Así como el conjunto ordenado de las virtudes se compara con un edificio por la semejanza que guarda con él, así también lo que es primero en la adquisición de las virtudes se compara con los cimientos, que son lo primero que se echa en un edificio. Ahora bien: las verdaderas virtudes son infundidas por Dios, por lo cual puede considerarse de dos modos la razón de principio en las virtudes. En primer lugar, como algo que aparta los obstáculos, y en ese sentido la humildad ocupa el lugar principal en cuanto que elimina la soberbia, a la cual resiste Dios, y hace al hombre obediente y siempre sumiso para recibir el influjo de la gracia divina eliminando la hinchazón de la soberbia, pues en Jds 4,6 se dice que Dios resiste a los soberbios y da la gracia a los humildes. En este sentido se dice que la humildad es el cimiento del edificio espiritual.
Puede decirse que, en las virtudes, algo es el fundamento directamente de otro modo, a saber: por el acercamiento a Dios. Ahora bien: el primer acercamiento a Dios se produce por la fe, conforme a lo que se dice en Heb 11,6: Es preciso que quien se acerca a Dios crea. Bajo este aspecto, se considera cimiento a la fe de un modo más excelente que la humildad.
En este profundo texto, el Aquinate comienza con la que considero que es la mejor definición del carácter moral: "ordinata virtutum congregatio" (y, generalizándola, el "conjuto ordenado de hábitos operativos"). Un hombre se distingue de otro principalmente por sus disposiciones (y actos) morales. La concepción tomasiana de las virtudes y los vicios no es unívoca y chata, sino que entre los hábitos hay un orden, que es lo que da "forma" al carácter (causa formal). Y ese orden intrínseco entre los hábitos a su vez depende del orden del conjunto de ellos a algo a lo que se aspira como fin último (causa final). En el caso del carácter virtuoso (en sentido pleno y sobrenatural), el hábito que estructura a los demás es la caridad (que en su operación sigue a la fe, de la que habla el texto). La caridad hace al alma amiga de Dios y la orienta a Él como fin último. Y, como dice santo Tomás (me ahorro aquí la cita, pero si fuera necesario, la pondré), lo que se quiere como fin último, se quiere sin medida. Sólo lo que se quiere como medio para el fin último se apetece con medida, es decir, se lo apetece "en la medida en que" o conduce a ese fin o, al menos, no lo entorpece definitivamente. Por eso, el mandamiento de la caridad se da sin medida. No hay que controlarse o medirse en el amor a Dios (y al prójimo en orden a Dios). La razón del orden de las otras virtudes se toma desde la caridad "forma vitutum". De modo semejante, cuando alguien se propone como fin último algo que no es Dios, también lo quiere sin medida. Como el avaro quiere ser rico sin medida, y el lujurioso, quiere sexo sin medida. Pero como estos son bienes finitos, el movimiento de deseo no tiene término, porque en ninguna criatura se encuentra la felicidad última. Por eso, la perfección que intensivamente se encuentra en Dios, se la busca extensívamente en las criaturas. Así, el avaro nunca sacia su afán de riquezas, y el lujurioso parece no cansarse de las novedades en la búsqueda de placer. Digo "parece" porque este proceso lleva por su fuerza al hastío. El soberbio apetece antes que nada la propia excelencia, y en orden a ella se agrupan sus fuerzas anímicas (proceso descripto psicológicamente por Alfred Adler). La soberbia es un vicio muy insidioso, porque está muy relacionada con un apetito muy radical como es el de llegar a ser plenos (por eso está por encima de los vicios capitales, según san Gregorio). Los autores espirituales de todos los tiempos señalan que es el último vicio es ser vencido, porque se oculta incluso detrás de la apariencia de una gran virtud. Pero no es necesario aspirar a grandes cosas exteriores para ser soberbio. El acto principal de la soberbia es interior, y consiste en no aceptar nada por encima de sí mismo. El soberbio puede manifestarse (y ser) pusilánime en muchas cosas. Pero respecto de Dios, pronuncia interiormente el "non serviam". La cura directa de la soberbia es la humildad, cimiento del edificio espiritual, que permite el verdadero conocimiento de sí y del propio lugar en la estructura de la realidad y de las relaciones humanas. Pero la fuerza purificadora última es la caridad, que atrayendo al alma hacia el verdadero fin último, que sacia plenamente al hombre, pone las potencias y hábitos en su lugar, produciendo la paz interior de la que tanto carece nuestra sociedad contemporánea, levantada sobre la hybris y sobre el proyecto de una paz puramente terrena sin referencia alguna a Dios.
Me encantó el comentario de Martín con la distinción entre la apetencia con y sin medida. Lo que no entendí bien es cuando dice: "La concepción tomasiana de las virtudes y los vicios no es unívoca y chata, sino que entre los hábitos hay un orden." Me confunde el adjetivo "unívoco". Pregunto, sin ánimo de disputa, sino más bien de ignorancia: ¿lo unívoco se opone al orden?
Encuentro contradicción entre el texto inicial que dice que la soberbia "no es el más grave de los pecados" y el buen comentario atribuido a San Gregorio que dice que que la considera la reina y madre de todos los vicios. En el uno de los comentarios se dice que el cimiento principal de todas las virtudes es la humildad. Y también se cita cómo el Amor infinito del señor y creador de todo lo que existe, "rechaza a los soberbios". Yo intuyo, por esta cita bíblica, que sí es la soberbia el cimiento de todos los demás pecados capitales. Y si no que, por favor, uno de los buenos doctores nos diga cual es entonces "el más grave de los pecados" ¿Acaso lo será el Pecado contra el Espíritu Santo de que habla Nuestro Señor en los evangelios? Pero, no querer arrepentirse, ¿no es acaso la cima de todas las soberbias posibles? O bien, ese es el pecado más grave porque rechaza el arrepentimiento, independientemente de que sea la soberbia u otra de las pasiones la que lo empuja. Perdón por preguntar tanto. Un cordial saludo a todos: Javier Prieto Aceves, Tijuana, Baja California, México, profesor de Teoría General del Derecho y de "Acontecer Humano" UIA, Tijuana
Estimados amigos: Es posible que me haya expresado impropiamente. Sin duda, no tengo el don que Cayetano atribuía a santo Tomás de hablar “semper formalissime”. Por otro lado, escribí bastante a vuelo de pluma (o de teclado). Cuando dije que la concepción de las virtudes de santo Tomás no es unívoca y chata, pretendía responder a algunas críticas que se han hecho a la moral clásica de las virtudes. Según algunos autores el problema de esta concepción es que trata de las virtudes separadamente, perdiendo de vista que el carácter moral es un todo y que, por lo tanto, las disposiciones tomadas separadamente no se pueden juzgar ni de virtuosas ni de viciosas. Así, por ejemplo, Erich Fromm: “Todas las virtudes y los vicios de que se ocupa la ética tradicional tienen que permanecer ambiguos porque frecuentemente con una misma palabra designan actitudes humanas diferentes y en parte contradictorias; únicamente pierden su ambigüedad si se las comprende en relación con la estructura del carácter de la persona a la cual se atribuye una virtud o un vicio.[...] Esta consideración es sobradamente importante para la ética: es insuficiente y erróneo ocuparse de virtudes y vicios como rasgos aislados. El tema principal de la ética es el carácter, y solamente en conexión con la estructura del carácter como un todo pueden establecerse juicios de valor acerca de rasgos o acciones separados. El carácter virtuoso o vicioso, más que virtudes o vicios aislados, son el verdadero objeto de la investigación ética.” (Ética y psicoanálisis, FCE, México1985, p. 46). Esta crítica no es acertada por varios motivos (respecto de los actos, y no de los hábitos, elimina la importancia del “objeto”), pero fundamentalmente porque en la moral clásica había un orden entre las virtudes. Algunas eran como “forma” de las otras. La caridad es forma de todas las virtudes, pues sin ella pierden la fuerza que las hace conducentes a la vida eterna. Al decir que la concepción de santo Tomás no es unívoca no era mi intención usar este término en su sentido lógico, aunque, si es cierto que la univocidad no se opone al orden, también es cierto que el concepto unívoco no se predica de las realidades contenidas en el mismo con un orden de anterioridad y posterioridad, que sí se da en la analogía. Mi intención era sólo decir que hay una anterioridad y posterioridad en las virtudes. La caridad y la prudencia, son más centrales que la modestia en el vestir o la eutrapelia. En fin, espero no haberme enrollado demasiado. Sobre el tema de si la soberbia es o no el más grave de los pecados, me parece que se pueden decir muchas cosas. Primero, los pecados capitales no son tales por ser los más graves, sino por tener la virtualidad de producir otros pecados, que en sí mismos pueden ser más graves. Por ejemplo, la acedia lleva al rencor “a los prelados” y al odio del bien mismo. Por lujuria o envidia se puede llegar al homicidio. Que la soberbia tenga mayor capitalidad que los demás vicios capitales implica que los puede producir todos, pero no necesariamente que sea el más grave. Además, de que pueda producirlos todos, no se sigue que siempre lo haga. Como explica santo Tomás, además de por malicia, se puede pecar por debilidad (infirmitas). De todos modos, santo Tomás dice que en cierto sentido sí es el más grave. Lo cito directamente porque me parece bastante claro (S. Th., I-II, q. 162 a. 6): “En el pecado se miran dos aspectos: conversión a un bien perecedero, que es su aspecto material, y la aversión a un bien infinito, que es su aspecto formal y completivo. Por parte de la conversión, la soberbia no tiene por qué ser el pecado más grave, ya que la grandeza que el soberbio busca de un modo desordenado no expresa, en sí misma, una oposición máxima respecto al bien de la virtud. Pero por parte de la aversión, la soberbia posee la máxima gravedad, porque en otros pecados el hombre se aparta de Dios por ignorancia, por flaqueza o por el deseo de otro bien, pero en la soberbia se aparta de Dios porque no quiere someterse a El o a su norma. Por eso dice Boecio que, aunque todos los vicios rehuyen a Dios, sólo la soberbia se opone a El. Y por ello el apartarse de Dios, que en otros pecados es como una consecuencia, es esencial a la soberbia, y es su acto principal. Y puesto que lo que pertenece a algo por sí mismo es siempre mejor que lo que le viene de otro, síguese que la soberbia es el pecado más grave en sí mismo, ya que es un exceso en la aversión, el cual es el elemento formal del pecado .” Cordiales saludos, Martín Echavarría
Me parece un buen ejemplo de la actitud soberbia, la que se refleja en el siguiente texto de Immanuel Kant: “La moral, - dice - en cuanto que está fundada sobre el concepto del hombre como un ser libre que por el hecho mismo de ser libre se liga él mismo por su Razón a leyes incondicionadas, no necesita ni de la idea de otro ser por encima del hombre para conocer el deber propio, ni de otro motivo impulsor que la ley misma para observarlo […] Así pues, la moral, por causa de ella misma (tanto objetivamente por lo que toca al querer, como subjetivamente por lo que toca al poder) no necesita en modo alguno de la Religión [entiéndase la revelación cristiana] sino que se basta a sí misma en virtud de la Razón pura Práctica" [La Religión dentro de los límites de la razón, Comienzo del Prólogo a la 1ª Edición 1793. Cito según la versión de Felipe Martínez Marzoa, Alianza Editorial, Madrid 1969, p. 19]
Estimados amigos: La soberbia, según enseña Santo Tomás, fue el primer pecado del ángel. Leemos en In Sententiarum II, d. 5, q 1, a 3, corpus: “[…] la soberbia se define como un apetito desordenado de la propia excelencia, principalmente de la dignidad o del honor y, de este modo, es un pecado especial, uno de los siete vicios capitales. En este sentido la soberbia fue el primer pecado del ángel lo cual se evidencia, de un lado, por el objeto del deseo, puesto que apetece la eminencia de la dignidad, y de otro lado por el motivo del deseo pues el ángel se precipitó en el pecado a causa de la consideración de la propia belleza” [“dicitur superbia inordinatus appetitus propriae excellentiae, et praecipue in dignitate vel honore; et sic est speciale peccatum, unum de septem capitalibus vitiis; et sic primum peccatum Angeli superbia fuit: quod patet tum ex desiderato, quia eminentiam dignitatis appetiit: tum etiam ex motivo, quia ex consideratione propriae pulchritudinis in peccatum ruit”].
La esencia de la soberbia es, pues, este desordenado amor a la propia excelencia y a la propia dignidad. Es el pecado que llevó al ángel a pronunciar aquel terrible Non serviant!
El hombre soberbio repite, en medida humana, el pecado del demonio. Y es esta soberbia humana, inspirada por Satanás, la que hoy vemos plasmarse en las instituciones, en la cultura, en las leyes, en toda esta civilización de la muerte que se levanta ante nuestros ojos por obra del hombre soberbio, vuelto contra Dios, contra Cristo y la Iglesia.
En el siglo XIX se acuñó aquella expresión, en apariencia desconcertante pero en el fondo profundamente verdadera: “el liberalismo es pecado”. Es el pecado de soberbia del hombre que ya no cree necesitar de Dios ni de la Redención de Cristo ni de la enseñanza de la Iglesia. Este, nuestro mundo “postmoderno”, es el heredero de aquel liberalismo, su fruto de perdición.
Muy oportuna la reflexión del querido Padre Bojorge.
Un cordial saludo