2) El P. Bojorge, en sus intervencioes a la lectio, plateó esta cuestión: ¿En qué sentido Jesucristo toma
sobre sí las penas que no merece él, pero sí la humanidad que él asume?
Estimados amigos foristas: La pregunta acerca del sentido que tiene hablar de las penas de Cristo, me surge a partir del intercambio entre el Dr. Hug Banyeres y el Dr. Enrique Martínez, en el que se habla de que “el mal de pena que se da en el que siente tristeza por el conocimiento del pecado” y de “este conocimiento más perfecto [mucha ciencia mucho dolor] traería consigo cierto mal de pena”. Me pareció que se usaba, en este diálogo, la palabra pena no en el sentido específico que tiene en el texto de De Malo propuesto por el Dr. Martín Echavarría, sino un sentido más general, sinónimo de tristeza. En otra intervención, el Dr. Hug Banyeres medita diciendo: “creo que habría que admitir algo parecido a cierto mal de pena desde luego misterioso en Jesús, que tiene dos naturalezas, se hizo criatura, y se nos presenta con un Corazón llagado por nuestro amor. La segunda es que el dolor de pena por darse cuenta, cuanto más se profundiza con más claridad, de la enorme distancia entre el Bien supremo y lo que podemos alcanzar, este doloroso vacío”. Eso me motivó a intentar precisar la diferencia entre tristeza buena y mala, y entre tristeza y pena, con el fin de ceñir la lectura al sentido preciso del par “culpa y pena” en el texto de De Malo. Pero la segunda intervención del Dr. Banyeres abría un cauce interesante para la disputatio pues se prestaba a preguntar: ¿En qué sentido decimos que Cristo asumió los defectos penales de la culpa original y de la humanidad entera? ¿Puede llamarse sin más “pena” a la tristeza de Cristo por nuestros pecados? ¿Asumió Él las penas propias del pecador? En qué sentido se usa en uno y otro caso la palabra “pena” para los dolores de Cristo? Creo que estas cuestiones se iluminan con los siguientes textos de Santo Tomás que me permito ofrecer a la consideración de los amigos del Foro:
EN EL COMENTARIO A LAS SENTENCIAS de Pedro Lombardo, Santo Tomás discute SI CRISTO DEBIÓ ASUMIR LA NATURALEZA HUMANA TAMBIÉN CON SUS DEFECTOS Y DEBILIDADES, INCLUSO CON LAS PENAS DEL PECADO ORIGINAL QUE NO SUPONGAN PECADO O DEFECTO. [“Utrum christus naturam humanam cum defectibus et infirmitatibus accipere debuit.” In III Sent. D. 15, Q. 1, Art 1]
UNA OBJECIÓN que acude inmediatamente y que plantea Santo Tomás: “La pena no es justa sino solamente cuando ha habido una culpa. Y puesto que Cristo no tuvo culpa alguna, parece que debió estar libre de los defectos penales
[Obj 2a: “Poena non est justa nisi ubi culpa Est. Cum igitur absque omni culpa fuerit, videtur quod poenales defectus suscipere non debuit”].
Esta dificultad la soluciona inmediatamente la autoridad de la Sagrada Escritura: “Pero contra esto está Hebreos 2, 18 “habiendo sido probado en el sufrimiento y tentado, puede ayudar a los que se ven probados” Por lo tanto debió asumir sus defectos. A esta autoridad de la Escritura, podríamos agregarle: “Eran nuestras dolencias las que él cargaba y nuestros dolores los que soportaba” […] “Por sus sufrimientos justificará mi siervo a muchos y [las penas merecidas por] las culpas de ellos soportará” (Isaías 53, 4.11).
Santo Tomás pasa a explicar en el cuerpo del artículo: “RESPONDO DICIENDO que Cristo vino para reconducir hacia Dios al género humano, que había sido apartado de Dios por el pecado. Y por lo tanto, como mediador, nos comunica lo que es propio de Dios que son la gracia y la justicia; y de alguna manera comunica a Dios lo que es nuestro. No aquellas cosas que son exclusivamente nuestras y no de Dios, es decir los pecados, ya que nosotros no somos ordenados a Dios por ellos, sino por el contrario somos apartados de Él. Sino aquellas cosas que hay en nosotros y provienen de Dios, todas las cuales son en sí mismas ordenadas y nos ordenan a Dios. Y por eso, cuanto Dios hizo en nosotros, lo recondujo a Dios, asumiéndolo, no en la naturaleza divina, sino en su Persona. Hizo Dios en nosotros una naturaleza y las perfecciones de nuestra naturaleza, “y los defectos penales”, y también algunos [defectos] naturales, como la necesidad de alimento, que el hombre tuvo también en el estado de inocencia y que por lo tanto él asumió en su Persona junto con la naturaleza [humana]. Asumir esto en su Persona es presentarlo a Dios para reconciliarlo con nosotros”
[“Respondeo dicendum, quod christus ad hoc venit, ut humanum genus in deum reduceret, a quo per peccatum abductum erat. Et ideo sicut mediator, ea quae dei sunt, in nos transfundit, scilicet gratiam et justitiam; et ea quae nostra sunt, quodammodo in deum: non autem nostra quae a nobis tantum sunt, non a deo, scilicet peccata, quia per haec ad deum non ordinamur, sed magis deordinamur ab eo; sed ea quae a deo in nobis sunt, quae omnia in se ordinata sunt, et ad ipsum nos ordinantia. Et ideo ea quae fecit in nobis deus, transtulit in deum, non quidem in naturam divinam, sed in personam ea assumendo. Fecit autem deus in nobis naturam, et perfectiones naturae, et defectus poenales, et etiam quosdam naturales, sicut indigentiam cibi, quam etiam homo in statu innocentiae habuisset: et ideo hos defectus simul cum natura in sua persona suscepit: haec enim in sua persona suscipere, est ipsa deo repraesentare ad placandum ipsum nobis”]
EN OTRO ARTÍCULO del Comentario a las Sentencias, Santo Tomás discute SI CRISTO CONTRAJO ESAS PENAS O LAS ASUMIÓ: [In III Sent. D. 15, Q. 1, Art 3 Utrum hujusmodi defectus susceperit, vel contraxerit]. UNA DIFICULTAD que se plantea a esto [la segunda] es que: “de nosotros se dice que contrajimos estos defectos porque nos corresponden debido a la culpa original. Pero en Cristo no hay culpa original, luego Cristo no contrajo esos defectos” [nos dicimur contrahere hos defectus quia nobis debentur propter culpam originalem. Sed in christo culpa originalis non fuit. Ergo christus hos defectus non contraxit.] Esto es lo que Santo Tomás clarifica en el cuerpo del artículo mediante una distinción entre “contraer” y “asumir”. Cristo no “contrajo” los defectos que son pena del pecado original, pero los “asumió” voluntariamente. Nosotros los “contraemos” porque nos sobrevienen involuntaria y pretervoluntariamente. Cristo los “asumió” voluntariamente. Y lo hizo, a pesar de que no le concernieran individualmente, porque concernían a la naturaleza humana herida, que él quiso asumir. De modo que asume las penas inherentes a la condición caída de la naturaleza humana para levantarla de su condición caída.
Oigamos su razonamiento: “RESPONDO DICIENDO que algo se con-trae, propiamente cuando lo “trae” necesariamente algo que ha sido “traído” anteriormente [o juntamente]. Y ya que por lo mismo que recibimos de nuestros padres la naturaleza humana viciada en su origen, síguese que necesariamente tengamos [con ella] aquellos defectos [que la naturaleza humana trae consigo], por esto se dice de nosotros que “con-traemos” aquellos defectos. Pero Cristo bien pudo asumir la naturaleza humana sin esos defectos, como [de hecho, por el contrario] la asumió con defectos. Y por lo tanto [esos defectos] no estuvieron en él por el mismo hecho de haber recibido de unos padres la naturaleza humana, sino que así como asumió voluntariamente la naturaleza humana, así también asumió aquellos defectos [que conlleva], y por eso se dice que asumió y no que contrajo esos defectos” Cordialmente, Horacio Bojorge S.J. [“Respondeo dicendum, quod illud proprie contrahitur quod ex necessitate alio tracto trahitur; et quia ex hoc ipso quod humanam naturam trahimus ex parentibus per vitiatam originem, sequitur de necessitate quod hos defectus habeamus; ideo dicimur hos defectus contrahere. Christus autem potuit humanam naturam sine his defectibus assumere, sicut cum defectibus assumpsit; et ideo non fuerunt in eo ex hoc ipso quod humanam naturam a parentibus traxit; sed sicut voluntarie assumpsit naturam humanam, ita et hos defectus: et propter hoc dicitur assumpsisse hos defectus, non contraxisse”]
Hemos visto que Cristo asumió en su humanidad santísima las penas que, no merecidas por Él, habían causado la culpa original y los pecados de los hombres, para así liberarnos de la esclavitud del pecado. Preguntémonos ahora si la Iglesia también asume estas penas. Ya podemos encontrar una respuesta en las palabras de San Pablo, que podemos poner en boca de toda la Iglesia: “completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” (Col 1, 24). El Papa Pío XII, en su admirable encíclica Mystici Corporis, daba razón de ello: “así como el Verbo de Dios, para redimir a los hombres con sus dolores y tormentos, quiso valerse de nuestra naturaleza, de modo parecido en el decurso de los siglos se vale de su Iglesia para perpetuar la obra comenzada” (n.6). Y es que la mediación de Cristo se da por su humanidad santísima, como enseña Santo Tomás (cfr. S.Th III, q.26, a.2). No es de extrañar, entonces, que hablando precisamente del signo más representativo del amor humano de Cristo, su Corazón Sagrado, se refiriera nuevamente el Papa Pío XII –ahora en la encíclica Haurietis Aquas- a “las penas actuales de la Iglesia”, reclamando como solución a las mismas el culto al Corazón de Jesús.
Así describe el Papa las penas que sufre la Iglesia: “Nadie ignora que la Iglesia militante en la tierra y, sobre todo, la sociedad civil no han alcanzado aún el grado de perfección que corresponde a los deseos de Jesucristo, Esposo Místico de la Iglesia y Redentor del género humano. En verdad que no pocos hijos de la Iglesia afean con numerosas manchas y arrugas el rostro materno, que en sí mismos reflejan; no todos los cristianos brillan por la santidad de costumbres, a la que por vocación divina están llamados; no todos los pecadores, que en mala hora abandonaron la casa paterna, han vuelto a ella, para de nuevo vestirse con el vestido precioso y recibir el anillo, símbolo de fidelidad para con el Esposo de su alma; no todos los infieles se han incorporado aún al Cuerpo Místico de Cristo. Hay más. Porque si bien nos llena de amargo dolor el ver cómo languidece la fe en los buenos, y contemplar cómo, por el falaz atractivo de los bienes terrenales, decrece en sus almas y poco a poco se apaga el fuego de la caridad divina, mucho más nos atormentan las maquinaciones de los impíos que, ahora más que nunca, parecen incitados por el enemigo infernal en su odio implacable y declarado contra Dios, contra la Iglesia y, sobre todo, contra aquel que en la tierra representa a la persona del divino Redentor y su caridad para con los hombres, según la conocidísima frase del Doctor de Milán: (Pedro) es interrogado acerca de lo que se duda, pero no duda el Señor; pregunta no para saber, sino para enseñar al que, antes de ascender al cielo, nos daba como «vicario de su amor». Ciertamente, el odio contra Dios y contra los que legítimamente hacen sus veces es el mayor delito que puede cometer el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a gozar de su amistad perfecta y eterna en el cielo; puesto que por el odio a Dios el hombre se aleja lo más posible del Sumo Bien, y se siente impulsado a rechazar de sí y de sus prójimos cuanto viene de Dios, une con Dios y conduce a gozar de Dios, o sea, la verdad, la virtud, la paz y la justicia. Pudiendo, pues, observar que, por desgracia, el número de los que se jactan de ser enemigos del Señor eterno crece hoy en algunas partes, y que los falsos principios del materialismo se difunden en las doctrinas y en la práctica; y oyendo cómo continuamente se exalta la licencia desenfrenada de las pasiones, ¿qué tiene de extraño que en muchas almas se enfríe la caridad, que es la suprema ley de la religión cristiana, el fundamento más firme de la verdadera y perfecta justicia, el manantial más abundante de la paz y de las castas delicias? Ya lo advirtió nuestro Salvador: Por la inundación de los vicios, se resfriará la caridad de muchos.
Y veamos ahora cómo propone como remedio el culto al Corazón de Cristo: “Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios?. Por último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo -que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: Obra de la justicia será la paz? Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de i. m., al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo, Corazón de Jesús... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra confianza; a El hay que suplicar y de El hay que esperar nuestra salvación. Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz.”
Son palabras de una gran actualidad. La Iglesia sigue completando en su carne lo que falta a la pasión de Cristo. Y no deja de repetir, abandonada a la confianza al Corazón de Cristo, “haz nuestro corazón semejante al tuyo”.
Un cordial saludo,
Enrique Martínez
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Aide hidalgo. He comenzado a escribir las líneas que siguen sobre “Del mal de culpa y de pena” al amparo de las palabras de Fray Tomás, de la mano de los Maestros Quijano y Hug. Mientras escribo ha comenzado a llover. Es muy lindo que mientras me dedico a escribir, Dios me dedique un rato de lluvia.
Expone santo Tomás (Suma Teológica q. 49), “Todo mal en las cosas provistas de voluntad es pena o culpa”. El mal es la oposición a la voluntad amorosa de Dios, y parece ser que ocupa un lugar en el corazón del hombre, porque es un valor que va ligado a la voluntad humana. "Dios desde el principio constituyó al hombre, y lo dejó en manos de su reflexión" (Eccli. 15, 14). El hombre es dueño de sus actos, está en manos de su reflexión, de su deliberación interior. Por lo tanto, de su conocimiento. Su primera obligación es saber” (Rafael Quijano (19-07-07). Pero el hombre puede desviarse de la recta ordenación por la prerrogativa de la Libertad humana, y al hacer de ella licencia para pecar, con dramático optimismo cae en la tentación de considerarse a sí mismo como un fin. Hay aquí raíces suficientes para el mal. El hombre es libre de sus actos. Pero su libertad va ligada a la capacidad de reflexión, otra prerrogativa de la criatura intelectual que introduce al hombre en el conocimiento más elevado del bien en general y este conocimiento mueve la voluntad hacia él. “Cuanto más perfecto sea el conocimiento del bien en general, más se acercará al conocimiento del Bien perfecto, que es Dios, y mayor será la orientación de la voluntad hacia el Bien perfecto” (Hug Banyeres Baltasa el 13 de mayo de 2008). Por tanto la oposición a la voluntad amorosa de Dios, traería consigo cierto mal de pena. (ST. q. 48) “el hombre es alejado del fin y del orden hacia el fin” (Ídem) “contrario a la voluntad” (Ídem). La pena se apodera de cada poro de su ser, el hombre experimenta soledad, en la soledad aparece la sed inacabada: “Nos hiciste, Señor para ti, y nuestro corazón esta inquieto hasta que descanse en Ti”. (San Agustín. “Confesiones” ed. Gredos. Madrid. 1961. Pág. 119). Sin duda, el ardiente mal de pena revela en nosotros algo más bello y más grande que nosotros mismos, nos revela el deseo turbador que se halla implantado en el corazón del hombre como una vocación: la Esperanza en la omnipotencia auxiliadora de Dios, y en virtud de la cual confiamos alcanzar el Sumo Bien, a pesar de su arduidad o dificultad de conseguir, Por tanto, “la culpa tiene más razón de mal que la pena. Más que la pena tomada en toda su extensión, esto es, en cuanto que las penas son una determinada privación de la gracia y de la gloria. Esto es así, porque a partir del mal de culpa se hace alguien malo, no a partir del mal de pena. El mal de culpa se opone propiamente al mismo Bien increado, va contra el cumplimiento de la voluntad divina y del amor divino con el que el bien divino se ama a sí mismo. La culpa contiene mayor razón de mal que la pena. Resulta evidente que la culpa es el mal de la acción que la voluntad comete por si misma al no estar ordenada al debido fin”. (ST q 48).
Cálidos saludos portan estas líneas.
aide.