Determinatio
Estimados amigos:
El debate del bimestre que termina ha sido muy rico. Mucho y valioso se ha dicho por lo que considero que no es demasiado lo que puedo aportar. Por otra parte, la cantidad y la calidad de las intervenciones demuestran el interés y la importancia del tema propuesto. Es que este mundo visible que nos rodea, del que somos parte, tan próximo y familiar, es para nosotros objeto de contemplación, de ciencia y de utilidad. Es el mundo sobre el que ejercemos directamente nuestro dominio. Es un mundo que interpela a nuestra inteligencia tanto como a nuestros sentidos y que debe ser entendido. Su vista y su presencia despiertan nuestro afán especulativo.
Pero el universo físico está signado por el cambio y el movimiento: las cosas se generan y se corrompen, dejan de ser y pasan a ser otras cosas. Desde antiguo, la pregunta ha sido ¿cómo es posible elaborar un conocimiento científico acerca de una realidad en perpetuo fluir y movimiento? La respuesta a este interrogante se ha ido elaborando lenta y progresivamente a lo largo de la historia del pensamiento; y en esta historia, como en todas las historias, se advierten corsi e ricorsi, idas y vueltas. Los primeros cosmólogos (los “primi philosophi” mencionados con frecuencia por Santo Tomás) dieron los primeros pasos; tras ellos, el genio de Aristóteles sentó los fundamentos de la Física, auténtico conocimiento científico de la Physis.
En la actualidad, después de muchas vicisitudes, el conocimiento y la comprensión del mundo físico se han vuelto harto problemáticos. Galileo, inaugurando en cierto modo la Modernidad, escribió que el mundo físico está escrito en caracteres geométricos. Tal vez, para superar nuestras dificultades actuales debamos considerar que ese mundo está escrito en caracteres significativos. Por eso el regreso a una recta filosofía de la naturaleza se nos vuelve imperativo.
Ahora bien, si tomamos la Filosofía de la Naturaleza como el conocimiento filosófico del mundo físico debemos tener en cuenta esta verdad fundamental: los cuerpos, los entes físicos, no son simples sino que en sí mismos entrañan una dualidad de principios que los componen; los cuerpos son esencialmente compuestos y la composición fundamental es la de materia y forma. La formulación de esta verdad es lo que se conoce como doctrina hilemórfica. Sólo a partir de la constatación de esta verdad es posible entender la realidad del mundo físico. El hilemorfismo es, a nuestro juicio, la única clave de inteligibilidad del universo visible.
1. Dos son los hechos fundamentales por los que podemos conocer la composición hilemórfica de los cuerpos. En primer lugar, la realidad, evidente de suyo, de los cambios substanciales. Como ya dijimos, la experiencia más inmediata del mundo físico nos asegura la existencia de dos procesos incesantes a que está sometida la creación corpórea, la corrupción y la generación. Pero en estos procesos hay, más allá del cambio, un sujeto que se transmuta, que cambia substancialmente no accidentalmente. En efecto, las cosas no sólo pasan a ser de un modo distinto sino que pasan a ser cosas distintas pues dejan de ser lo que son para pasar a ser otra cosa diversa. El segundo hecho es la multiplicidad de individuos de una misma especie. También es evidente que multitud de individuos poseen algo común, una suerte de estructura esencial común si así puede decirse.
Estos hechos nos llevan, por inferencia, a admitir que en todo lo que se corrompe hay algo que permanece a modo de substrato del cambio (la “materia prima” de los filósofos) y que ese “algo común” que constituye en una misma especie multitud de individuos diversos es “algo” determinante que estructura y da significación a la materia (la “forma substancial”).
La materia prima y la forma substancial son, pues, dos partes esenciales de las substancias; son dos principios esenciales. No tienen un modo de ser completo. No son cosas, ni entes. No son realidades quod sino principios quo. Son dos realidades inteligibles per se y sensibles per accidens; y se unen entre sí como potencia y acto.
La materia prima es el sujeto primero del ente corpóreo, el principio esencial a partir del cual éste se genera. Es un principio intrínseco a la cosa generada. Tiene carácter de sujeto o sustrato que permanece en una mutación substancial en la que algo se genera o se corrompe. Se dice que es sujeto primero porque no existe otro anterior; en cambio, los sujetos de los cambios accidentales se llaman materia segunda. Es substrato primero ex quo. Es término a quo o principio inicial del fieri simpliciter. Interviene no sólo en el fieri sino en el esse. No es como la privación que desaparece con el advenimiento de la nueva forma sino que permanece en el ente generado. Es además principio in quo. Es potencia pura, completamente indeterminada. La condición de pura potencia es exigida porque la materia prima es potencia en el orden substancial y esto implica que no sea nada en ese orden (y por tanto, mucho menos en el orden accidental posterior). De acuerdo con la conocida fórmula, ella es “neque quid, neque quale, neque quantum”. Sin embargo, es una capacidad real. No es privación ni una posibilidad lógica. El hecho de estar privada de toda actualidad no significa que se reduzca a ser una privación de la forma (una no forma) como parece que la entendieron los platónicos. No; la materia prima es real. Posee, ciertamente, “la realidad disminuida y oscurecida de la potencia pasiva” -según la feliz expresión de Sanguinteti-, es decir, la capacidad de adquirir un acto. Finalmente, ella es, pero con un ser potencial. Es ingenerable e incorruptible y totalmente pasiva.
Se ha de tener en cuenta, empero, que la materia prima no puede existir sin la forma substancial. Un ente puramente potencial no puede existir: todo lo que existe es ente que tiene ser en acto y no puede consistir sólo en ser potencial. La materia prima sólo puede existir como parte potencial de un ente actual es decir como coprincipio actualizado por la forma. Suponer la existencia separada de un ente puramente potencial es una contradicción. La materia siempre se encuentra bajo una forma y la forma hace que esa materia sea en acto o que esté participando de un acto. Si la materia es, es porque tiene ser (habet esse); y este ser -que es el del compuesto- es el ser que la forma comunica a la materia. Afirmar la existencia de una materia sin la forma es afirmar una contradicción, como enseña Santo Tomás (cf. Quodlibeto III, q 1., a 1, corpus). De esta manera, la noción de materia prima queda en la Metafísica del Aquinate incardinada en la noción de esse y reinterpretada a la luz de la doctrina de la participación.
Entiendo que esta noción de materia prima, sucintamente expuesta, resuelve la primera de las cuestiones planteadas respecto de la existencia real de la materia prima.
2. La segunda de las cuestiones formuladas apuntaba a establecer algún modo de correspondencia entre la doctrina hilemórfica y ciertas nociones de la ciencia actual. Para ello partíamos no de la noción de espacio y tiempo, tal como ellas han sido formuladas en las diversas versiones de la Física, sino de la realidad del espacio y del tiempo. En efecto, más allá de cuanto pueda decirse respecto de estas dos nociones fundamentales de la Física (y en el debate se han hecho aportaciones muy importantes al respecto), lo cierto es que ambas responden, en definitiva, a realidades ontológicas. El espacio designa relaciones de distancia entre cuerpos extensos; estas relaciones existen en la realidad pues los cuerpos tienen extensión y existen distancias reales entre ellos y entre sus partes. El espacio es real aunque como concepto, abstraído de la materia concreta, constituya un ente de razón. Lo mismo cabe decir respecto del tiempo pues la temporalidad se corresponde con la duración real en el ser del ente corpóreo aun cuando abstraído de las condiciones materiales concretas y singulares sea un ente de razón que como tal sólo existe en la mente.
Ahora bien; la tesis propuesta tiene una doble dificultad. En primer lugar, la variación de los cuerpos en el espacio y en el tiempo no se corresponde con la composición real de materia y forma sino, más bien, con la de substancia y accidente. Pero, en segundo término, la dificultad principal de la ciencia llamada “empírica” es, precisamente, su ninguna referencia a una ultimidad ontológica de sus nociones. No se admite, en general, entre los científicos que el espacio y el tiempo responden a realidades como las que hemos señalado. Y esto nos lleva al carácter puramente abstractivo de la ciencia física que la aleja del mundo real.
Lo dicho no implica negar que la Física no sea capaz de brindarnos un conocimiento de cosas reales. De hecho, ella nos permite conocer la realidad del mundo físico. El problema es si, en cambio, nos permite entenderlo en sus causas primeras y en su sentido último. De allí la necesidad de establecer vías de diálogo entre la Filosofía de la Naturaleza y las ciencias particulares que estudian la naturaleza. La doctrina hilemórfica es la clave de este diálogo necesario y postergado. Ella nos permite entender el cambio y el movimiento, otorgando al conocimiento de los fenómenos registrados por las ciencias particulares (desde la Física y la Biología a la Psicología) un fundamento último. Pero ella, por sobre todo, nos permite superar el materialismo acrítico e ingenuo que campea en los ámbitos científicos contemporáneos. Este materialismo nace directamente del desconocimiento o de la recusación del hilemorfismo pues reduce toda la realidad corpórea a la materia a la que supone capaz de auto organizarse, auto generarse, auto crearse, auto evolucionar, etc. De alguna manera, ciertas expresiones de la ciencia actual suponen un verdadero retroceso del pensamiento: no es difícil advertir, en efecto, el retorno de los “primi philosophi” -que juzgaron que todas las cosas eran cuerpo al decir de Santo Tomás- en numerosas expresiones científicas actuales.
El hilemorfismo es, por tanto, no sólo una doctrina plenamente vigente sino una apasionante línea de reflexión y de investigación para el tomismo de nuestros días. Con ello contribuirá no sólo al progreso de la ciencia sino a devolverle a nuestro conocimiento del mundo visible el carácter contemplativo de una ciencia cuyo objeto último no es transformar el mundo sino inclinarse ante su belleza.
Agradezco a todos su colaboración.
Un cordial saludo.
Mario Caponnetto
Moderador
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