Una vez que Aristóteles mostró que la perfecta felicidad, primera y principal, es según la consideración del entendimiento, ahora, presenta otra felicidad secundaria, que consiste en la operación de las virtudes morales. Primero, presenta el tema diciendo que, como felicísimo es aquél que huelga en la consideración de la verdad, secundariamente es feliz el hombre que vive según otra virtud, a saber, según la prudencia, que es directriz de todas las virtudes morales. Como la felicidad especulativa se atribuye a la sabiduría, que comprende en sí los otros hábitos especulativos porque es el principal, así, la felicidad activa, que se da en la operación de las virtudes morales, se atribuye a la prudencia que es perfeccionadora de todas las virtudes morales, como se mostró en el libro sexto.
Estimados amigos: El texto citado por el Dr. Enrique Martínez nos va aproximando al centro de nuestra cuestión, esto es, los grados de felicidad. Establecido que la felicidad más perfecta es aquella que se da según la virtud más alta, la cual es especulativa, Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, habla de una «felicidad secundaria» que consiste en la operación de las otras virtudes, es decir, la prudencia y las virtudes morales que corresponden a la vida activa. Es interesante leer lo que sigue a continuación del pasaje arriba citado. ¿Por qué puede decirse que las operaciones correspondientes a las «otras virtudes» constituyen, también, un modo de felicidad? Por cuatro razones, dice Santo Tomás, de las cuales quiero, ahora, referirme a la primera: porque dichas operaciones, las de la vida activa, son operaciones humanas pues tratan acerca de cosas humanas. Así las operaciones de la justicia, de la fortaleza, de las virtudes morales que moderan las pasiones y la relación de todas ellas con la prudencia atestiguan que se trata de cuestiones plenamente humanas (cf. In Ethicorum X, lectio 12, n.2, 3, et 4). Todas ellas tienen que ver con el compuesto que es el hombre. Leemos: «Por eso es manifiesto que tanto las virtudes morales como la prudencia son respecto del compuesto. Pero las virtudes del compuesto son propiamente hablando humanas en cuanto el hombre está compuesto de alma y cuerpo: por tanto, también la vida que es según éstas, es decir, según la prudencia y las otras virtudes morales, es humana, la cual se llama vida activa. Y por consiguiente la felicidad que en esta vida consiste es humana. Pero la vida y la felicidad especulativa, que es propia del intelecto, es separada y divina» [Unde patet, quod tam virtus moralis quam prudentia sunt circa compositum. Virtutes autem compositi proprie loquendo sunt humanae, inquantum homo est compositus ex anima et corpore, unde et vita quae secundum has, id est secundum prudentiam et virtutem moralem, est humana, quae dicitur vita activa. Et per consequens felicitas, quae in hac vita consistit, est humana. Sed vita et felicitas speculativa, quae est propria intellectus, est separata et divina (ibidem, n. 5)]. Sigue el texto exponiendo las otras tres razones restantes por lo que propongo su atenta lectura. Pero, en definitiva, la verdadera felicidad consiste en la vida contemplativa la que no excluye los grados de felicidad según los otros modos de vida sino que los abarca e incluye porque de lo que se trata es de la felicidad concreta del hombre concreto que es un espíritu carnal. Esto da pleno sentido a nuestra existencia terrena, por cierto, y nos aleja de las felicidades falsas y utópicas que hoy se proponen como vanas esperanzas tal como enseña Benedicto XVI en su última, estupenda, Encíclica «Spe salvi». Pero, también, nos recuerda que nuestro destino último no se consuma aquí abajo y él consiste en llegar a participar de la misma vida de Dios. Todo un gran tema, pues, abierto a nuestra indagación. Saludos cordiales.
Seguimos con la lectura de In X Ethic. lect.12, en donde Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, afirma que la felicidad de la vida contemplativa es superior a la de la activa, que es felicidad secundaria. Vista la primera razón, comentada por el Dr. Caponnetto, nos encontramos con la segunda razón; ésta consiste en que la virtud de la vida contemplativa no tiene la necesidad de bienes exteriores que, por el contrario, sí tiene la virtud de la activa. Y pone varios ejemplos: “El virtuoso necesita de muchas cosas para su actividad virtuosa, como el liberal que ha menester de dinero para obrar de manera liberal, y, de modo similar, el justo que lo necesita para devolver lo que debe … La voluntad de los hombres no se hace manifiesta sin las operaciones exteriores … Para que se manifieste si estamos ante un caso de valentía es menester algo exterior, o sea, debe llevarse a cabo alguna acción externa de fortaleza o coraje. De manera similar, el hombre templado ha menester de su facultad de usar los deleites para hacer manifiesta su templanza”. En definitiva, “aunque la elección sea principal en la virtud moral, como se dijo, es manifiesto que, para la perfección omnímoda de la virtud moral es requerida no sólo la elección sino también la operación exterior”. Sin embargo, continúa el Aquinate, “el que se huelga o se consagra a la contemplación, no necesita nada de eso para su operación; antes bien, puede decirse que los bienes exteriores son un obstáculo para la contemplación, pues la solicitud que exigen del hombre distrae su ánimo”. No puedo menos que recordar ante esto un texto de San Agustín que recientemente me comentaba mi amigo Klaus Droste: “Por eso el amor a la verdad busca el ocio santo, y la urgencia de la caridad acepta la ocupación debida. Si nadie nos impone esta carga debemos aplicarnos al estudio y contemplación de la verdad. Y si se nos impone debemos aceptarla por la urgencia de la caridad. Pero incluso entonces no debemos abandonar del todo la dulce contemplación de la verdad, no sea que privados de aquella suavidad, nos aplaste esta urgencia” (De Trinitate, XIX, 19). En efecto, “María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará” ( Maria enim optimam partem elegit, quae non auferetur ab ea) (Lc 10, 42). En el Domingo de Ramos, en que vemos a Cristo que entra como Rey en la Ciudad Santa de Jerusalén, salgamos a aclamarlo con cantos y a contemplar su victoria sobre el diablo, el pecado y la muerte. Un saludo cordial.
Prosigo con la lectura del texto de In Ethicorum X, lectio 12. La tercera razón por la que la vida contemplativa es superior a la vida práctica y, por consiguiente, puede afirmarse que la felicidad correspondiente a esta última es secundaria (de menor grado, si cabe) respecto de la que se corresponde con la primera, es porque compete a los dioses (dice Aristóteles) o a las substancias separadas (corrige Santo Tomás) ser felices y bienaventuradas en máxima medida. Pero a estas substancias separadas no cabe atribuirles las acciones de las virtudes morales. En efecto, no puede decirse que practiquen la justicia pues se verían ridículas haciendo transacciones, o poniendo sus bienes para otros, o cualquier otra acción propia de la justicia. Tampoco se les puede atribuir la virtud de la fortaleza como afrontando peligros y males en defensa del bien común. Menos se les puede asignar la liberalidad pues es inconveniente pensar que puedan dar a los hombres bienes como dinero o cosas parecidas. En cuanto a atribuirles la templanza, esto sería respecto de Dios más oneroso que grato pues no es laudable que Dios no tenga malas concupiscencias pues no le corresponde el tenerlas. En consecuencia, repasando las acciones de las virtudes morales queda manifiesto que todas ellas son cosas pequeñas e indignas para las substancias superiores. Pero estas substancias viven y por tanto operan. Mas si se excluye de ellas toda operación propia de las virtudes morales, como también todas aquellas pertenecientes a la prudencia y al arte, no resta sino atribuirles una sola operación, a saber, la contemplación, la única operación de Dios que sobrepuja en felicidad; y es por la contemplación de su divina sabiduría que Dios crea todas las cosas. Ergo, resulta evidente que entre todas las operaciones humanas, aquella que más se asemeja a la divina contemplación es la más feliz, felicísima. La cuarta razón es que las criaturas inferiores, los animales irracionales, que carecen de felicidad, están por completo privados de la contemplación dado que carecen de entendimiento. No obstante, se da en ellos una cierta participación de las operaciones de las virtudes morales, como el león del acto de la fortaleza y de la liberalidad o la cigüeña del acto de la piedad hacia los padres. Y todo lo dicho es razonable pues en Dios y en las substancias separadas, que sólo tienen vida intelectual, toda su vida es bienaventurada. Los hombres, en cambio, sólo son bienaventurados en la medida que hay en ellos una cierta semejanza de aquella operación contemplativa. Los animales irracionales, de ningún modo, son felices. Es claro, pues, que cuanto se extiende la contemplación tanto se extiende la felicidad y aquellos a quienes más compete contemplar más le compete ser felices. La felicidad, por tanto, es principalmente una actividad contemplativa. Transcribo la parte correspondiente del texto latino: “Tertiam rationem ponit ibi, perfecta autem felicitas et cetera. Et dicit, quod hoc, quod felicitas perfecta consistat in quadam speculativa operatione, ex hoc apparet, quod diis, idest substantiis separatis, maxime videtur competere quod sint felices et beati. Nec tamen possumus eis attribuere actiones moralium virtutum. Si quis enim attribueret eis iustitiae operationes, apparerent deridendi, utpote commutationes facientes, vel etiam sua bona apud alios deponentes, vel quaecumque alia opera iustitiae facientes. Et similiter non potest eis attribui fortitudo, ut scilicet sustineant terribilia et pericula propter bonum commune. Similiter etiam non competit eis liberalitas prout est virtus humana. Non enim erit assignare cui mortalium dent huiusmodi bona quae dant homines liberaliter, quia inconveniens est quod aliquis dicat eos uti ad dandum denarium vel aliquid huiusmodi. Si autem aliquis attribuat eis temperantiam, huiusmodi laus magis erit onerosa Deo quam grata. Non enim est laudabile Deo, quod non habeat pravas concupiscentias, quia non est natus eas habere. Sic igitur pertranseundo, omnes actiones moralium virtutum, apparet, quod sunt parva, et indigna diis, idest substantiis superioribus. Sed tamen omnes opinantur quod vivant et per consequens quod operentur. Non enim convenit eis quod nihil operentur, sicut dormientes, sicut dicitur de quodam philosopho qui diu vixit dormiens. Si igitur a vita divina auferamus agere moralium virtutum et prudentiae, et adhuc multo magis auferamus a divina vita facere, quod est proprium artis, nulla alia operatio relinquitur Deo praeter speculationem. Et sic patet quod operatio Dei, quae excellit in beatitudine, est speculativa et per speculationem sapientiae suae omnia fecit. Ex quo patet quod inter operationes humanas illa quae est simillima divinae speculationi est felicissima. Quartam rationem ponit ibi: signum autem et cetera. Et dicit, quod signum huius, quod perfecta felicitas consistat in contemplatione sapientiae, est quod animalia irrationabilia, quae carent felicitate, omnino sunt privata tali operatione; quia non habent intellectum, quo nos speculamur veritatem. Aliquo autem modo participant operatione virtutum moralium, sicut leo actu fortitudinis et liberalitatis et ciconia actu pietatis ad parentes. Et hoc rationabiliter. Diis enim, idest substantiis separatis, quia habent solam intellectualem vitam, tota eorum vita est beata, homines autem in tantum sunt beati, inquantum existit in eis quaedam similitudo talis operationis, scilicet speculativae. Sed nullum aliorum animalium est felix, quia in nullo communicant speculatione. Et sic patet, quod quantum se extendit speculatio, tantum se extendit felicitas. Et quibus magis competit speculari, magis competit esse felices, non secundum accidens, sed secundum speculationem, quae est secundum se honorabilis. Unde sequitur, quod felicitas principaliter sit quaedam speculatio” (In Ethicorum X, 12, 11-15)..
Resumiendo todo el texto de esta lección 12 podemos concluir que la felicidad del hombre consiste en la contemplación. No obstante, el ejercicio de las virtudes morales constituye una cierta felicidad secundaria; también, el ejercicio de la prudencia y del arte otorga un cierto grado o modo de felicidad a nuestra vida. Y hasta el recto uso de los bienes sensibles integran la felicidad humana siempre que se los tome en su medida y lugar propios. Una santa y feliz Pascua de Resurrección para todos los amigos de e- Aquinas.