“La verdad o lo verdadero pueden definirse de tres modos.
PRIMERO, según lo que precede a la razón de verdad y en lo que lo verdadero se funda; y así define Agustín en el Libro de los Soliloquios que «verdadero es lo que es»; y Avicena en el Libro XI de su Metafísica: «la verad de cualquier cosa es una propiedad de su ser que le ha sido establecido»; y algunos lo definen así: «verdadero es la indivisón del ser y lo que es».
SEGUNDO, según aquello en lo que se cumple formalmente la razón de lo verdadero; y así dice Isaac que «la verdad es la adecuación de la cosa y el intelecto»; y Anselmo, en el libro Sobre la verdad, que «la verdad es la rectitud sólo perceptible por la mente». En efecto, esta rectitud se dice según una cierta adecuación; y el Filósofo, en el IV Libro de la Metafísica, afirma que «definimos lo verdadero cuando decimos el ser que es o el no ser que no es».
TERCERO, lo verdadero se define según el efecto consecuente; y así dice Hilario que «lo verdadero es el ser declarativo y manifestativo»; y Agustín, en el libro Sobre la verdadera religión: «la verdad es aquello por lo que se muestra lo que es»; y en el mismo libro: «la verdad es aquello según lo cual juzgamos de las cosas inferiores»”.
Estimados amigos:
Dando por supuesta la benévola venia del Señor Moderador, me animo a iniciar la lectio de este bimestre proponiendo el texto que arriba se trascribe.
Este texto resume y concluye toda la exposición del corpus del primer artículo de la primera cuestión de De Veritate. La pregunta que formula el Santo Doctor es esta: ¿Qué es la verdad? ¿Es la verdad en todo lo mismo que el ente?
La respuesta apunta a una triple distinción.
En primer lugar, la verdad es un trascendental del ente; por eso todo ente es verdadero por lo mismo que es ente: “Así como el bien se convierte con el ente, también la verdad”, leemos en Summa Theologiae I, q 16, a 3, corpus. En segundo término, la verdad y lo verdadero se dicen en relación con el alma que conoce. Pero en el alma hay una potencia apetitiva y otra cognoscitiva; y así como la conveniencia del ente con el apetito se dice bien, de igual modo la conveniencia del ente con el intelecto se dice verdad. Tal conveniencia o adecuación no es, propiamente, conocimiento sino causa del conocimiento. Por eso, en tercer lugar, a esta conformidad sigue, a modo de efecto, el conocimiento de la cosa: “Sic ergo entitas rei praecedit rationem veritatis, sed cognitio est quidam veritatis effectus” [“Así, pues, la entidad de la cosa precede a la razón de verdad, pero el concimiento es un cierto efecto de la verdad” (De veritate I, 1, corpus)].
Resulta clara, pues, la articulación que hace Santo Tomás entre la verdad ontológica, la relación del alma a la verdad de las cosas y el conocimiento como su efecto.
Detengámonos, sin embargo, en un aspecto muy importante: cuando Santo Tomás compara el bien y la verdad lo hace refiriéndose al alma que apetece y conoce; y agrega: “hoc autem est anima, quae quodammodo est omnia, ut dicitur in III de anima” [“esta es el alma, la que es en cierto modo todas las cosas, como se dice en libro III Sobre el alma” (ibidem)]. Lo mismo afirma en el pasaje de la Summa que hemos citado: “Unumquodque autem inquantum habet de esse, intantum est cognoscibile. Et propter hoc dicitur in III de anima, quod anima est quodammodo omnia secundum sensum et intellectum” [“Ahora bien, cada cosa es cognoscible en la misma medida en que tiene ser. Y por esto se dice en el libro III de De anima, que el alma es en cierto modo todas las cosas según el sentido y el intelecto” (S Th I, q 16, a 3, corpus)]. ¿Qué sentido tiene interponer la cita de Aristóteles, “anima est quodammodo omnia” en esta argumentación en la que el Santo Doctor se propone demostrar la convertibilidad del bien y de la verdad con el ente? ¿Qué sentido tiene la conexión de estas proposiciones, de un lado la verdad del ente y, del otro, que el alma, por el conocimiento sensible o intelectual, es en cierto modo todas las cosas?
Josef Pieper, en su obra “El descubrimiento de la realidad” (Madrid, 1974) ha llamado la atención sobre el hecho de esta conexión que califica, con justicia, como absolutamente original de Santo Tomás. Lo que Tomás busca, en los pasajes que hemos citado, es poner de manifiesto la totalidad de esa economía gracias a la cual el mundo se ordena al hombre y el hombre al mundo y el ser es cognoscible y el hombre es cognoscente. Las cosas son cognoscibles en tanto son verdaderas; pero en el caso del hombre ellas no permanecen simplemente reflejadas como solas especies en el alma, como representaciones formales. Por el contrario, se dirigen a una interioridad en la que son recibidas pero en la que, al mismo tiempo, producen una iluminación tal que en esa luz el alma se reconoce a sí misma como espíritu, esto es, toca (aún cuando no logre entenderlo plenamente) el núcleo más profundo de su ser. Y, todavía, añade Santo Tomás algo más fundante. En la misma Suma de Teología encontramos otro paso igualmente fascinante: “Anima hominis sit omnia quodammodo secundum sensum et intellectum, in quo quodammodo cognitionem habentia ad Dei similitudinem appropinquant, in quo omnia praeexistunt, sicut Dionysius dicit” [El alma del hombre es en cierto modo todas las cosas según el sentido y el intelecto; en lo que los seres dotados de conocimiento se aproximan a la semejanza de Dios, en quien todas las cosas preexisten, como dice Dionisio (S Th I, q 80, a 1, corpus)].
Ahora el alma no sólo se reconoce en su esencia como espíritu sino que, además, le es dado ver la ultima ratio, el fundamento último de su ser: la dichosa proximidad a la Divina Semejanza, su eminente dignidad de creatura que, hecha a imagen y semejanza de Dios, ocupa un lugar único en un Universo que es, también, una imagen de Dios. Es el lugar que la propia revelación ya nos ha comunicado desde el principio, en el Salmo 8, 5-7: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él; el ser humano para darle poder? Lo hiciste apenas inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad”.
El conocimiento, como efecto de la verdad de las cosas y de su adecuación con el intelecto, nos conduce en la doctrina del Angélico del misterio del ser al corazón mismo de la antropología. Sería bueno cotejar esta doctrina de Pieper con la enseñanza del maestro Canals Vidal en cuya querida memoria ofrecemos estas disputas.
Saludos cordiales.
Mario
No sólo cuenta el Dr. Caponnetto con la venia de este Moderador, sino con su agradecimiento por iniciar la lectio así como con su gozo al verlo de nuevo en este foro. Estaba acabando de preparar el texto completo precisamente de Q.D. De veritate, q.1 a.1, cuando he visto la aportación del Dr. Caponnetto; he decidido, no obstante, publicar el texto completo del artículo según la traducción de fray Gabriel Ferrer (Tomás de Aquino, Opúsculos y cuestiones selectas I, Filosofía 1, BAC, Madrid, 2001), como complemento del introducido por el Dr. Caponnetto. Agradezco la colaboración de la Sra. Leticia Canals en la preparación del texto. Un saludo cordial a todos, animando a profundizar en el concepto de verdad.
Estimados amigos: Al filo del escrito del Dr. Caponnetto, de sugerente magisterio como suele, y como un posible modesto complemento del mismo, me atrevo a mi propio commentarium, ceñido a los tres puntos de Santo Tomás que propone. Al ser la verdad una propiedad del ente que se identifica con él, y no siendo un género que tenga diferencias, no puede definirse. Por tanto Santo Tomás nos ofrece mediante descripción tres notas de la verdad para facilitar el acceso a su naturaleza; el mismo Doctor nos advierte que “naturaleza se llama a todo lo que puede captarse de alguna manera por el intelecto” en el cap. 1 del De ente et essentia. Por tanto Santo Tomás usa el término definición en sentido lato. La primera definición de verdad y verdadero es la del ser trascendental, que funda la verdad formal a que llega el intelecto cuando conoce las esencias (I, 16, 2), y se distingue de ella. La verdad del ser trascendental es común a todos los seres, se advierte en las cosas, e implica la conveniencia de cualquier cosa con el intelecto, es objeto y medida de la verdad formal que funda, porque “las cosas son tanto más cognoscibles cuanto más tienen de ser” (I, 16,3). El ser trascendental se dice verdadero menos propiamente que el formal, y como causalmente, porque “el conocimiento es un cierto efecto de la verdad”, como cita el maestro Caponnetto. Por la verdad del ser se da la verdad del conocer. Dice Santo Tomás: “Puesto que lo verdadero reside en el entendimiento en cuanto éste se conforma con el objeto conocido, es necesario que la razón de verdadero se derive del entendimiento al objeto que conoce, para así llamar también verdadera a la cosa conocida por el orden que dice al entendimiento... por tanto la verdad está principalmente en el entendimiento y secundariamente en las cosas en cuanto se comparan con el entendimiento como con su principio” (I, 6,1). A esta verdad se la podría llamar verdad óntica. La verdad formal, que corresponde a la segunda definición, implica por su parte la conveniencia con tal intelecto determinado, cuando está adecuado a una cosa como es en si, afirmando o negando ni más ni menos de lo que le conviene cuando alcanza un ser determinado, para lo que necesita recibir las imágenes que iluminará el entendimiento agente, imágenes que dependen del ser externo que afecta a los sentidos, de la “sanidad” de estos sentidos en su función, en especial la capacidad de la imaginativa y el adiestramiento de la cogitativa, y la capacidad de la potencia intelectiva que juzga sobre la verdad y hace los inteligibles, es decir el entendimiento agente (De sp. Creaturis, 10 ad 8), cosas distintas en cada ser cognoscente, de acuerdo con lo que dice Cayetano en el III De anima, cap. 5, que “Sentir y entender no es otra cosa que cierto modo de ser”, y en consecuencia cierto modo de obrar. Adecuación significa acercamiento, que significa la comprensión de la imago impresa que puede alcanzar, en el conjunto de las notas, mayor o menor conformidad (ajuste a la forma) con el ser extramental, indiferente como tal a que sea conocido o no, pero que puede “tener más de ser”, y ser más cognoscible, pero en cuanto a sí, pero no en cuanto a nosotros, como Dios. La “creación” de la especie impresa implica la unión de alguna manera del la cosa y el intelecto, y ya se da la adecuación, aunque no se da todavía “lo entendido”. Lo consiguiente es “hacerse lo conocido” por el entendimiento posible, que produce en acto la imagen expresa. Esta verdad formal, que se podría llamar “ontológica”, subsume y es matriz de la verdad “lógica” a que se refiere la tercera definición, como se advierte en el texto, con la cita de Aristóteles en el SEGUNDO, y las de San Agustín en el TERCERO: “Definimos lo verdadero cuando decimos el ser que es y el ser que no es” y “la verdad es aquello que juzgamos...” Así pues, la verdad propiamente hablando no se encuentra sino en el juicio, con sus dos términos y sus suposiciones: el sujeto supone por la cosa, y el predicado supone lo que se conoce de esta cosa, de modo que la relación entre sujeto y predicado expresa la comparación de la cosa y “lo entendido”. Un cordial saludo Hug Banyeres