Hay que decir que la naturaleza racional o intelectual se relaciona con el bien y con el mal de un modo especial respecto de las otras criaturas. Porque cualquier otra criatura se ordena naturalmente a algún bien particular, pero sólo la intelectual aprehende la razón misma de bien común por el intelecto, y se mueve al bien común por el apetito de la voluntad. Y por eso el mal de la criatura racional se divide con cierta especial división en culpa y pena. Pues esta división no es del mal sino según que se encuentra en la criatura racional, como se ve por la autoridad de Agustín antes presentada. De la cual también se puede tomar la razón de aquello, porque de la razón de culpa es propio que sea según la voluntad, pero de la razón de pena es propio que sea contra la voluntad; ahora bien, la voluntad sólo se encuentra en la naturaleza intelectual.
Lectio. Naturaleza racional o intelectual la tienen Dios, Ángeles y humanos; Santo Tomás centra el tema con dos expresiones: la expresión “se relaciona con el bien y el mal”, y “respecto a otras criaturas”, lo que pone aparte al Creador y por tanto el tema se limita a Ángeles y humanos. Por otro lado, según el texto, la relación al bien y al mal es una propiedad común a todas las criaturas. Pero en las criaturas racionales la relación con el bien y el mal es especial, porque cualquier otra criatura se orienta a un bien particular. En cambio, la intelectual se orienta al bien general (traduciendo “commune” por “general”, con permiso del Sr. Moderador). La esencia de esta orientación consiste en dos cosas 1) que la criatura intelectual conoce la razón, es decir, la noción, la definición del bien en general y 2) que este conocimiento mueve la voluntad hacia él (“nihil volitum nisi praecognitum”). De aquí una implicación: Cuanto más perfecto sea el conocimiento del bien en general, más se acercará al conocimiento del Bien perfecto, que es Dios, y mayor será la orientación de la voluntad hacia el Bien perfecto. Y también el conocimiento de la distancia, con lo que se cumpliría lo que dice Santo Tomás al comentar la bienaventuranza sobre los que lloran, que conforme aumenta el saber, aumenta el dolor. Es decir, que este conocimiento más perfecto traería consigo cierto mal de pena. El mal de culpa, que implica una desviación de la orientación de la voluntad al bien general, se ha de suponer que muchas veces pueda obedecer a la imperfección del conocimiento, y otras a la falta de determinación de la voluntad mediante hábitos de la orientación al bien, o sea de virtudes. Hug Banyeres
Comenta nuestro amigo Hug Banyeres -a quien saludamos cordialmente- esta implicación del texto propuesto por el moderador: "cuanto más perfecto sea el conocimiento del bien en general, más se acercará al conocimiento del Bien perfecto, que es Dios, y mayor será la orientación de la voluntad hacia el Bien perfecto"; y al mismo tiempo: "que este conocimiento más perfecto traería consigo cierto mal de pena". Mas ello parece suponer que en Dios, "que no quiere ningún bien más que su Bondad" (I, q.19, a.9 c), debería darse en consecuencia máximamente el mal de pena, consistente en el dolor por el pecado del hombre; pero afirma Santo Tomás que en Dios no se da en absoluto la tristeza: "la tristeza y el dolor no pueden existir en Dios en virtud de su misma naturaleza" (SCG I, c.89), a no ser metafóricamente (cfr. I, q.19, a.11). Sin embargo la afirmación del Dr. Banyeres es muy verdadera. Lo que acontece es que el mal de pena que se da en el que siente tristeza por el conocimiento del pecado corresponde no tanto al conocimiento que más nos asemeja a Dios, que es la contemplación divina, cuanto al conocimiento más propio de la creatura racional, que consiste en la consideración de las creaturas. Por eso la bienaventuranza de los que lloran no se corresponde al don de sabiduría ni al de entendimiento, sino al de ciencia (cfr. II-II, q.9, a.4 ad 3). Y es por este don de ciencia que se siente tristeza por el pecado, "llanto sobre los errores pasados" (II-II, q.9, a.4 c), lo que no puede darse en Dios.
El Dr. Enrique Martínez corresponde a mi precipitada lectio con un argumento ad hominem irrebatible, y a la vez me mete en Teología, campo que he decidido siempre respetar. A sus sabias consideraciones, creo que se podrían añadir dos cosas, desde luego fuera de mis alcances teológicos, y con demasiada osadía. Pero sea por una vez. La primera es que en Dios, efectivamente, "la tristeza y el dolor no pueden existir en Dios en virtud de su misma naturaleza" (SCG I, c.89), a no ser metafóricamente (cfr. I, q.19, a.11). Ni quito ni pongo rey, pero en la inania de mi saber, creo que habría que admitir algo parecido a cierto mal de pena desde luego misterioso en Jesús, que tiene dos naturalezas, se hizo criatura, y se nos presenta con un Corazón llagado por nuestro amor. La segunda es que el dolor de pena por darse cuenta, cuanto más se profundiza con más claridad, de la enorme distancia entre el Bien supremo y lo que podemos alcanzar, este doloroso vacío, se llena con el don divino de la esperanza, perspectiva que permite ver que esta virtud teologal es una necesidad natural de la mente, que depende de la liberalidad del Consolador, y que es tanto más necesaria cuanto más se va profundizando en el conocimiento del Bien Supremo, precisamente por la contemplación más propia a nosotros, la de las cosas materiales, en las que la materia recibe la configuración más estilizada de la forma de acuerdo con los planes del Hacedor, que todo lo hizo bueno y por tanto bello. Bueno: siento el mal de pena que pueda causar con estas líneas. Hug Banyeres
Cómo no afirmar el mal de pena en el Corazón de Cristo, “llagado por nuestro amor”, que lloró y padeció por nuestros pecados en cuanto hombre. Esta pasión de Cristo, en la que su Corazón fue atravesado por la lanza, se convirtió así para nosotros en fuente de todo consuelo, al darnos la esperanza de alcanzar la contemplación de la divina Bondad. Por eso cuando santo Tomás se refiere a la tristeza propia de quien por el don de ciencia llora sus pecados, continúa hablando del “consuelo que le sigue como premio, pues en realidad se da incoado en esta vida y consumado en la otra” (II-II q.8, a.4 ad 1). La misma contemplación de la belleza de las criaturas puede llevarle entonces a consolarlo, al recordarle la semejanza que en ellas se da de la divina Belleza, pues “con sola su figura vestidas las dejó de su hermosura” (San Juan de la Cruz); sobre todo, cuando esta contemplación se dirige precisamente a la Humanidad de Cristo, a su Corazón abierto.
Me permito terciar en el díalogo entre los Dres. Hug Banyeres y Enrique Martínez con las siguientes observaciones. La intervención del Dr. Hug Banyeres parece suponer que “toda tristeza es pena”, ya que afirma, si no he entendido mal, que la tristeza bienaventurada de los justos que lloran implica una cierta pena. Y las respuestas del Dr. Enrique Martínez me parecen aceptar el mismo supuesto, sin refutarlo. Sin embargo, no toda tristeza es pena. Porque solamente ha de considerarse que tiene que ver con la pena aquella tristeza que causa un mal de pena, mal superviniente a alguna culpa "propia". De modo que la culpa "propia" da origen a una doble pena, al mal de pena propiamente dicho y, derivada y secundariamente, a una tristeza también "propia" de quien sufre la pena, que es concomitante al mal de pena. La tristeza que padecen los justos, en cambio, no puede llamarse "pena" stricte sensu, (no obstante el uso del lenguaje que así lo sugiera) porque no proviene de una culpa propia sino que se origina en la misericordia, (que no es otra cosa que la misma caridad, en cuanto la caridad se compadece del mal de otros a los que ama), aún siendo injustos y merecedores de pena y a pesar de que lo sean. En este sentido, la caridad misericordiosa que llora sobre la culpa ajena, no solamente no es pena sino que es bienaventuranza. Ni siquiera puede tampoco considerarse pena el llanto del pecador convertido sobre sus propias culpas pasadas. El llanto de la penitencia es una tristeza buena y no puede ser considerada tampoco como pena, sino, por el contrario, como remisión de la culpa. Las pasiones no son malas en sí, sino por un desorden subsiguiente al pecado. Pena puede llamarse un desorden de la tristeza, pero no la tristeza en sí misma. Por eso, tampoco el dolor de Cristo por los pecadores puede considerarse pena, ya que Cristo está libre de toda pena por estar libre de toda culpa, sino bienaventuranza, tristeza bienaventurada. No es un mal, sino un bien. De lo contrario habría que reconocer un "tertium" en la división con que Santo Tomás comienza su tratamiento del problema del mal de la creatura espiritual, afirmando que es culpa o pena.
Cordialmente P. Horacio Bojorge S.J.
Apreciados amigos,
Terminando ya el tiempo de la lectio, me permito responder la afirmación del estimado P. Bojorge. Afirma que existe la tristeza propia de la misericordia, y que ella puede darse en los justos. Es cierto que la misericordia es una especie de la tristeza, como afirma San Juan Damasceno, y ello le lleva a Santo Tomás a plantearse esta objeción: si la misericordia es tristeza y en Dios no hay tristeza, luego tampoco misericordia (cfr. STh I, q.21, a.3 arg.1); mas ello se contradice con aquello del salmo: “El Señor es compasivo y misericordioso”. En el cuerpo del artículo nos da el Aquinate razón de ello: la pasión de la misericordia consiste en entristecerse por la miseria ajena como si fuera propia, y ello tiene como efecto desterrar la miseria ajena; lo primero no es posible en Dios, pues en él no es posible la tristeza, sino lo segundo, esto es, el efecto de la misericordia, que consiste en desterrar la miseria ajena. Así es como debe afirmarse la misericordia en Dios según Santo Tomás, y lo mismo en los justos; mas no la tristeza, pues “toda tristeza es un mal” (STh I-II, q.39, a.1 in c). Quizá convenga continuar con este asunto en la disputatio, que comienza mañana, invitando al P. Bojorge a hacerlo, pues su autorizado conocimiento de la Sagrada Escritura pueden aportarnos a todos mucha luz.
Un saludo a todos, al inicio del mes del Sagrado Corazón de Jesús, “paciente y lleno de misericordia”
Enrique Martínez
Estimados foristas Agradezco mucho la amable invitación del Dr. Martín Echavarría a proseguir interviniendo en el diálogo iniciado por el Dr. Hug Banyeres y el Dr. Enrique Martínez. Mi intriga inicial es si en el texto, propuesto por nuestro moderador, en la división del mal de la criatura intelectual en culpa y pena, el término pena debe entenderse como castigo o como tristeza, o como ambas cosas. Pues me pareció a primera lectura y confieso que sin haber leído todo el tratado de Malo, que se refería a un castigo, que por supuesto produce tristeza por ser un mal. Pero que no se refiere a toda tristeza. Tengo que dejar pendiente, por el momento, esa pregunta inicial para limitarme en esta intervención a buscar en los escritos de Santo Tomás lo que dice acerca de “si toda tristeza es mala”. En efecto, en el texto de STh I-II, q.39, a.1 in c, que aduce el estimado Dr. Martín Echavarría, Santo Tomás se pregunta “Utrum omnis tristitia sit mala” para responder, naturalmente, que no toda tristeza es mala. De modo que, en el cuerpo del artículo, distingue en qué sentido una tristeza es mala y en qué otro sentido no lo es. En el texto aducido por nuestro amigo, Santo Tomás no afirma simplemente que: “toda tristeza es un mal” sino que, matizadamente, afirma: “toda tristeza es ‘un cierto’ mal” (“simpliciter et secundum se, tristitia est quodam malum”). Pero prosigue, en el mismo cuerpo del artículo, mostrando que algo puede también llamarse bueno o malo no “simpliciter et secundum se” sino respecto de otra cosa (ex suppositione alterius) y continúa afirmando que “pertenece a la bondad [moral] que alguien se entristezca del mal presente” […] “pertenece a la bondad el que, supuesta la presencia del mal, se siga la tristeza o el dolor”. Y aduce la autoridad de San Agustín: “es bueno que duela el bien perdido”.
Una parecida distinción emplea Santo Tomás en el cuerpo del artículo 4B de In IV Sent. D. 48, Q. 3, donde dice “se dice que algo es bueno de dos maneras (dupliciter): 1) de un modo en cuanto es elegible por sí mismo. 2) De otro modo [se puede decir que algo es bueno] en cuanto ordenado a un bien: como los remedios amargos no son por sí buenos ni apetecibles sino en cuanto que son útiles para la salud”.
Y para nuestra fortuna, Santo Tomás pasa inmediatamente a aplicar lo antedicho a la tristeza: “Porque ninguna tristeza, propiamente hablando (per se loquendo) es buena en cuanto deseable por sí misma; por lo que San Agustín, en el libro de las Confesiones, prescribe tolerar, y no amar las tribulaciones y tristezas. Y esto debido a que toda tristeza procede de algo no conveniente (inconveniens) y padecer algo adverso no puede ser deseable por sí mismo, pero no obstante esto, algunas tristezas son buenas y apetecibles, en cuanto que son útiles para algo, ya sea para oponerse (ad expellendum) a las complacencia malas (pravas delectaciones), o a algo parecido” (In IV Sent. D. 48, Q. 3, Articulus 4B, c)
En la argumentación de Santo Tomás sobre la tristeza se encuentra a menudo un paralelismo con la delectación. Lo cual es lógico, porque la tristeza se experimenta en la presencia del mal y la delectación en la presencia del bien.
Pero así como la bondad o maldad moral de una delectación se califica según la bondad o maldad moral del objeto en el que alguien se complace, así también la pasión de la tristeza debe decirse buena o mala moralmente según la bondad o maldad moral del objeto que la produce. Esto es lo que me sugiere el siguiente texto de Santo Tomás en el que trata de la bondad o maldad de la delectación, pero que es aplicable, a pari, a la tristeza: “ La delectatio puede considerarse de dos maneras. 1) De un modo en cuanto es delectación, de otra manera en cuanto es ‘esta determinada delectación’ (inquantum est haec delectatio). Porque la delectación en cuanto tal, es en sí algo bueno; pero en cuanto 'tal' delectación puede tener razón de mal en razón de aquéllo por lo que es especificada [moralmente]; de la misma manera que toda acción es buena en cuanto acción en sí misma [ontologicamente], pero puede ser mala [moralmente] en razón de lo que se le agrega como defectuosa. De la misma manera, en cuanto a la delectación [psicológicamente buena] se le agrega algo defectuoso, puede ser [moralmente] mala en esa misma medida. […] Así como las operaciones [morales] son consideradas buenas o malas, así, las deleitaciones que de ellas proceden son consideradas buenas o malas, según la bondad o maldad de las operaciones de las que proceden”.
Con esto me parece que queda dilucidada cuál es la enseñanza de Santo Tomás acerca de si toda tristeza es mala y en qué sentido puede considerarse que una tristeza sea buena.
Esto me parece un prenotando importante para investigar, a continuación, si cuando Santo Tomás divide el mal de la creatura intelectual en culpa y pena, entiende el término pena en el sentido de tristeza (del alma) o dolor (sensible, corpóreo) o en el sentido de castigo, o en el de simple consecuencia dolorosa del delito y de la culpa resultante.
A mi parecer queda también pendiente dilucidar en qué sentido, a partir de la Encarnación, puede decirse que la tristeza de Jesucristo como hombre puede atribuirse, ya que no a la naturaleza divina, sí a la Persona del Verbo a quien se une la naturaleza humana de tal manera que los actos humanos son actos del Verbo. Y en qué sentido Jesucristo toma sobre sí las penas que no merece él, pero sí la humanidad que él asume. Cordialmente P. Horacio Bojorge S.J.
Estimados Dres. Enrique Martínez y Martín Echavarría: Debo excusarme porque en el anterior comentario atribuí por inadvertencia al Dr. Martín Echavarría los dichos del Dr. Enrique Martínez. El error de personas no toca a la substancia de mi respuesta. Pido excusas por mi error. Cordialmente P. Horacio Bojorge S.J.