De los grados de felicidad

Época II Año 6 Número 2 Marzo - Abril 2008

Quaestio

Afirma Santo Tomás que “con el nombre de felicidad (beatitudo) no se entiende otra cosa que el bien perfecto de una naturaleza intelectual” ¿puede haber, entonces, felicidad sin contemplación?

Responsiones

  • El bien perfecto de una naturaleza intelectual es la contemplación de la verdad. Por tanto, sin contemplación no hay felicidad simpliciter. Puede haberla secundum quid: es la felicidad imperfecta o segunda de la que habla Santo Tomás en los textos comentados en la lectio. Un codial saludo.

    Publicado por Mario Caponnetto el 3 de abril de 2008
  • En primer lugar quiero agradecer a D. Javier Prieto Aceves su amabilidad, y tranquilizarlo: sus "pacientes" soportamos bastante bien sus mensajes. Le contestaré brevemente, enlazando con el tema de la Disputatio. No tengo ninguna persona no cristiana que considere digna de admiración. Creo que hay que esperar un par de siglos para distinguir lo que es trigo de lo que es publicidad interesada. Con respecto al juicio final (Mt. 25, 31 ss), y la salvación de los paganos, Santo Tomás cita a un tal Remigio que dice: "Y hay que notar aquí que en este lugar el Señor habla de seis obras de misericordia; que, cualquiera que se propusiera cumplirlas, merecerá recibir el reino preparado desde la constitución del mundo para los elegidos" (Catena Aurea in Matthaeum, cap. 25, lectio 3). Es la doctrina tradicional de que pertenecen a la Iglesia los hombres de buena voluntad. Los no cristianos no pueden practicar la caridad, porque no la tienen. De acuerdo con este comentario de Remigio, lo que se nos va a pedir a todos en el juicio final es la práctica de las obras de misericordia, que se puede hacer sin la caridad. Y son las que demuestran la buena voluntad.

    A la pregunta de la Disputatio "¿puede haber, entonces, felicidad sin contemplación?" (D. Miguel Ángel, 1 de Abril 2008), D. Enrique Martínez y D. Mario Caponnetto parecen inclinados a responder que sí, por los textos que presentaron en la Lectio. D. Mario lo desarrolla con amplitud. En su mensaje del 13 de Marzo aporta unos textos de Aristóteles (In Ethicorum X, lectio 12, n. 2, 3, et 4 ss), en los que habla de una "felicidad secundaria", que pertenece a la vida activa, y que sería la felicidad sin contemplación (nº 5). Aristóteles compara las dos felicidades "Y por consiguiente la felicidad que en esta vida consiste es humana. Pero la vida y la felicidad especulativa, que es propia del intelecto, es separada y divina" (ibidem). La filosofía de Aristóteles es muy convincente. Pero no coincide con lo que dice la Teología. Lo vemos si analizamos lo que quiere decir Aristóteles en este texto con las palabras "humano", "separado" y "divino". Aristóteles remite a III De Anima, donde explica que el hombre, compuesto de alma y cuerpo, tiene acciones "humanas" en las que intervienen el alma y el cuerpo. Pero el alma tiene acciones en las que actúa sin el cuerpo, porque una de sus partes, la mente, "sobresale" del cuerpo. Por esta razón a esa parte Aristóteles la llama "separada". No porque esté separada del cuerpo, sino porque actúa con independencia del cuerpo. Es la parte especulativa. La palabra "divino" la explica Santo Tomás al principio de su comentario al libro VII de la Ética. Allí Aristóteles compara la malicia, la incontinencia y la bestialidad con sus opuestos. Sobre la bestialidad, la peor degeneración moral, dice Santo Tomás: "Dice, por lo tanto, primero (Aristóteles) que se dice congruentemente que la bestialidad se opone a una virtud que excede la medida del común de los hombres, y puede llamarse heroica o divina; pues los gentiles llamaban 'heroas' a las almas de algunos hombres insignes difuntos, que también decían que estaban deificados" (1). De aquí la expresión 'viri divini', hombres divinos, que utiliza Santo Tomás frecuentemente en este comentario: se trata de hombres con alguna virtud que está fuera del alcance del común de los mortales, que los griegos llamaban heroica, que significa divina, concedida por los dioses. Por lo tanto, cuando Aristóteles dice que la felicidad especulativa es "divina" (heroica) quiere decir que está al alcance muy pocos hombres. Por eso pone una felicidad secundaria, que pertenece a la vida activa, para los demás mortales. Racionalmente perfecto. Pero, según la Teología, tal cosa no existe: "... como dice San Juan Crisóstomo, todos estos premios (los de las bienaventuranzas) en la realidad son una sola cosa, la felicidad eterna, que nuestra inteligencia no la capta. Y por eso fue necesario que se nos describiera por distintos bienes conocidos por nosotros" (2). Las bienaventuranzas se refieren a esta vida (I II q. 69 a. 2). Pero no son una felicidad secundaria, sin contemplación, sino una descripción en términos humanos de la única felicidad. Como decía Remigio, la felicidad o se consigue practicando las obras de misericordia, o no se consigue. El que no alcanza la felicidad especulativa, no alcanza ninguna otra, porque no la hay. D. Mario, acabo de ver su responsio. Creo que la felicidad 'secundum quid' se sale un poco del tema, porque no es felicidad. Podríamos decir que es "pasar un buen rato". Un cordial saludo. ----------------------- (1) Dicit ergo primo quod bestialitati congruenter dicitur opponi quaedam virtus, quae communem hominum modum excedit et potest vocari heroica vel divina; heroas enim gentiles vocabant animas defunctorum aliquorum virorum insignium, quos etiam deificatos dicebant. VII Ethic. lect. 1 nº 7. (2) Ad primum ergo dicendum quod, sicut Chrysostomus dicit, omnia praemia ista unum sunt in re, scilicet beatitudo aeterna; quam intellectus humanus non capit. Et ideo oportuit quod per diversa bona nobis nota, describeretur, observata convenientia ad merita quibus praemia attribuuntur. I II q. 69 a. 4 ad 1.

    Publicado por Rafael Quijano Álvarez el 3 de abril de 2008
  • Se pregunta si puede haber felicidad sin contemplación. Para responder a esta cuestión es necesario responder, previamente, a otra, a saber: si es conveniente, siguiendo la doctrina de Santo Tomás, hablar de grados de felicidad. Y parece que sí. En efecto, en el texto correspondiente a Summa Theologiae, I-IIae, q 3, a. 2, ad 4 (citado en la lectio), el Angélico sostiene que: “Puesto que la bienaventuranza dice una cierta perfección última según que cosas diversas, capaces de bienaventuranza, pueden llegar a diversos grados de perfección, conforme con esto es necesario que la bienaventuranza se diga de diversos modos”. Tres cosas pueden deducirse a partir de aquí: 1) que la felicidad es una cierta perfección última; 2) que esa perfección última se dice según que cosas diversas, capaces de felicidad, pueden llegar a grados diversos de perfección; 3) que a cada grado de perfección corresponde un grado de felicidad y por esta razón la felicidad se dice de diversos modos. Pero se ha de tener en cuenta que estamos hablando de la felicidad en general (¿simpliciter, Don Rafael?) pues una vez establecida esta correlación entre grados de perfección y felicidad, Santo Tomás distingue la felicidad en Dios, en los ángeles y en el hombre. Por tanto, parece conveniente hablar de “grados de felicidad” atendiendo a los grados de perfección: desde la suma y simplísima perfección de Dios a la perfección participada de las criaturas intelectuales o espirituales. Las criaturas no racionales no gozan de felicidad alguna pues no hay en ellas entendimiento y la felicidad, como se dijo, consiste en la perfección de una naturaleza intelectual o espiritual. Ahora bien, ¿qué ocurre en el caso de la felicidad humana? ¿Es posible hablar de “grados” de felicidad humana? Si nos atenemos a los textos de Santo Tomás no vemos que éste emplee esa expresión. Pero, si siguiendo el pensamiento antes expuesto, establecemos que se dan grados de felicidad correlativos a los grados de perfección, pareciera conveniente poner también en el hombre grados de felicidad toda vez que en el hombre es posible distinguir grados diversos de perfección. Tales grados se evidencian en lo “entitativo” (si se nos permite la expresión) pues el alma humana posee las perfecciones vegetativa, sensitiva e intelectual) y en lo “operativo” pues el hombre ejerce acciones correspondientes a cada una de esas perfecciones entitativas (actos del hombre y actos humanos). Por esta razón se dice que el hombre es “microcosmos”. Sin embargo, esta gradación de perfecciones no nos permite fundar una gradación de la felicidad humana toda vez que sólo se da felicidad en lo intelectual. Ergo, no puede hablarse en el hombre más que de una felicidad fundada en su naturaleza racional, intelectual o espiritual. Pero, ¿hay grados de perfección en la naturaleza intelectual humana? Leamos atentamente a Santo Tomás: “Como la felicidad especulativa se atribuye a la sabiduría, que comprende en sí los otros hábitos especulativos porque es el principal, así, la felicidad activa, que se da en la operación de las virtudes morales, se atribuye a la prudencia que es perfeccionadora de todas las virtudes morales, como se mostró en el libro sexto (In Ethicorum X, 12). Está claro que no hay en el hombre más felicidad que la que corresponde a su naturaleza racional; pero la razón tiene en el hombre una doble modalidad, especulativa y práctica. La primera funda la felicidad perfecta y su principio es la sabiduría simpliciter y todos los otros hábitos especulativos comprendidos en ella; la segunda funda la felicidad imperfecta y su principio es la prudencia que es una sabiduría secundum quid mediante la cual se ordenan las acciones de las virtudes morales y de las pasiones. En consecuencia, se puede hablar de grados de felicidad humana sólo si se toman la razón especulativa y la razón práctica como grados de perfección de la razón humana. Pero esto no parece conveniente pues más que grados de perfección de la única vis intellectiva lo que hay en el hombre son modos diversos de operación de la única potencia racional. No obstante puede hablarse de grados de felicidad toda vez que la operación del intelecto práctico es menos perfecta que la del intelecto especulativo. Resuelta la primera cuestión podemos pasar, ahora, a la que nos ocupa, es decir, si es posible una felicidad sin contemplación. La respuesta es afirmativa pues sin contemplación puede el hombre alcanzar la felicidad imperfecta que depende de la sabiduría práctica que es la prudencia. Esta felicidad es secundum quid (me parece) y es algo más que “pasar un buen rato”. Finalmente, el último mensaje de D Rafael me suscita dos comentarios. 1. Dice el Dr. Quijano que la doctrina de Aristóteles de las dos felicidades es “racionalmente perfecta” pero que la Teología la contradice pues tal cosa no existe. Entiendo que por “racionalmente perfecta” ha querido decir que es verdadera. Pero ¿cómo es posible que la Teología contradiga una verdad de la razón? Si teológicamente es falso no veo porque ha de ser racionalmente verdadero que haya dos felicidades. 2. El texto aducido por D Rafael, Summa Theologiae I II q. 69 a. 4 ad 1, no habla de las bienaventuranzas sino de los premios de éstas. Por tanto el argumento no es pertinente. Saludos cordiales.

    Publicado por Mario Caponnetto el 7 de abril de 2008
  • Los grados de felicidad en el hombre a los que me referí en mi anterior mensaje, sólo atienden a la felicidad tal como se nos da en la presente vida. Pero esta felicidad es incoación de la felicidad futura que es la última y plena felicidad del hombre. Podemos, pues, establecer como grados de felicidad humana: la perfecta (especulativa) y la imperfecta (práctica) en lo que respecta a la vida presente. Pero si se tiene en cuenta la bienaventuranza eterna hay que distinguir, a su vez, otros dos grados: la felicidad de esta vida y la beatitud eterna. Cordialmente.

    Publicado por Mario Caponnetto el 8 de abril de 2008
  • Estimado D. Mario. No me sorprende que se muestre reacio a admitir que Santo Tomás mantiene posiciones diferentes en Filosofía y en Teología (7 de abril de 2008). Es un descubrimiento reciente. Lo descubrí el mes pasado, estudiando el tema que estamos debatiendo, y, sobre todo, en los textos del cometario a X Ethicorum que adujo usted mismo en la Lectio.

    En primer lugar, permítame que le de mi opinión sobre la cuestión previa de los grados de felicidad en I II q. 3, a. 2 ad 4. Me parece que Santo Tomás no se refiere aquí a los grados de felicidad sucesivos, en un mismo ser, sino a la felicidad perfecta en los seres que han alcanzado ya su último fin. Así, en los Ángeles, hay tantos grados de felicidad como grados de perfección hay entre ellos. Cada ángel es un grado de perfección , y, según el profeta Daniel, hay billones de billones de ángeles. Por lo tanto, billones de grados de perfección.

    Los ángeles, dice allí Santo Tomás, son felices porque tienen una operación (la 'operatio sapientiae' dirá más adelante) que les une a Dios. En ellos esta operación es "única y sempiterna", nunca cambia. El hombre, continúa Santo Tomás, tiene esta misma operación. Pero, en esta vida "no es única puesto que por la interrupción la operación se multiplica". Y añade un poco más adelante: "en la vida presente, cuanto distemos de la unidad y continuidad de tal operación tanto distaremos de la perfección de la bienaventuranza". Cuando la operación que nos une a Dios sea una y continua, habremos alcanzado nuestra perfección personal, y ocuparemos el grado de felicidad que nos corresponde.

    A mi modo de ver, esto es lo que dice Santo Tomás en este texto. Queda la duda de si hay grados de felicidad mientras estamos distantes de la unidad y continuidad de la operación que nos une a Dios. Santo Tomás no contesta a esto en este lugar. Pero parece evidente que en esta distancia hay dos etapas. Una en la que no nos ocupamos de Dios, y otra en la que esta operación es intermitente. Y en esta última se dan muchos retrocesos. La primera etapa es la vida voluptuosa, que no es felicidad, sino contraria a ella. La segunda es la vida activa, que es preparación a la felicidad. Esto lo responde Santo Tomás en la q. 65. Se trata, como bien dice usted en su mensaje del día 8, de la felicidad incoada, en la vida activa, a la que sigue la felicidad perfecta, cuando la operación que nos une a Dios sea única y continua. En esta vida en los varones santos, y en la otra vida en la felicidad definitiva.

    Finalmente, creo que Santo Tomás explica, en otro lugar, por qué no se pueden establecer grados de felicidad en la vida activa. En la Catena aurea in Lucam cap. 24, lectio 3, cita a San Agustín, que explica cómo los discípulos de Emaús no conocieron al Señor cuando les explicaba las Escrituras en el camino. Lo conocieron, en cambio, cuando pusieron en práctica una virtud, la hospitalidad. Y a continuación cita a San Gregorio, que dice: "por lo tanto, el que quiere entender lo que oye (las Escrituras), apresúrese a poner en práctica lo que ya pudo entender" (Quisquis ergo audita vult intelligere, festinet ea quae iam intelligere potuit, opere implere). ¿Qué es lo primero que entiende cada uno de los hombres, que es el inicio de su felicidad? ¿Por dónde empieza su camino hacia Dios? Cada caminante sigue su camino. Toda la multitud de caminos lleva a Dios a través de la unidad de las virtudes infusas y de los dones del Espíritu Santo. Pues las virtudes cristianas, con cada acto de cualquiera de ellas, crecen todas al mismo tiempo, proporcionalmente, como los dedos de la mano (I II q. 66 a. 2 c.). ¿Se pueden establecer grados en el crecimiento de las virtudes? Por ejemplo, practicar primero la pobreza, sin practicar la limpieza de corazón. La vida cristiana es una unidad que progresa, y también retrocede. En principio va gradualmente. Pero no podemos saber la gracia que otorga Dios a cada acción de cada uno de los cristianos. La cantidad de situaciones diferentes que se dan con respecto a la felicidad, creo que supera al número de los ángeles. Un cordial saludo.

    Publicado por Rafael Quijano Álvarez el 12 de abril de 2008
  • Estimado D. Mario, en cuanto a las distintas posiciones que sostiene Santo Tomás en Filosofía y Teología lo descubrí en el siguiente texto. Hablando de que las virtudes adquiridas son de especie diferente de las infusas, dice : "Por ejemplo, en los alimentos, el modo de la razón humana establece que no dañe la salud, ni impida el acto de la razón, pero según la regla de la ley divina se requiere que el hombre castigue su cuerpo, y lo reduzca a servidumbre por la abstinencia de la comida y la bebida, y otras cosas semejantes" (1). También leí un texto donde dice que las virtudes adquiridas enseñan la moderación en los placeres, mientras que las infusas requieren renunciar totalmente a ellos, cuando es necesario; pero ahora no consigo localizarlo.

    Me sorprendió. Pero, pensándolo, me di cuenta de que es la conclusión lógica de la diferencia entre las ciencias humanas, que proceden 'ex sensibilibus' y la Teología, que procede 'ex creditis'. Así Aristóteles, analizando lo que observa, llega a la conclusión de que la felicidad no es un "estado", sino una actividad. Esta actividad pertenece a lo que hay de mejor en el hombre, la inteligencia. Y dentro de la inteligencia, a lo mejor que hay en ella, la sabiduría. Es decir al conocimiento de las primeras causas del universo, a entender lo 'maximum intelligibile'.

    También observando las cosas, Aristóteles se da cuenta de que esto es algo "heroico", realmente difícil, por lo que son muy pocos los hombres que llegan a la felicidad. También observa que los hombres son relativamente felices cuando trabajan (vida activa) y practican la virtud, la moderación en los placeres y la inteligencia en su actividad (prudencia). No pueden llegar a la felicidad 'simpliciter', es decir a la felicidad. Pero, en cierto modo ('secundum quid'), son felices.

    Cuando Santo Tomás comenta a Aristóteles, dice lo que dice Aristóteles. Pero en Teología no parte de la experiencia sensible, sino 'ex creditis' de la fe. Y expone lo que dice la Escritura. La Escritura contiene muchas cosas que se pueden saber a partir de la experiencia sensible, y otras no. Aristóteles, por ejemplo, no podía saber que "Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". Sólo existe una felicidad, y el que no la consigue no puede encontrar otra. Santo Tomás, cuando expone la Escritura, dice lo que dice la Escritura.

    Por eso dije, D. Mario, que la conclusión de Aristóteles es racionalmente perfecta. Eso no quiere decir que sea verdad, significa que, con los datos con los que contaba Aristóteles, su conclusión es lógica. Al aparecer otros datos, la Revelación, su conclusión se ve que es correcta, pero falsa. Un cordial saludo.

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    (1) Puta in sumptione ciborum, ratione humana modus statuitur ut non noceat valetudini corporis, nec impediat rationis actum, secundum autem regulam legis divinae, requiritur quod homo castiget corpus suum, et in servitutem redigat, per abstinentiam cibi et potus, et aliorum huiusmodi. I II q. 63 a. 4 c.

    Publicado por Rafael Quijano Álvarez el 13 de abril de 2008
  • Es muy interesante lo que se aporta aquí de los grados de felicidad, que es buen fundamento para lo que hoy se habla, de un aspecto físico, otro psíquico, también el psicológico-virtudes, y el espiritual-místico. Aparte de estos "aspectos" que componen la felicidad o sus tipos (inferiores a superior, según los he citado), también es muy interesante lo que se dice, que la felicidad depende de cada uno, pues el que sea más docto o santo tendrá más capacidad de estos tipos de felicidad. Paso a aportar alguna cosa sobre el tema.Esto va muy unido a la felicidad. Pero hay quien la pone en el yoga, tener salud, etc... ¿Qué factores determinan la felicidad del ser humano? El cerebro humano incluye por defecto la capacidad de sentir felicidad, que eso es imprescindible para la adaptación y la supervivencia: “En cada momento los mecanismos que regulan el estado de ánimo van recogiendo si disponemos o no de lo necesario para vivir” (Xaro Sánchez), y en esta inter-actuación psico-emotivo-somática en “la corteza cerebral es lo que imprime nuestro grado de bienestar subjetivo”, con algunos “picos” de infelicidad o gozo y en general un “grado moderado”, de rutina diaria. Junto a esto, se dispone “de una gran capacidad de adaptación a las contrariedades vitales” (resiliencia). La felicidad no está en las cosas, sino en nuestra actitud ante ellas (aceptarlas, para reconducirlas), “procesos íntimos o endógenos”, el hombre sólo puede experimentar la auténtica felicidad en la propia interioridad (Boecio). Como el burro detrás de la zanahoria, nos lanzamos a metas que siempre plantean un más allá, como el mito de Aquiles siguiendo la tortuga (que cuando llega donde estaba, ésta se ha ido más adelante y es el cuento de nunca acabar). No hay vida peor que una vida sin esperanza, o una esperanza sin fundamento. Hoy día se ve que las cosas externas como bienes materiales, dinero, cierto estatus no son determinantes, la ambición concreta que nos hemos propuesto alcanzar no causa la felicidad, pero también se confunde la consecuencia con la causa, cuando se dice que lo crucial es tener ganas de luchar por alguna cosa, cuando en realidad, es cuando uno está feliz, cuando emprende proyectos con ganas, y no al revés. La verdad no cabe en un esquema, pero es necesario integrar los diversos aspectos, pues si no parece que cada uno tiene su verdad: uno ve la felicidad en la salud, o la técnica, yoga... ¿verdades? no: verdad, pero la comprendemos de modo dinámico. Pienso que hay como tres “mónadas” que determinan el equilibrio-armonía que llamamos felicidad, que va mucho más allá de la estabilidad emocional, y otros aspectos de la misma: 1) salud corporal-física; 2) mi entorno, la historia y 3) salud interior-psíquica-espiritual. Cada uno de ellos tiene a su vez 3 puntos, y nos detendremos en el último apartado, porque al componer lo más esencialmente humano, constituye el secreto de cómo ser feliz siempre: 1) salud “física”, determinada, además de cosas más específicas extraordinarias, por ciertas rutinas cotidianas: a) dormir, b) armonía con las funciones instintivas físicas (supervivencia personal y de la especie): comer, integrar la sexualidad dentro del proyecto personal, c) ejercicio físico aeróbico-vascular. 2) salud “ambiental”, como decía Ortega y Gasset, yo soy yo y mis circunstancias: ésas son también mi historia: a) familia donde nacemos, que nos viene dada, b) ambiente en el que vivimos y escogemos-amigos, clase social, etc.; c) ambiente social, la historia de nuestro tiempo (estamos condicionados por factores higiénicos y otros de tipo médicos, cultura, deporte, ideas dominantes, tecnologías, globalización…). En todos estos aspectos, mirando subidos al gigante de la tradición, vemos más y más lejos… 3) salud “interior”: esta armonía interior comprende: a) la personalidad genética: introvertida o extrovertida, primaria o secundaria, racional o sanguínea, flemática o apasionada…; b) una psicología sana en el modo de afrontar la vida: visión positiva, adaptabilidad a los cambios, prever algún remanente para llegar a final de mes… que llamamos también carácter, educado a través de las virtudes, al hacer cosas buenas nos hacemos buenos, nos vamos configurando en primer lugar con lo que hacemos, luego con lo que decimos, y en tercer lugar con lo que pensamos; y c) una espiritualidad llena de trascendencia, las potencias espirituales (inteligencia, amor y libertad) que es lo más importante y puede suplir la ausencia de los otros aspectos. No hablamos aquí de quien se aburre porque tiene falta de serotonina, por una cuestión química, sino que hay una retro-alimentación entre el sentido de sublimidad que estamos analizando bajo la óptica de la filiación divina, y la vida en el espíritu y virtudes, que de alguna manera vemos en toda educación, que básicamente consta de dos elementos: motivación y esfuerzo. Quien está motivado, se esfuerza, y quien se esfuerza crece interiormente y se va motivando. Según este esquema, la vida cristiana tendría como motor de arranque (más o menos consciente) este querer ser dios, hijos de Dios, que se aviva con su consideración: el sentirse hijos de Dios, que da alegría y libertad

    Publicado por Llucià Pou Sabaté el 16 de abril de 2008
  • Estimado D. Llucià. Define usted la felicidad como "equilibrio-armonía". Y descompone la felicidad en 9 elementos. Dice también que "El cerebro humano incluye por defecto la capacidad de sentir felicidad". Y también que, según Boecio, "el hombre sólo puede experimentar la auténtica felicidad en la propia interioridad".

    Solón de Atenas (s. VII a. de J.) enumeraba solo siete elementos para ser felices: no sufrir calamidades, carecer de defectos físicos, no sufrir enfermedades, no saber de miserias, ser afortunado con su prole y tener un hermoso aspecto. A los que añadía morir en paz. Pero dice "reunir todas estas cualidades, siendo un hombre, es imposible". Sólo muy pocos consiguen reunir algunas de estas condiciones y, además, morir en paz, ser felices. Hoy la ciencia ha evolucionado y sabemos que para ser felices es imprescindible, además, el "ejercicio físico aeróbico-vascular", como usted bien dice. Esta es la causa de los problemas del mundo. La gente no hace ejercicio aeróbico-vascular, y no es feliz. Solón tampoco lo sabía.

    El equilibrio-armonía es la definición más antigua de felicidad, y la más primaria. En la antigüedad se incluía en la felicidad tener hijos. El hombre evolucionado, en cambio, lo considera una desgracia. Aparte de eso, Aristóteles admitía este equilibro-armonía, pero descubrió que la felicidad es una actividad de la mente. Consiste en dos cosas: en que la mente, que reflexiona sobre sí misma, y se ve a sí misma, ve que ha alcanzado la perfección. Y en conversar con alguien semejante. Como bien cita usted, dice Boecio, que la felicidad sólo se puede experimentar en la interioridad. Si está ahí la felicidad, no está en otra parte. Por lo tanto, la felicidad no se "siente", porque el cerebro, de donde proceden los sentimientos, está dentro del cráneo, pero no tiene interioridad. No se puede observar a si mismo. Puede constatar que en el cuerpo hay equilibrio, y detecta bienestar. Pero eso no es la felicidad. El bienestar conduce a no hacer nada. Satisfechas las necesidades del cuerpo, los animales duermen. Lo contrario de la felicidad, que es actividad. Cuando decimos que somos felices solemos referirnos a que estamos pasando por una situación de bienestar. La felicidad, según Aristóteles es la 'speculatio optimi speculabili', que lo consigue el hombre cuando alcanza su perfección, y en la conversación con el amigo. Según la Escritura consiste en ver a Dios y conversar con él, cuando el hombre alcanza su perfección.

    Los filósofos griegos no fueron capaces de resolver esta aporía: el cuerpo, que busca el bienestar, y la mente, que busca la felicidad (los filósofos modernos están todavía muy lejos de los griegos). Por eso Solón no creía en la felicidad, y Aristóteles creía que estaba al alcance de muy pocos. Esta aporía sólo la resuelve la fe católica, que predica a Cristo, y Cristo crucificado. Es el único camino por el que se alcanza la visión de Dios y la conversación con él. Y no pasa, precisamente, por la "felicidad del cuerpo". Aunque, naturalmente, el bienestar ocupa su lugar en la vida cristiana.

    Un cordial saludo (crítico como ve).

    Publicado por Rafael Quijano Álvarez el 19 de abril de 2008
  • Estimado D Rafael: Con demora -que espero sepa perdonar- respondo a sus mensajes de los días 12 y 13 de abril. Veamos, primero, el último donde aborda una cuestión ajena al tema del bimestre, a saber, las distintas posiciones que sostiene Santo Tomás en Filosofía y Teología. No tengo inconveniente en aceptar todo cuanto usted dice. Ocurre que en un principio yo interpreté que usted afirmaba que una verdad de razón puede ser contraria a una verdad de fe, lo que no es admisible. Pero está claro, ahora, que no apuntaba usted en esa dirección. No obstante, el asunto da para más. Pero quédese para otra ocasión.

    Respecto del tema en debate: que en el texto citado perteneciente a Summa Theologiae I II q. 3, a. 2 ad 4 Santo Tomás no se refiere a grados de felicidad sucesivos, en un mismo ser, sino a la felicidad perfecta en los seres que han alcanzado ya su último fin, es cierto. Por eso dije que la felicidad de la que aquí se habla es la felicidad en general o simpliciter si usted quiere. En este sentido hay grados de felicidad atendiendo a los grados de ser. Pero también es cierto que en el texto citado Santo Tomás sostiene que en el caso del hombre la multiplicación de las operaciones intelectivas hace que en la presente vida no alcancemos la plena felicidad que consiste en la contemplación pues la perfección de este, nuestro acto contemplativo in via, dista de la perfección que tendrá in patria. Quiere decir, pues, que Santo Tomás no excluye la posibilidad de una felicidad contemplativa en esta vida; sólo que ella dista en cuanto a su perfección de la bienaventuranza futura. Pero esto mismo nos permite hablar de grados de felicidad en el hombre. De una misma felicidad, es cierto. Pero nada impide establecer grados en una misma clase de felicidad. A continuación plantea usted la duda de si mientras estamos distantes de la perfecta felicidad de la vida futura pueden en la presente admitirse grados de felicidad. Creo que sí atendiendo a los diversos géneros de vida que se dan aquí abajo, como se ha dicho suficientemente. En el final de su mensaje del día 12, leemos: “La vida cristiana es una unidad que progresa, y también retrocede. En principio va gradualmente. Pero no podemos saber la gracia que otorga Dios a cada acción de cada uno de los cristianos. La cantidad de situaciones diferentes que se dan con respecto a la felicidad, creo que supera al número de los ángeles”. Con todo respeto, creo que cae usted en una confusión: una cosa es el camino de perfección que cada uno es capaz de realizar en su concreta existencia personal (donde se dan, sin duda, todos esos “corsi e recorsi” que usted menciona) y otra los grados de felicidad que puedan establecerse en conformidad con la naturaleza humana. Un cordial saludo.

    Publicado por Mario Caponnetto el 24 de abril de 2008
  • Estimado D. Mario. Debo reconocer que realmente en el tema de este bimestre estoy algo desorientado. Al principio se trataba de ver grados de felicidad en las bienaventuranzas, basándose en las tres clases de vida, voluptuosa (hedonista), activa (de trabajo) y contemplativa (de estudio). Santo Tomás dice de la primera que no pertenece a la felicidad, sino que es contraria a ella (I II q. 69 a. 3 c). Y sólo pone dos grados de felicidad, la incoada, en esta vida, y la perfecta, en la otra vida. En la incoada otros dos, uno de felicidad "intermitente" y otro de felicidad permanente, en los varones santos (I II q. 3, a. 2 ad 4), que conversan continuamente con Dios. En todos los casos sólo hay una felicidad posible, la conversación familiar con Dios, la caridad, que es la 'operatio sapientiae', la actividad de la sabiduría. La actividad de lo mejor que hay en el hombre, que lo une a Dios.

    Más tarde, con el mensaje de D. Llucià Pou (16 de Abril), tuve noticia de la teoría de que hay tres felicidades. Define la felicidad como "equilibrio-armonía", es decir, 'mens sana in corpore sano', que dicen los filósofos. Esta definición no tiene mucho que ver con la 'operatio sapientiae' de Aristóteles, y mucho menos con la misma 'operatio sapientiae' de la Teología. En esta definición superficial de la felicidad (perdóneme D. Llucià) considera tres "mónadas": "1) salud corporal-física; 2) mi entorno, la historia y 3) salud interior-psíquica-espiritual". Es decir, tres felicidades independientes y paralelas (mónadas). Sin saber en qué consiste la felicidad, se pueden establecer innumerables combinaciones de palabras.

    Usted me dice que no tengo en cuenta "los grados de felicidad que puedan establecerse en conformidad con la naturaleza humana". Precisamente analizando la naturaleza humana, Aristóteles y Santo Tomás concluyen que la felicidad consiste en la ya mencionada 'operatio sapientiae'. Es decir la actividad máxima de la mente. Hablar de una felicidad corporal, o histórica (?), me parece que es juntar palabras, sin saber lo que se dice. Admito, desde luego, que hay una felicidad especulativa en esta vida (no existe otra felicidad). Y también admito que hay grados en la felicidad. Pero son innumerables, y no se pueden "catalogar", excepto en las cuatro clases que dice Santo Tomás, que he mencionado arriba.

    Un cordial saludo.

    Publicado por Rafael Quijano Álvarez el 25 de abril de 2008
  • Estimado D Rafael: No ha sido mi intención contribuir a la desorientación que le produce el tema del bimestre. Confieso que, en alguna medida, también yo estoy desorientado. Pero vayamos al punto. Reconoce usted que hay cuatro “clases” de felicidades, a saber:

    a) La incoada, en esta vida. b) La perfecta, en la otra vida. En la incoada, a su vez, otros dos, c) Felicidad “intermitente”. d) Felicidad permanente, en los varones santos.

    Creo que a) y b) han sido explicitadas tanto en la lectio como en la disputatio y no veo en qué pueda disentirse al respecto. En cuanto a c) y d) tampoco veo inconveniente en admitirlas. Pero ¿no cree usted que dentro de la felicidad incoada in via se ha de añadir otra distinción, a saber, la felicidad especulativa (que es propiamente la felicidad) y la felicidad secundaria en relación con la vida práctica la que sólo puede llamarse felicidad reductivivamente en cuanto que dispone a la felicidad especulativa? Me parece que respecto de las cuatro clases de felicidades que usted enumera estamos de acuerdo. El punto a discutir es sí la felicidad secundaria, vinculada con la vida práctica, ha de rotularse como un modo o clase de felicidad a añadir a los cuatro mencionados. Otro punto a discutir es si estas que llama usted “clases de felicidad” son grados de la felicidad humana que pueden establecerse en conformidad con la naturaleza del hombre. En cambio, lo que usted llama “grados innumerables de felicidad” que no se pueden catalogar, son, en realidad, grados diversos de realización individual de algunas o de todas las clases de felicidad que hemos mencionado. Espero su opinión. Un cordial saludo.

    Publicado por Mario Caponnetto el 26 de abril de 2008
  • D. Rafael discrepa, y me parece muy bien, pero no entiendo que esté desconcertado, y por eso añado alguna cosa a lo dicho:

    1. En un discurso, se pone al principio la definición, decir “qué se entiende” por lo que se explica, en este caso la felicidad, pues es una palabra que lejos de ser unívoca tiene muchos aspectos, como de ello va la disputatio. En otras disputationes aporto algo sobre otros aspectos del tema. De hecho, me han interesado las tres disputationes porque me hacen pensar en aspectos complementarios. 2. Como se sabe, Santo Tomás se encontró en su tiempo que la teología estaba siendo desprestigiada, no era considerada ciencia, y estudió Aristóteles, que causaba furor en París, y sobre el concepto de ciencia del Filósofo edificó una “catedral” del pensamiento medieval, que aún hoy es la más sólida. Pero no es punto final del pensamiento, el Aquinate estaría abierto al pensamiento de nuestro tiempo, como estuvo abierto al suyo, y así lo hacen Juan Pablo II con el personalismo, Ratzinger, etc. 3. Sobre lo concreto, la felicidad: La verdad no cabe en un esquema, pero es necesario integrar los diversos aspectos, pues si no parece que cada uno tiene su verdad: uno ve la felicidad en la salud, o la técnica, yoga... y en la página de religión los periódicos ponen la verdad religiosa. ¿Verdades? No; como decía Machado: “¿tu verdad? No, la verdad, ven conmigo a buscarla, la tuya guárdatela”: hay una verdad de las cosas, pero yo no la tengo por entero, la comprendemos de modo dinámico. En el tema de la felicidad, dentro del campo espiritual (lo esencial), hay también elementos como las emociones y sentimientos, sobre todo la búsqueda de belleza, la sublimidad de la que hablo en otro sitio y por eso no me refiero a ella ahora. La misma expresión “gaudium de veritate” agustiniana-tomasiana está abierta a toda la verdad, no sólo algo intelectual ni solamente amoroso… la realidad es –como bien se ha dicho- inclasificable, aunque necesitamos la lógica para hablar, y distinguir aspectos, pues –como también decía el Aquinate- donde no hay distinción hay confusión. Hace poco al ir a ver un enfermo terminal pensé en la clasificación que he dicho más arriba, pues esta persona no tenía muchas de esas cosas, como salud física, y me tranquilizó ver que sí, que se podía aplicar: vi en ello una “prueba del nueve”, de que tenía condiciones de credibilidad pues se podía aplicar a casos reales, que conozco, aún en este caso extremo. La condición humana está abierta sobre todo a la gracia divina, y en este misterio sí que ya me pierdo… Supongo que nos cuesta integrar los diferentes aspectos de la realidad sobre la persona sin absolutizar sólo alguno de ellos, pero esto lo dejo para comentarlo en el otro apartado de la disputatio. Gracias por vuestras consideraciones, pues me llevan a darle vueltas a todo esto.

    Publicado por Llucià Pou Sabaté el 26 de abril de 2008
  • Al releer el material que se ha escrito más arriba, se me ocurren algunas otras cosas:

    -sobre el tema de fe y razón: no hay dos verdades, como bien explica D. Mario, aunque cede admitiendo la contradicción en el caso de explicación filosófica-teológica en S. Tomás, como intenta explicar D. Rafael de virtudes adquiridas-infusas, citando (mensaje del 13.4)I II q. 63 a. 4 c. Ahí lo que dice es que "legis divinae, requiritur" y no dice contradicción. El problema no es fácil, pero no supone contradicción entre razón y fe, pues supondría una fe o una razón mal fundamentadas, pues las dos pertenecen a la luz de la inteligencia (según sus modos, natural o sobrenatural). El Aquinate trata del tema de forma completa al hablar -siguiendo a S. Agustín- del "instinto del Espíritu Santo" (tb. "instinctus gratiae" etc.), que puede llegar aparentemente a contradecir la razón. Así lo explicaba Juan de Santo Tomás: "se da un triple motor de los actos humanos, no sólo como causa eficiente, sino también regulador y formal. El primero es el espíritu humano dotado de la luz natural de la razón y de la prudencia. El segundo, el espíritu humano adornado de la luz de la gracia y de la fe, pero acomodado a su modo y alcance limitado y particular de nuestro propio trabajo y habilidad. El tercero es el espíritu humano movido por el instinto del Espíritu Santo, que no sólo mueve y excita eficazmente, sino que dirige por encima de la capacidad del hombre, de su esfuerzo y habilidad natural, pues la moción del Espíritu Santo nos instruye en todo (1 Io 2, 20)". Señala también S. Tomás algunos «casos límite», que muestran cómo las inspiraciones divinas pueden llegar a estar aparentemente en contradicción con lo razonable y que en realidad ponen de manifiesto la soberanía de Dios. Suele contemplar algún caso, como el ofrecimiento que hace Abraham de su hijo Isaac, al explicar que es pecado atentar contra la vida, excepto por mandato divino: a no ser por una orden de esa clase o por inspiración del Espíritu Santo, como suele decirse de Sansón (cf. El doble precepto del amor..., quinto mandamiento). «Si ergo hominem non licet occidere, nisi auctoritate Dei: ergo nec seipsum, nisi vel auctoritate Dei, vel instinctu Spiritus Sancti, sicut dicitur de Samsone...» (De duobus præceptis charitatis, a. 7). Ciertamente el caso de Sansón y de otros que se dan muerte es enigmático, y pone ahí el instinto del Espíritu Santo, distinguiéndolo del error: «tertius error est quia aliqui crediderunt: non occides alium sed licitum est occidere seipsum, quia invenitur hoc de Samsone et etiam Catone et de quibusdam virginibus quæ iniecerunt in flammam, secundum quod recitat Augustinus. Sed respondit Augustinus quod qui se occidit hominem occidit, quia alium non debet occidere nisi auctoritate Dei, nec seipsum nisi a voluntate Dei vel instinctu Spiritus Sancti, et ita excusat Samsonem» (Reportationes ineditæ Leoninæ, n. 1, c. 5, 21). Cita también otro caso, tomándolo de la Glosa: «Unde beatus Marcus non contra præceptum egit sibi digitum amputando, quamvis credibile sit ex instinctu Spiritus Sancti hoc fecisse, sine quo non licet alicui sibi manus iniicere. Qui autem votum emittit de non suscipiendo episcopatum, si per hoc intendat se obligare ad hoc quod nec per obedientiam superioris prælati accipiat, illicite vovet. Si autem intendit ad hoc se obligare ut, quantum est de se, episcopatum non quærat nec suscipiat, nisi necessitate imminente, licitum est votum, quia vovet se facturum id quod hominem facere decet» (S. Th., II-II, q. 185, a. 2 ad 3). Así, también busca ahí la explicación de las aparentes mentiras que trae la Biblia: «videtur quod non omne mendacium sit peccatum. Nullum enim peccatum fit instinctu Spiritus Sancti. Sed Jacob, ut in littera dicitur, propter familiare consilium Spiritus Sancti, quod a matre acceperat, dixit se esse primogenitum, cum non esset, Genes. 27: et ita mentitus est» (In III Sent., d. 38, q. 1, a. 3 arg. 1). «Quidam propter perfectum statum virtutis; et horum facta proponuntur omnibus in exemplum; et de talibus non legitur quod mentiti sint; vel si aliqua dixerunt quæ mendacia videntur, secundum intentionem quam ex instinctu Spiritus Sancti conceperunt, mendacia non sunt» (Quodlibeta I-XI, n. 8, q. 6, a. 4 ad 2). Se pone la dificultad de la profecía de Caifás, y distingue entre el instinto de la verdad y el instinto del diablo (cf. In Io Ev., c. 11, lec. 7).

    -la afirmación de D. Rafael "los filósofos modernos están todavía muy lejos de los griegos" no la entiendo. ¿Descalificaciones? no: lógica y verdad.

    -Quizá si D. Rafael leyera sin tanta emotividad los textos, no caería en el desconcierto y un cierto "bloqueo", y tendría la visión de conjunto que sí veo en D. Mario en las explicaciones, como ésta que resalto: "“clases de felicidad” son grados de la felicidad humana que pueden establecerse en conformidad con la naturaleza del hombre. En cambio, lo que D. Rafael llama “grados innumerables de felicidad” que no se pueden catalogar, son, en realidad, grados diversos de realización individual de algunas o de todas las clases de felicidad que hemos mencionado". Plenamente de acuerdo. Aporto seguidamente dos textos de la lectio del primer mes (de los pocos ahí citados):

    “Sed in praesenti vita, quantum deficimus ab unitate et continuitate talis operationis, tantum deficimus a beatitudinis perfectione. Est tamen aliqua participatio beatitudinis, et tanto maior, quanto operatio potest esse magis continua et una. Et ideo in activa vita, quae circa multa occupatur, est minus de ratione beatitudinis quam in vita contemplativa, quae versatur circa unum, idest circa veritatis contemplationem. Et si aliquando homo actu non operetur huiusmodi operationem, tamen quia in promptu habet eam semper operari; et quia etiam ipsam cessationem, puta somni vel occupationis alicuius naturalis, ad operationem praedictam ordinat; quasi videtur operatio continua esse” (Iª-IIae q. 3 a. 2 co).

    “Respondeo dicendum quod, sicut supra dictum est, duplex est hominis beatitudo, una perfecta, et alia imperfecta. Oportet autem intelligere perfectam beatitudinem, quae attingit ad veram beatitudinis rationem, beatitudinem autem imperfectam, quae non attingit, sed participat quandam particularem beatitudinis similitudinem. Sicut perfecta prudentia invenitur in homine, apud quem est ratio rerum agibilium, imperfecta autem prudentia est in quibusdam animalibus brutis, in quibus sunt quidam particulares instinctus ad quaedam opera similia operibus prudentiae. Perfecta igitur beatitudo in consideratione scientiarum speculativarum essentialiter consistere non potest. Ad cuius evidentiam, considerandum est quod consideratio speculativae scientiae non se extendit ultra virtutem principiorum illius scientiae, quia in principiis scientiae virtualiter tota scientia continetur. Prima autem principia scientiarum speculativarum sunt per sensum accepta; ut patet per philosophum in principio Metaphys., et in fine Poster. Unde tota consideratio scientiarum speculativarum non potest ultra extendi quam sensibilium cognitio ducere potest. In cognitione autem sensibilium non potest consistere ultima hominis beatitudo, quae est ultima eius perfectio. Non enim aliquid perficitur ab aliquo inferiori, nisi secundum quod in inferiori est aliqua participatio superioris. Manifestum est autem quod forma lapidis, vel cuiuslibet rei sensibilis, est inferior homine. Unde per formam lapidis non perficitur intellectus inquantum est talis forma, sed inquantum in ea participatur aliqua similitudo alicuius quod est supra intellectum humanum, scilicet lumen intelligibile, vel aliquid huiusmodi” (Iª-IIae q. 3 a. 6 co).

    Publicado por Llucià Pou Sabaté el 27 de abril de 2008
  • Acabo de ver las dos responsiones de D. Llucià Pou. Porcuraré contestarle antes de la Determinatiio.

    Estimado D. Mario. Su último mensaje me ha dejado realmente preocupado. Estoy de acuerdo con usted, y eso es muy raro. ¿No cree que esta situación tan anómala podría perjudicar nuestra salud?

    Lo que me ha hecho pensar ha sido su pregunta, si en la felicidad incoada in via se puede distinguir entre felicidad especulativa y la felicidad secundaria de la vida activa, en cuanto que dispone para la felicidad especulativa. Para responder a esta pregunta hay que tener en cuenta que las tres clases de felicidad son un método pedagógico para explicar en qué consiste la única felicidad. Tanto para el filósofo como para el teólogo, solo existe una felicidad, la contemplativa, que consiste en el estudio de las últimas causas. Y aquí se diferencian el filósofo del teólogo. El filósofo, ante la dificultad de alcanzar la vida contemplativa, "concede" que hay una cierta felicidad en la vida activa, que está al alcance de un mayor número de hombres. El teólogo, en cambio, sabe que Dios ha sustituido el estudio por la fe en Dios Uno y Trino, y en su enviado Jesucristo. De esta manera, por la fe, la felicidad está al alcance de todos. Ya no es necesario llamar felicidad a lo que no lo es, la vida activa, por ejemplo.

    En esta vida decimos que somos felices por la esperanza en la felicidad futura, la especulativa. Lo que llamamos felicidad voluptuosa es contraria a la futura. Se sale de ella por lo que llamamos vida activa (el trabajo), que es una disposición a la futura (Beatitudo vero activae vitae dispositiva est ad beatitudinem futuram. I II q. 69 a. 3 c.). Pertenece al mismo orden que la felicidad futura. En la vida activa se adquiere la esperanza en la felicidad futura. Pues la esperanza surge de ver que nos movemos convenientemente hacia nuestro fin y nos aproximamos a él (Spes autem de fine consequendo insurgit ex hoc quod aliquis convenienter movetur ad finem, et appropinquat ad ipsum, quod quidem fit per aliquam actionem. I II q. 69 a. 1 c.).

    Mi opinión, entonces, es que la felicidad humana que se da en la vida activa queda subsumida por la esperanza incoada en llegar a poseer la especulativa. Las acciones de la vida activa nos van aproximando a la felicidad futura. Y lo hacen primero con intermitencias, y cuando se adquiere el hábito de conversar con Dios Uno y Trino y su enviado Jesucristo, se hace de modo permanente. La felicidad humana desaparece, y lo que existe es la disposición a la felicidad definitiva, que se ejercita en las obras de la caridad. La felicidad incoada in via, desde mi punto de vista, no admite más subdivisiones. Es donde empieza la felicidad especulativa.

    Por último, la diferencia entre la felicidad humana y la sobrenatural es que aquella la percibimos cuando nos encontramos bien. La sobrenatural, en cambio, solo cuando Dios nos la hace ver, o por un razonamiento lógico. Pues, como bien dice la Escritura, a Dios lo rodean nubes y tinieblas (Ps. 96, 2). Por eso, cuando nos vemos en tinieblas, sabemos por lógica que detrás está Dios. O, cuando estamos en la cruz, sabemos, también por lógica, que allí mismo está Dios. No se puede servir a dos señores, o buscamos la felicidad, o nos contentamos con felicidades diminutas.

    Un cordial saludo.

    Publicado por Rafael Quijano Álvarez el 27 de abril de 2008
  • Estimado D. Lluciá. He leído sus largas disquisiciones y, efectivamente, me da tiempo de contestarle antes de la Determinatio.

    Sólo tengo que decirle que los discursos se empiezan por la definición, como usted dice. Pero en ella se describe lo que es la cosa, no lo que uno entiende por la cosa. Por ejemplo, cuando usted define la felicidad como equilibrio-armonía, manifiesta que esto es lo que usted entiende. Pero que no sabe lo que es. Es decir, que está hablando de lo que ignora. Esto es lo que me desconcierta.

    Por otra parte, tengo que agradecerle sus juveniles consejos. Tiene usted un ímpetu sublime.

    Un cordial saludo.

    Publicado por Rafael Quijano Álvarez el 28 de abril de 2008
  • D. Rafael: intenté aportar algo al tema de la disputatio (grados de felicidad), en mis notas, en un lenguaje de diálogo con la cultura actual (que tomara esa búsqueda de felicidad en las perspectivas diversas que tiene la persona: médica, filosófica, teológica, etc.). Ahí cité un escrito mío publicado en el diario “La Vanguardia”, donde por brevedad no puse las últimas palabras, que ahora pongo aquí para completar la idea: “Este sentido espiritual de la persona tiene 3 aspectos: conocer la verdad (la búsqueda de la verdadera sabiduría, es, según Boecio, la verdadera medicina del alma); amar y sentirse amado (lo esencial de la persona); y tener esperanza incluso más allá de la muerte, es decir motivos para luchar en los proyectos, que es el máximo ejercicio de la libertad: el compromiso (para un cristiano, quedan ahí reflejadas la fe, la caridad y la esperanza). Con ello tenemos la armonía de las tres funciones espirituales –trascendentales- de la persona, que son inteligencia, amor y libertad. Interactúan en una realización personal en la comunión, pues la persona no se realiza sola sino como don a los demás, y es importante saber relacionarse, la empatía y formas de carácter sociable: buscando la felicidad de los demás encontramos la propia”.

    Ahora escoge usted unas palabras mías como definición de felicidad. Prefiero definir yo mismo mi pensamiento, y con mucho gusto pongo unas líneas sobre la esencia de la felicidad, que aunque lo veo como un tema distinto al de la disputatio, es siempre apasionante: comparto lo que se ha dicho en la lectio, que está muy bien. Pienso que ha de ser la perfección de todas las potencialidades de la persona, la persona en plenitud; se ha dicho que es la contemplación de la verdad pero no puede ser algo meramente intelectual, sino la contemplación de Dios, por eso me gusta más la expresión “gaudium de veritate” (que me recuerda el “gaudium cum pace”, entendiendo por pax tranquilidad en el orden, es decir perfección), beatitudo, santidad: el hombre es “capax Dei”, y la antropología sobrenatural nos habla de cómo Dios lo lleva a la plenitud si nos dejamos –la vida de la gracia-, sólo por el Hijo podemos ser dioses, en participación de la filiación de Cristo, es decir en la conformación con Jesús, por la gracia de su Humanidad Santísima. Y en este sentido sólo una Verdad que al mismo tiempo sea Amor perfecto y libertad completa puede llenar nuestro deseo (y la posibilidad de poner ahí la belleza).

    El “instinctus Spiritus Sancti” nos mueve a obrar, y se puede reducir el dinamismo del obrar cristiano como hijos de Dios a la perfección de la docilidad al Espíritu en la fe, esperanza y caridad: fe que comprende la consideración de la Verdad de la filiación divina que recordamos en el Padrenuestro, esperanza que es el máximo ejercicio de la libertad en el ejercicio de las bienaventuranzas o sermón de la montaña en un compromiso y testimonio que está por encima de la vida natural, caridad que se alimenta de la Vida de Jesús en la Eucaristía y los demás sacramentos: en definitiva, el seguimiento de Jesús Camino (bienaventuranzas, su retrato), Verdad (recogida en el Padrenuestro, y que hemos de considerar cada día) y Vida (Eucaristía). Este es mi pensamiento, hoy, abierto a ir mejorando... Saludos cordiales, Llucià

    Publicado por Llucià Pou Sabaté el 30 de abril de 2008

Nova responsio

La disputatio de este número está cerrada.
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