del hombre. Se sigue que el hombre es el fin de toda generación” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.112, n.5).

    Pero, ¿cómo puede decirse que una parte del todo –la creatura racional- sea fin de este mismo todo? Pues en contra de esto puede objetarse que “no existe el todo a causa de las partes, sino las partes a causa del todo” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.112, n.5). Mas el mismo Tomás nos daba recientemente la respuesta: “Cada sustancia intelectual es en cierta manera todo, en cuanto es comprehensiva de todo ente con su intelecto” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.112, n.5). Y es que el orden del universo tiene sólo un carácter relativo, es una unidad de orden que presupone la existencia de sustancias individuales; el ordo de estas sustancias individuales es el que fundamenta cualquier otra ordenación derivada, la de la especie o la del universo. Entre estas sustancias individuales destaca la creatura racional, quodammodo omnia, que por la perfección de su individualidad no se ordena como las otras creaturas a la especie, sino que es la especie la que se ordena a la sustancia individual (cf. Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles III, c.113; y de ahí que la sustancia individual de naturaleza racional reciba el nombre de “persona”, que es un término manifestativo de su dignidad (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.29, a.3 ad 2). En consecuencia, no es tanto la especie humana el fin intensivo del universo, sino la persona, “lo más perfecto de toda la naturaleza” (Summa Theologiae I, q.29, a.3 in c.).

    Sin embargo, este principio antrópico no satisface plenamente el deseo sapiencial del que se pregunta por el fin del universo. Las creaturas, tanto irracionales como racionales, no son su propio ser, ni su propia bondad, ni su propio fin, a no ser por participación. Por ello debe afirmarse un Ser, un Bien y un Fin que esté más allá de cada creatura en particular y del conjunto ordenado de todas ellas, del cual participen y que sea por ello la causa de su ser, de su bondad y del orden al fin: “El bien universal –argumenta santo Tomás- es lo que es bien por sí y por su esencia, lo que es la misma esencia de la bondad; mientras que el bien particular es lo que es bien por participación. Es evidente que en todo el universo de creaturas ninguna es un bien a no ser por participación. Por lo tanto, aquel bien que es fin de todo el universo debe ser extrínseco a todo el universo” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.103, a.2 in c).

    Este fin extrínseco a todo el universo no puede ser sino Dios, que es su propio Ser, del que toda creatura participa(cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.44, a.1 in c)), y que es la misma esencia de la Bondad, de la que todo bien creado participa (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.6, a.3 in c). Por consiguiente, Dios no sólo es la causa del orden al fin –quinta vía- (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.2, a.3 in c.), sino el mismo fin último del orden del universo, al cual se subordina cualquier otro orden; también, claro está, el orden del universo a la persona.

    Si no fuera Dios la causa ordenadora y el fin último, habría que afirmar como causa ordenadora y como fin último el mismo universo. Por eso dice Aristóteles que sin no hubiera motor inmóvil la Física se convertiría en la Filosofía primera. El universo sería entonces como un organismo único, un Deus sive Natura, movido por una forma mundi. Su movimiento sería una mera evolución de sí mismo, en el que las especies y los individuos serían meros accidentes. Su fin sería la conciencia de sí, el Espíritu absoluto de Hegel, la Humanidad como Gran Ser de Comte. La persona quedaría disuelta en el todo de la única sustancia. En definitiva, “si el ser divino fuese la forma de todas las cosas, necesariamente todas las cosas serían una sola” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles I, c.26, n.3).

    4. La divina bondad, fin de todas las cosas

    Mas abundemos un poco en la consideración de Dios como fin último del universo. Acabamos de ver que esto se debe a que “en todo el universo de creaturas ninguna es un bien a no ser por participación” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.103, a.2 in c). Así pues, la razón por la que Dios ha creado el universo es que éste participe de su bondad. En efecto, el fin de la voluntad divina no es otro que su propia bondad, no queriendo lo distinto a sí más que por razón de su bondad (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.19, a.2 ad 3). De este modo, el fin último de las creaturas consistirá en asemejarse a la bondad divina. Así sintetiza santo Tomás estas ideas: “Pero al primer agente, que es exclusivamente activo, no le corresponde actuar para adquirir algún fin, sino que tan sólo intenta comunicar su perfección, que es su bondad. En cambio, todas las criaturas intentan alcanzar su perfección, que consiste en asemejarse a la perfección y bondad divinas. Por lo tanto, la divina bondad es el fin de todas las cosas” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.44, a.4 in c).

    ¿De qué modo pueden las criaturas asemejarse a la divina bondad? Para responder adecuadamente hay que recordar la distinción que hace san Agustín en toda sustancia creada entre modus, species y ordo (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.5, a.5 s.c, in c), pues en ellos se da un vestigio o cierta representación de la causa, que es la Trinidad divina: “Cualquier creatura subsiste en su ser, y tiene la forma por la que está determinada en una especie, y tiene orden a algo [...] Por esto, Agustín en el libro VI De Trinitate dice que el vestigio de la Trinidad se encuentra en cada creatura en cuanto que cada una es algo, y en cuanto está formada en alguna especie, y en cuanto tiene un cierto orden” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.45, a.7 in c).

    Por eso, cualquier creatura alcanzará la semejanza con la divina bondad a la que está ordenada, en primer lugar, subsistiendo en su ser según el grado de participación en el ser que le corresponde, y por eso dice santo Tomás que las criaturas “logran el último fin participando de alguna semejanza de Dios, en cuanto existen, viven o incluso conocen” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q.1, a.8 in c); y en segundo lugar, obrando según lo que conviene a su naturaleza, siguiendo aquellas tres tendencias perfectivas ya explicadas: a alcanzar el bien que le corresponde por naturaleza, a descansar en él una vez conseguido y a comunicarlo a otros (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.5, a.4 ad 2).

    Pero la semejanza de la creatura racional es más que un vestigio de la Trinidad, alcanzando a ser imagen de la misma, esto es, una cierta representación no sólo de la causa sino incluso de la forma. Así, en las creaturas racionales se da la representación de la Trinidad a modo de imagen “en cuanto se encuentra en ellas la palabra concebida y el amor procedente” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.45, a.7 in c). En consecuencia, la creatura racional alcanzará la semejanza con la divina bondad a la que está ordenada conociendo y amando. Y como veíamos antes que la semejanza de la perfección divina se encuentra más en la creatura racional por cuanto “es capaz del Sumo Bien” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I, q.93, a.2 ad 3, habrá que concluir con el Doctor Communis que, eminentemente, “el hombre y las demás creaturas racionales alcanzan el último fin conociendo y amando a Dios” (Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II, q.1, a.8 in c).

    Es como si toda el universo se ordenara al descanso del sábado para que en él pueda la creatura racional contemplar admirada todo el orden creado y a su Creador. En ese descanso contemplativo se cumple aquel sentido de sabio que leíamos al principio: “Pero el sentido de sabio en su sentido pleno, se reserva para aquellos que se dedican a considerar el fin del universo, que es el principio de todo cuanto existe” (Tomás de Aquino, Summa contra Gentiles I, c.1, n.3).

    (Publicado por Enrique Martínez el 29 de Febrero de 2008)

    Responsiones (0)