De los grados de felicidad

Época II Año 6 Número 2 Marzo - Abril 2008
Disputatio

La disputa (disputatio) del maestro induce al intelecto a la verdad a la que tiende (Tomás de Aquino, Quodlibet IV q.9, a.3 in c).

La disputatio es la segunda parte del Studium bimestral de e-aquinas. Tiene lugar durante el segundo mes del Studium. Consiste en la discusión en torno a cuestiones relacionadas con el tema de estudio. Primero, se plantean cuestiones (quaestio) y luego se les da respuesta (responsio).

Finalmente, el moderador concluye (determinatio) el tema estudiado.

Quaestiones

  • Afirma Santo Tomás que “con el nombre de felicidad (beatitudo) no se entiende otra cosa que el bien perfecto de una naturaleza intelectual” ¿puede haber, entonces, felicidad sin contemplación?

    (Publicado por Miguel Ángel Belmonte el 1 de Abril de 2008)

    Responsiones (16)

  • Dice Nietzsche: “¿Qué es bueno? Todo lo que eleva el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo del hombre. ¿Qué es malo? Todo lo que procede de la debilidad. ¿Qué es la felicidad? El sentimiento de que el poder crece”. ¿Puede consistir la felicidad en un sentimiento tal?

    (Publicado por Miguel Ángel Belmonte el 1 de Abril de 2008)

    Responsiones (13)

  • El poeta catalán Joan Maragall, dice en su “Canto Espiritual” (1911): “si el mundo es ya tan hermoso, Señor, … / ¿qué más nos podéis dar en otra vida? / … querría / detener muchos momentos de cada día / para hacerlos eternos dentro de mi corazón”



    ¿puede pregustarse la felicidad eterna en esta vida temporal hasta el punto de volverse innecesaria la misma felicidad eterna?

    (Publicado por Miguel Ángel Belmonte el 14 de Abril de 2008)

    Responsiones (4)

  • Determinatio

    DETERMINATIO

    En el Diccionario de la Real Academia Española encontramos la locución adverbial de grado en grado con el significado de por partes, sucesivamente. Vamos, pues, de grado en grado a tratar de los grados de la felicidad. En la primera acepción del término grado el Diccionario recoge este significado: “Cada uno de los diversos estados, valores o calidades que, en relación de menor a mayor, puede tener algo”. Sin necesidad de recorrer las dieciséis acepciones restantes, esta primera da suficiente margen para dar por buena la primera parte del enunciado propuesto para el Studium de los meses de marzo y abril: De los grados de la felicidad. Respecto a su segunda parte, dice Josef Pieper que “precisamente en eso, en que un nombre ‘felicidad’ tantas cosas distintas denomine la mayor abundancia de la vida divina y la participación del hombre en ella y también la pequeña satisfacción de un deseo fugaz- precisamente en esa siempre desconcertante sinonimia permanece un fundamental estado de cosas no olvidado y apreciable. Yo me atrevo a afirmar que ese estado de cosas refleja la estructura de la Creación” (El ocio y la vida intelectual, p. 235). Partíamos, pues, al comienzo del Studium del presupuesto de que el término felicidad es un término suficientemente complejo como para que valiera la pena analizarlo detenidamente a fin de resaltar sus diversos “estados, valores o calidades” con la intención además de delimitar con precisión las fronteras entre la falsa y la auténtica felicidad, la imperfecta y la perfecta, la humana y la sobrenatural, etc.

    En la cuestión 26 de la primera parte de la Summa Theologiae, justo antes de abordar las cuestiones trinitarias, el Aquinate despliega cuatro cuestiones en torno a la felicidad o bienaventuranza, beatitudo, divina. Es precisamente en el cuerpo del primero de tales artículos donde encontramos una definición de beatitudo donde confluyen las nociones acerca de la inteligencia, la voluntad, la libertad y el poder divinos desarrolladas en cuestiones anteriores. Respondiendo a la pregunta de si conviene a Dios la bienaventuranza, aclara Santo Tomás que “con el nombre de bienaventuranza no se entiende sino el bien perfecto de la naturaleza intelectual, a quien le corresponde conocer su suficiencia en el bien que posee, y a quien le compete también que le sobrevenga lo bueno o lo malo y ser señora de sus operaciones” (“respondeo dicendum quod beatitudo maxime Deo competit. Nihil enim aliud sub nomine beatitudinis intelligitur, nisi bonum perfectum intellectualis naturae; cuius est suam sufficientiam cognoscere in bono quod habet; et cui competit ut ei contingat aliquid vel bene vel male, et sit suarum operationum domina. Utrumque autem istorum excellentissime Deo convenit, scilicet perfectum esse, et intelligentem. Unde beatitudo maxime convenit Deo”, S. Th., I, 26, 1, c).

    Lo perfecto en una naturaleza intelectual sólo puede consistir en una operación intelectual. En el acto de entender consiste consistirá la felicidad de cualquier naturaleza intelectual. Esto se aplica máximamente a Dios, en quien su ser y su entender no son cosas diferentes. Pero también se aplica a los santos, quienes son felices por asimilación a la felicidad de Dios. En este sentido Santo Tomás afirma que, significando bienaventuranza (beatitudo) el bien perfecto de la naturaleza intelectual y teniendo en cuenta que lo más perfecto en cualquier naturaleza intelectual es la operación intelectual, “hay que atribuir pues a Dios una bienaventuranza según la inteligencia, así como también a los otros bienaventurados, los cuales así denominamos por asimilación con la bienaventuranza de Aquel” (“attribuenda ergo est Deo beatitudo secundum intellectum, sicut et aliis beatis, qui per assimilationem ad beatitudinem ipsius, beati dicuntur” S. Th., I, 26, 2, c).

    Y para acabar la cuestión 26 sobre la bienaventuranza divina, cuestión con la que quedarán ya suficientemente tratados todos los temas relativos a la unidad de la esencia divina, y bastante antes de empezar a tratar de la bienaventuranza humana en las primeras cuestiones de la Prima Secundae, ya deja bien asentada Santo Tomás la conexión entre una y otra bienaventuranzas. Como firme enemigo de maniqueísmos, dualismos y pesimismos de cualquier tipo, Santo Tomás nos sorprende con lo que podríamos considerar una enumeración en cascada de los grados de la felicidad, desde la verdadera y perfecta hasta las imperfectas y falsas, pero descubriendo en estas últimas lo que hay de valioso hasta el punto de atribuirlo en grado máximo a la misma bienaventuranza divina: “todo lo que es deseable en cualquier bienaventuranza, verdadera o falsa, preexiste totalmente y de forma sublime en la bienaventuranza divina. Con respecto a la felicidad contemplativa, tiene una contemplación continua y certísima de sí y de todas las demás cosas. Con respecto a la activa, el gobierno del universo entero. Con respecto a la felicidad terrena, consistente, tal como dice Boecio en III De Consol., en placeres, riquezas, dignidad y fama; respecto al placer, tiene el gozo de sí y de todas las demás cosas; respecto a las riquezas, tiene toda la abundancia que las riquezas pueden dar; respecto al poder, es omnipotente; respecto a la dignidad, la dirección de todas las cosas; y respecto a la fama, la admiración de toda criatura.” (Respondeo dicendum quod quidquid est desiderabile in quaecumque beatitudine, vel vera vel falsa, totum eminentius in divina beatitudine praeexistit. De contemplativa enim felicitate, habet continuam et certissimam contemplationem sui et omnium aliorum: de activa vero, gubernationem totius universi. De terrena vero felicitate, quae consistit in voluptate, divitiis, potestate, dignitate et fama, secundum Boetium, in III de Consol., habet gaudium de se et omnibus aliis, pro delectatione: pro divitiis, habet omnimodam sufficientiam, quam divitiae promittunt: pro potestate, omnipotentiam: pro dignitate, omnium regimen: pro fama vero, admirationem totius creaturae” S. Th., I, 26, 4, c).

    En Boecio se presenta el listado de felicidades terrenales con estas palabras: “tienes pues prácticamente todo tipo de felicidad humana ante tu mirada: recursos, honores, poder, fama, placeres” (“habes igitur ante oculos propositam fere formam felicitatis humanae: opes, honores, potentiam, gloriam, uoluptates” libro III, § 59). Santo Tomás podría haber optado por desestimar estas felicidades terrenas por incompletas, falsas o las dos cosas a la vez. Sin embargo, en un ejemplo de síntesis admirable, se atrevió a elevar todo lo que de digno hubiera en aquellas felicidades parciales hasta atribuirlo adecuadamente a Dios. Podía haberse limitado a expulsar de la auténtica bienaventuranza todas aquellas pseudo-felicidades. Podía haberse limitado a establecer una barrera entre la beatitudo divina (incluyendo la beatitudo de los beati, de los que gozan de la visión beatífica) por un lado y la felicitas o las felicitates de la multitud de hombres de corta mirada por otro lado. Pero ya se sabe que todo lo que es, en la misma medida en que es, es bueno. Así que Santo Tomás, en primer lugar, no pone objeción alguna al hábito de usar beatitudo y felicitas como sinónimos. Y, en segundo lugar, consigue engarzar de tal manera la consideración de la bienaventuranza perfecta con la consideración de las felicidades imperfectas que, como dice Pieper en el texto citado al principio, “refleja la estructura de la Creación”. Al fin y al cabo, la bienaventuranza como objeto de estudio en la Suma Teológica le sirve a Santo Tomás de tema bisagra para conectar “lo divino y lo humano” puesto que así como la última cuestión de las dedicadas a la unidad de la esencia divina trata acerca de ella, así también las primeras cuestiones de la Prima Secundae tratan acerca de la bienaventuranza humana.

    (Publicado por Miguel Ángel Belmonte el 30 de Abril de 2008)

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