Del mal de culpa y de pena

Época II Año 6 Número 3 Mayo-Junio 2008
Disputatio

La disputa (disputatio) del maestro induce al intelecto a la verdad a la que tiende (Tomás de Aquino, Quodlibet IV q.9, a.3 in c).

La disputatio es la segunda parte del Studium bimestral de e-aquinas. Tiene lugar durante el segundo mes del Studium. Consiste en la discusión en torno a cuestiones relacionadas con el tema de estudio. Primero, se plantean cuestiones (quaestio) y luego se les da respuesta (responsio).

Finalmente, el moderador concluye (determinatio) el tema estudiado.

Quaestiones

  • 1) ¿Es toda tristeza un mal de pena? Esta pregunta ha surgido de la lectio y hasta ahora se ha dicho que parece que no, porque la misericordia, que acompaña a la caridad y que se da también en Dios, es tristeza del mal ajeno.

    (Publicado por Martín Federico Echavarría el 3 de junio de 2008)

    Responsiones (22)

  • 2) El P. Bojorge, en sus intervencioes a la lectio, plateó esta cuestión: ¿En qué sentido Jesucristo toma

    sobre sí las penas que no merece él, pero sí la humanidad que él asume?

    (Publicado por Martín Federico Echavarría el 3 de junio de 2008)

    Responsiones (3)

  • Estimados amigos:

    Lamentablemente las ocupaciones y tareas de estos últimos tiempos me han tenido apartado del foro. Esperando que esté algo a tono con el tema del mes y si es posible a modo de nueva cuestión abierta, les hago llegar estas reflexiones que publiqué en nuestra revista virtual "Fe y Razón" respondiendo a la cuestión si Dios castiga

    Saludos cordiales,

    Néstor Martínez

    Montevideo - Uruguay

    (Publicado por Néstor Martínez el 24 de junio de 2008)

    Responsiones (2)

  • Determinatio

    DETERMINATIO:

    En las disputaciones de este mes se han discutido muchos temas. No puedo detenerme en todos ellos, que han sido muy bien tratados por los amigos foristas. Por este motivo he optado por hacer una conclusión general, partiendo del problema de si la tristeza es un mal.

    La tristeza es una pasión que tiene como objeto el mal presente. Esto implica, en primera instancia, que no hay tristeza sin mal, o sin la estimación por parte de una potencia cognoscitiva de la presencia de un mal (Summa Theologiae, I-II, q. 35, a. 1).

    Por otro lado, aunque las pasiones en sí consideradas (sin tener en cuenta su relación con la recta razón) son moralmente neutras, pueden todas ellas formar parte de actos virtuosos, también la tristeza; sin embargo, podría ser que ésta, en su propio nivel, fuera un cierto mal (físico, no moral). Esto puede deducirse de los múltiples males que, según santo Tomás, son efecto de la tristeza: quita la facultad de aprender; oprime al alma; debilita la operación; daña el cuerpo (Summa Theologiae, I-II, q. 37). Además, la tristeza contraría el gozo y se opone al movimiento vital expansivo del cuerpo animal. Por otro lado, la tristeza es la qué más responde a la razón de pasión entre las pasiones animales. Y la pasión arrastra a su sujeto fuera de la disposición que le corresponde por naturaleza, lo cual es un mal (“la pasión implica cierta victoria del agente sobre el paciente. Pero todo lo que es vencido es como arrastrado fuera de los términos propios hacia términos ajenos, y por esto las alteraciones que acontecen más allá de la naturaleza de lo alterado, más propiamente se llaman pasiones” Super. Sent., lib. III, d. 15, q. 2, a 1, qc 1, co). Santo Tomás trata además de “remedios” contra la tristeza (I-II, q. 38). Si la tristeza es algo a lo que poner remedio, es que es un mal.

    Santo Tomás lo afirma explícitamente: secundum se, la tristeza es un mal, aunque, como medio para un bien (suponiendo ya el mal), algunas tristezas pueden ser buenas: “Se puede decir que algo es bueno o malo de dos modos. Primero, absolutamente y por sí. Y así, toda tristeza es algo malo, pues esto mismo que es angustiarse por el mal presente, tiene razón de mal, pues se impide por esto el descanso del apetito en el bien. De otro modo se dice que algo es bueno o malo, suponiendo otra cosa, como se dice que la vergüenza es buena, suponiendo algún acto torpe cometido, como se dice en IV Ethic. (Respondeo dicendum quod aliquid esse bonum vel malum, potest dici dupliciter. Uno modo, simpliciter et secundum se. Et sic omnis tristitia est quoddam malum, hoc enim ipsum quod est appetitum hominis anxiari de malo praesenti, rationem mali habet; impeditur enim per hoc quies appetitus in bono. Alio modo dicitur aliquid bonum vel malum, ex suppositione alterius, sicut verecundia dicitur esse bonum, ex suppositione alicuius turpis commissi, ut dicitur in IV ethic.).

    A la integridad del bien moral pertenece la tristeza según la recta razón. Santo Tomás dice incluso que la tristeza puede ser, no sólo un bien útil, sino también un bien honesto (I-II, q. 39, a. 2). Esto implica que, no sólo no toda tristeza es un mal de culpa, sino que incluso puede ser un bien moral importante. Pero esta tristeza presupone ya la existencia del mal. Es un signo de salud moral de la potencia apetitiva el entristecerse de lo malo, pero eso malo es algo que no debería ser, y no puede formar parte de la beatitud.

    Si no toda tristeza es un mal moral, por el contrario, santo Tomás afirma explícitamente que toda tristeza es un mal de pena: “Ad tertium dicendum quod omnis tristitia est malum poenae, non tamen semper est malum culpae, sed solum quando ex inordinato affectu procedit” (S. Th. III q. 15, a. 6, ad 3). Esto no tendría que ser así por naturaleza. Pero según el actual orden de salvación, sabemos que el dolor, la tristeza, la enfermedad y la muerte son consecuencias del pecado original. El pecado original introdujo el mal en el mundo, y con éste la tristeza, que es una consecuencia penal del mal de culpa de nuestros primeros padres. Nuestro Señor, que asumió la pena de nuestros pecados (no su culpa, pues en Él no hubo pecado), asumió también el sufrimiento, el dolor y la tristeza. Según santo Tomás, de la unión hipostática brota la gracia santificante perfecta de Cristo. Esta gracia perfecta implica intrínsecamente la posesión de la visión beatífica. Desde ella, naturalmente la beatitud debía refluir hacia toda su humanidad. Sin embargo, por un designio de su misericordia, voluntariamente evitó esa refluencia, de tal manera que su gloria no alcanzaba a toda su humanidad, sino sólo a la parte superior del alma. Por este motivo, pudo no sólo sufrir dolor en su cuerpo, sino también tristeza en su alma, no como un mal de pena por una culpa propia, sino asumiendo la pena de nuestros pecados (S. Th. III q. 15, a. 6).

    Ahora bien, Cristo padeció una vez y para siempre con su pasión. Su corazón humano ya no siente tristeza, sino que palpita “con imperturbable y plácido latido” (cf. Pío XII, Haurietis Aquas, 16: “Después que su Cuerpo, revestido del estado de la gloria sempiterna, se unió nuevamente al alma del Divino Redentor victorioso ya de la muerte, su Corazón sacratísimo no ha dejado nunca ni dejará de palpitar con imperturbable y plácido latido”). Sin embargo, Cristo sigue padeciendo en los corazones de las almas que, perteneciendo a su Cuerpo Místico, son todavía viadores en este mundo.

    Como se ha dicho en el foro, la Misericordia que atribuimos a Dios en cuanto Dios, ni es pasión, ni implica tristeza. Se han citado ya los pasajes en que santo Tomás dice que se habla de la Misericordia de Dios en cuanto que en Dios se dan los efectos de la misericordia, sin la tristeza interior, que es incompatible con su perfectísima beatitud. Sin embargo, es necesario decir que sería una mala interpretación de estas afirmaciones pensar que en Dios no anida ningún afecto interior hacia los hombres, sino sólo un exterior subsanar sus miserias. A los actos exteriores de misericordia, corresponde el Amor divino, que es el Corazón de la Santísima Trinidad. Este Corazón divino se nos reveló por medio de Jesucristo, particularmente por medio de la misericordia que éste mismo nos manifestó en las palpitaciones de su Corazón humano: “Luego, con toda razón, es considerado el corazón del Verbo Encarnado como signo y principal símbolo del triple amor con que el divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres. Es, ante todo, símbolo del divino amor que en Él es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en Él, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco y frágil velo del cuerpo humano, ya que en Él habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente. Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa. Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los demás cuerpos humanos” (Pío XII, Haurietis Aquas, 15).

    Sólo desde el misterio del amor misericordioso de Dios por la humanidad caída por la culpa, y penante en este valle de lágrimas, se puede entender cabalmente el misterio del mal (físico y moral, de culpa y de pena).

    (Publicado por Martín Federico Echavarría el 1 de julio de 2008)

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