Del mal de culpa y de pena

Época II Año 6 Número 3 Mayo-Junio 2008
La lectio está cerrada. Ha comenzado la disputatio.

Verba Doctoris

A las criaturas más excelentes, es decir a los espíritus racionales, Dios les ha dado esto: que si quieren, puedan evitar la corrupción. Es decir, si conservaban la obediencia, bajo el Señor su Dios, permanecerían unidas a su incorruptible Belleza. Pero si no hubiesen querido conservar la obediencia se habrían corrompido en las penas sin quererlo, porque se corrompen voluntariamente en los pecados.

En efecto Dios es el Bien de tal modo que ninguno de los que lo abandonan tiene bien. Y entre las cosas hechas por Dios tan gran bien es la naturaleza racional, que ningún bien puede hacerla feliz sino Dios. Los pecadores en se ordenan en los castigos. Esta ordenación no corresponde a su naturaleza, por lo que es una pena. Pero como corresponde a la culpa, es justicia.

Commentaria

  • Estimados foristas: Me parece que el siguiente texto de San Agustín, en La Ciudad de Dios, (Libro 14, capítulo 15), es un buen comentario al texto agustiniano que nos propone nuestro Moderador y contribuye a comprender tanto la naturaleza como el sentido de la culpa y de la pena. Hacia el final del texto San Agustín toma en consideración la tristeza específica que resulta de esta pena, por lo que también me parece útil para la comprensión de la tristeza como pena medicinal, a la que parece referirse san Pablo en la Segunda a los Corintios 7, 10:

    “… por decirlo en breves palabras, en la pena y castigo de aquel pecado [original], ¿con qué castigaron o pagaron [nuestros primeros padres Adán y Eva] la desobediencia sino con la desobediencia? ¿Pues qué cosa es la miseria del hombre sino padecer contra sí mismo la desobediencia de sí mismo, y que ya que no quiso lo que pudo, quiera lo que no puede? Porque aunque en el Paraíso, antes de pecar, no podía todas las cosas, con todo, lo que no podía no lo quería, y por eso podía todo lo que quería; pero ahora, como vemos en su descendencia y lo insinúa la Sagrada Escritura, "el hombre se ha vuelto semejante a la vanidad" [en vez de semejante a Dios] ; pues ¿quién podrá referir cuánta inmensidad de cosas quiere que no puede, entretanto que él mismo a sí propio no se obedece, esto es, no obedece a la voluntad, el ánimo, ni la carne, que es inferior al ánimo? Porque, a pesar suyo, muchas veces el ánimo se turba y la carne se duele, envejece y muere, y todo lo demás que padecemos no lo sufriéramos contra nuestra voluntad, si nuestra naturaleza obedeciese completamente a nuestra voluntad; pero, a la verdad, padece algunas cosas la carne que no la dejan servir. ¿Qué importa en lo que esto consiste con tal que por la justicia de Dios, que es el Señor, a quien siendo sus súbditos no quisieron servir, nuestra carne, que fue nuestra súbdita, no sirviéndonos, nos sea molesta? Bien que, nosotros, no sirviendo a Dios, pudimos hacernos molestos a nosotros y no a El; porque no tiene el Señor necesidad de nuestro servicio como nosotros del de nuestro cuerpo, y así es nuestra pena lo que recibimos, no suya; y los dolores que se llaman de la carne, del alma son, aunque en la carne y por la carne. Porque la carne ¿de qué se duele por sí sola? ¿Qué desea? Cuando decimos que desea o se duele la carne, o es el mismo hombre, como anteriormente dijimos, o alguna parte del alma que excita la pasión carnal, la cual, si es áspera, causa dolor; si suave, deleite; pero el dolor de la carne sólo es una ofensa del alma que procede de la carne, y cierto desavenimiento de su pasión o apetito; como el dolor del alma que llamamos tristeza es un desavenimiento de las cosas que nos suceden contra nuestra voluntad”.

    Cordialmente P. Horacio Bojorge S.J.

    Publicado por Horacio Bojorge el 27 de Mayo de 2008

Novum commentarium

La lectio de este número está cerrada.