Jack Welch, el legendario ejecutivo jefe de General Electrics de los 80 y los 90, en un reportaje de la revista Fortune hizo la siguiente reflexión:
"Hay una línea muy tenue entre la confianza en sí mismo y la arrogancia. El éxito a menudo alimenta a ambos, así como al rechazo al cambio. La gente entonces comienza a sentir una sensación de invulnerabilidad."1
¿Cómo se puede distinguir entre estas dos sensaciones, la confianza en sí mismo y la soberbia? ¿Qué prácticas se pueden recomendar para fomentar la primera sin caer en la segunda, o para rechazar la segunda sin perder la primera?
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1- La cita es de Stratford Sherman, “A Master Class in Radical Change,” Fortune, 13 de diciembre de 1993. El párrafo entero es el siguiente: “Managing success is a tough job. There is a fine line between self-confidence and arrogance. Success often breeds both, along with a reluctance to change.”
Dr. Alejandro: Unos problemas, debidos precisamente a cierta soberbia de cierta institución pública, sólo me han permitido seguir el foro, sin poder atreverme a decir algo y participar como antaño. Con todo, no es poco ni banal lo que he podido aprender. Si ahora me atrevo a intervenir debe ser o porque confío en mi mismo, o porque me mueve algo de arrogancia, o ambos. No lo sé. Pero de todos modos, ya hace tiempo que pienso que el soberbio auténtico, el que “se cree” superior, es un tonto ignorante, a pesar de la diferencia que establece Balmes en El Criterio entre el soberbio, listo y que aparenta humildad, y el vanidoso, tonto de remate. La expresión de Mr. Welch no me parece correcta, porque la línea que dice no puede ser sutil. Llegar a confiar en sí mismo es conocerse, cosa que lleva toda la vida, y ser arrogante es no actuar con conciencia de que otras personas tienen la misma dignidad, cosa que indica toda una vida equivocada. No me extiendo más, tan a última hora del cierre del bimestre. Un saludo cordial en St. Tomás. Dr.Hug
El comentario de Hug sobre la cita de Welch está muy bien. Una diferencia esencial entre la arrogancia y la confianza en sí mismos es la actitud hacia los demás. Sin embargo, me parece que la cuestión tiene aún hueso para roer. Podríamos preguntarnos sobre la diferencia entre la soberbia interior y la confianza en sí mismo. Supongamos por ejemplo un caso en que no hay maltrato al prójimo.
Dr. Clausse, la agradezco el comentario, y esta oportuna coletilla sobre la actitud hacia los demás. Me atreveré a poner un poco de carne a este hueso, en un tema tan difícil, visto exclusivamente desde la experiencia, sin textos. Entiendo que el soberbio interior o exterior (éste tal vez sería el que se muestra, el que se experimenta, tema que ya tiene hueso) es aquel ignorante de sí mismo y por tanto de los demás, que no conoce sus límites, ni reconoce en qué le superan otros a los que supone casi siempre limitados, y si lleha a verlos efectivamente superiores, les envidia. Por otro lado, la confianza en sí mismo, el creer en uno mismo (cum-fidere) podría de por si no distinguirse del soberbio. No obstante es necesario para la salud mental un grado determinado de confianza en sí mismo, que no sea complemento de la soberbia ni compensación de un complejo de inferioridad, es decir, que esté en el ámbito de la virtud, y por tanto, para simplificar, sea fruto de un grado determinado de prudencia. Creo que se puede señalar una diferecia: El soberbio se empecina en ser lo que cree ser, y con frecuencia lo exige de otros, y tiene un objetivo fijo a ciegas; el que confía prudentemente en sí mismo se pone a prueba habitualmente, tiene un objetivo siempre dependiente del “consilium”, y va haciéndose cargo con objetividad de sus limitaciones. Yendo a su cuestión, creo difícil que el soberbio no llegue muchas veces al maltrato voluntario al prójimo, porque éste no tiene significado pleno para él; en cambio el que confía prudentemente en sí mismo puede llegar más bien per accidens a maltratar a álguien. Éste pedirà perdón sincero, el otro, si lo hace, por conveniencia. Y como anécdota: Se tenía por arrogante a un señor, sacerdote, porque no devolvía el saludo mirando al otro. Y resulta que si movía la cabeza le entraban mareos, porque padecía un síndrome menieriforme o algo así. En este caso el soberbio hace un juicio tajante, y el prudente se pregunta antes porqué. No les canso más. Un saludo en Sto. Tomás. Dr.Hug
(Estimado D. Alejandro un error en las facturas me ha tenido sin teléfono todas las Navidades. Esta inesperada prolongación del foro me permite enviarle dos respuestas). Cuando leí la cuestión que plantea me agradó la “línea tenue” que separa la humildad de la arrogancia. En esto discrepo con D. Hug (que me ha dado una gran alegría volverlo a ver por estos foros, y espero que se le solucionen los problemas. También deseo a D. Mario que se recupere de sus dolencias).
Me llamó la atención porque nunca había visto un encuadre tan claro de lo que es el medio en el que consiste la virtud y la “necesaria” libertad humana. Esa “línea tenue” es el punto en el que hay que “atinar”, como diría Balmes, para que la virtud empiece a tomar cuerpo. Y la “puntería” necesaria solo puede ser producto de una elección libre. Creo que se debe distinguir en esta cuestión el plano filosófico y el plano teológico, que desarrollo en mi siguiente mensaje. Y, en primer lugar, tener en cuenta que la “confianza en sí mismo”, la interpreto como “humildad”. Porque me parece que ni la confianza en sí mismo ni la soberbia son “sensaciones”, sino actos de la inteligencia. El que sabe que hace las cosas bien, y confía en sí mismo, no tiene por qué ser soberbio, ni en el sentido filosófico ni en el teológico. El que se deja llevar por las sensaciones, en cambio, será arrogante dependiendo de si el tiempo está nublado, o de si ha hecho bien la digestión.
En el plano filosófico hay un texto de Santo Tomás que me parece que responde a la cuestión que usted plantea. Dice así:
“Y como el discurso sobre las cosas morales, también en lo universal, es incierto y variable, todavía es más incierto si se quiere descender más, y hacer una doctrina sobre los casos singulares en especial. Pues esto no entra ni bajo la ciencia (ars), ni bajo ninguna narración, porque los casos de los singulares operables varían de infinitos modos. Por eso el juicio sobre ellos queda a la prudencia de cada uno…” (1).
La infinita variedad de las situaciones reales hace ver que el hombre es “necesariamente” libre: no le queda otro remedio que elegir. No puede recurrir a un manual (los casos singulares no se pueden narrar) ni a un consejero, pues las distintas situaciones se suceden ininterrumpidamente, y son todas diferentes. El instrumento del que dispone el hombre es la prudencia, es decir, el conocimiento de los principios y una larga experiencia, que le permite resolver las situaciones con acierto.
Y aquí estoy de acuerdo con D. Hug. Cuando se alcanza la virtud, el medio entre la humildad y la arrogancia, la línea deja de ser tenue. En el comentario a este mismo libro de Aristóteles, dice Santo Tomás que la señal de que se ha alcanzado una virtud es la alegría. El acto virtuoso es el acto perfecto, es decir, al que no hay nada que añadirle, ni nada que quitarle. Consistiendo la humildad en mantenerse cada uno en el sitio que le corresponde, cuando uno se mantiene en su sitio lo percibe como algo perfecto. Esto produce alegría, y desarrolla una sensibilidad que permite detectar dónde está el medio en otras situaciones similares. La repetición de actos perfectos en las diferentes situaciones es lo que construye la virtud: mantenerse en su sitio siempre con facilidad y alegría.
Un cordial saludo.
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(1) Sententia Ethic., lib. 2 l. 2 n. 5 Et cum sermo moralium etiam in universalibus sit incertus et variabilis, adhuc magis incertus est si quis velit ulterius descendere tradendo doctrinam de singulis in speciali. Hoc enim non cadit neque sub arte, neque sub aliqua narratione, quia casus singularium operabilium variantur infinitis modis. Unde iudicium de singulis relinquitur prudentiae uniuscuiusque, et hoc est quod subdit, quod oportet ipsos operantes per suam prudentiam intendere ad considerandum ea quae convenit agere secundum praesens tempus, consideratis omnibus particularibus circumstantiis; sicut oportet medicum facere in medicando, et gubernatorem in regimine navis. Quamvis autem hic sermo sit talis, id est in universali incertus, in particulari autem inenarrabilis, tamen attentare debemus, ut aliquod auxilium super hoc hominibus conferamus, per quod scilicet dirigantur in suis operibus.
En lo referente a la humildad considerada desde el punto de vista de la Teología, personalmente siempre tuve dudas de que la humildad fuera una virtud humana. No veía que sentido tiene hablar de humildad en la vida civil. Humanamente ser humilde es una desgracia. En la Suma Teológica Santo Tomás soluciona mis dudas. Responde a la cuestión de por qué Aristóteles no habla de la humildad en los diez libros de la Ética:
“A la quinta objeción hay que decir que el Filósofo se proponía tratar de las virtudes en cuanto que se ordenan a la vida civil. En ella la sujeción de un hombre a otro se determina según el orden de la ley, y por eso (la humildad) se contiene bajo la justicia legal. Pero la humildad, en cuanto que es una virtud especial, mira primero a la sujeción del hombre a Dios. Por ella se sujeta también a otros hombres humillándose.” (1).
Humanamente la humildad pertenece a la justicia legal, porque se trata de la sujeción de unos hombres a otros, no de la sujeción del hombre a Dios. No es una virtud especial. Esta sujeción la determina la ley. Teológicamente es una virtud especial por la que el hombre se sujeta a Dios y, por esta sujeción, también a otros hombres, humillándose.
Para conseguir la humildad filosóficamente, el camino es conocer a qué hombres debe uno sujetarse según la ley, y practicarlo. Teológicamente hay dos caminos, que hacen más sencillo y eficaz convertir la “línea tenue” en algo que adquiere “cuerpo” en el alma:
“A la segunda objeción hay que decir que el hombre llega a la humildad por dos caminos. El primero y principal, por el don de la gracia. Y en cuanto a esto, lo interior precede a lo exterior. El segundo es el estudio humano, por el que el hombre cohibe antes lo exterior, y después consigue extirpar la raíz interior.” (2).
Hay que tener en cuenta que las virtudes cristianas son infusas. Mientras que sin fe, las virtudes es necesario adquirirlas, el cristiano lo que tiene que hacer es aplicarlas. Al aumentar la caridad, por la esperanza, aumentan las demás virtudes, sobre todo la humildad. Una vez que, por la gracia, el hombre se sujeta a Dios, se sujeta también a otros hombres, no solo según la ley, sino por amor a Dios. Esto no tiene sentido en Filosofía.
Un cordial saludo.
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(1) II-II, q. 161 a. 1 ad 5 Ad quintum dicendum quod philosophus intendebat agere de virtutibus secundum quod ordinantur ad vitam civilem, in qua subiectio unius hominis ad alterum secundum legis ordinem determinatur, et ideo continetur sub iustitia legali. Humilitas autem, secundum quod est specialis virtus, praecipue respicit subiectionem hominis ad Deum, propter quem etiam aliis humiliando se subiicit.
(2) II-II, q. 161 a. 6 ad 2 Ad secundum dicendum quod homo ad humilitatem pervenit per duo. Primo quidem et principaliter, per gratiae donum. Et quantum ad hoc, interiora praecedunt exteriora. Aliud autem est humanum studium, per quod homo prius exteriora cohibet, et postmodum pertingit ad extirpandum interiorem radicem. Et secundum hunc ordinem assignantur hic humilitatis gradus.
Me pareció muy interesante el tratamiento del problema de la "línea tenue" que ofreció Rafael.
Ya que nos han dado una prórroga para seguir masticando el hueso, voy a aventurar unos pensamientos respecto a este tema. Mi ánimo en esto es mostrar al foro cómo ve este problema un lego, que puede servir a los que se dedican a la docencia para ensayar formas de enseñar sobre este tema.
En la línea de pensamiento que mencionó Hug, me parece que una guía fundamental para definir bien la línea es la caridad. Y como apuntó Rafael, el ordenamiento entre medios y fines (o sea la prudencia) es la otra virtud que debe involucrarse.
Sin embargo, para mi, muchas veces se percibe una línea tenue entre la confianza en sí mismo y la arrogancia. Lo que me resulta interesante desde un punto de vista "científico" (en el sentido de curiosidad por lo que se da en la realidad) es que no debería ser así, ya que la sola mención de ambas hace que uno se sienta atracción por la primera y rechazo por la segunda. Por eso, el problema (al menos desde el punto de vista práctico) me parece que es importante.
Ahora bien, aun admitiendo que ambas cosas son diferentes ¿por qué algunos perciben una línea tenue? Al menos pongámoslo así (para que no parezca un pseudo-problema): ¿por qué se equivoca Mr. Welch? (no "en qué" -que es lo que analizaron Hug y Rafael- sino "por qué").
Reconociendo que nadie hace el mal porque sí (creo que fue Sócrates el primero en plantearlo así ¿no?), se me ocurre que quizás lo de la línea tenue es lo que en muchos casos hace que la gente sea arrogante. Es decir, no puede haber alguien que diga "soy arrogante porque me parece bueno serlo". En mi experiencia me he encontrado muchas veces que la gente cae en actitudes de soberbia porque se siente insegura. La solución entonces suele ser ayudarle a entender esto, para que encuentren los medios correctos para alcanzar seguridad en donde se puede (i.e. con prudencia), y darse cuenta que el control absoluto de todo es imposible y por lo tanto uno debe aprender a practicar la sana resignación (lo que vulgarmente se dice ser un buen perdedor).
Estimado D. Alejandro. Ciertamente en mis dos mensajes anteriores no respondí a la cuestión que usted planteaba. Pero me centró usted un balón tan certero que no pude evitar la tentación de rematar a gol. Me alegro, porque en su último mensaje detalla más cuál es el problema “¿por qué se equivoca Mr. Welch?”. Y aprovechando este tiempo de prórroga, le expongo mi opinión.
En general, creo que Mr. Welch se equivoca porque el nivel de análisis del ser humano en la Antropología moderna es muy elemental, comparándolo con el de Aristóteles (o, mejor, de Santo Tomás). Según el comentario de Santo Tomás, Aristóteles centra la Ética en la ‘virtus’, la capacidad operativa del ser humano que le conduce a su perfección, a la felicidad. Pero esta ‘virtus’ se compone de una multitud de virtudes y “virtuditas” que el hombre debe poner en práctica por separado. La perfección requiere ponerlas en practica todas, y de manera inteligente. Por eso distingue entre la virtud y la inclinación natural. Un hombre que por naturaleza es honrado no tiene la virtud de la honradez. Se trata del desarrollo del espíritu.
Welch explica por qué es tenue la lína que separa la confianza en sí mismo de la arrogancia, porque “el éxito a menudo alimenta a ambas”. Aquí hay un fallo en el análisis. El éxito alimenta la confianza en sí mismo, pero no la arrogancia. Esta viene de otro lado. Procede de que las ideas son perfectas, y se moderan contrastándolas con la realidad. Si pensamos en una casa, será una casa perfecta; pero habrá que ver si tiene o no tiene goteras. Todos los hombres tenemos una idea perfecta de nosotros mismos. Esta idea perfecta la modera el conocimiento de la realidad, el conocimieto de uno mismo. Dependiendo de la idea que tenemos de nosotros así tratamos a los demás, con arrogancia, o con modestia.
Como usted bien dice, suele suceder que las personas que caen en la arrogancia es porque se sienten inseguras. El éxito, por su propia dinámica, lleva a la seguridad en sí mismo y también a la modestia, pues no es fácil hacer las cosas bien, y esta dificultad modera la arrogancia. Por eso es muy probable que los que caen en la arrogancia solo tengan éxitos aparentes, o imaginados por ellos mismos. Estoy de acuerdo con usted en que hay que aprender a ser buen perdedor: darse cuenta de que el éxito, para que sea real, requiere muchos fracasos previos. Discrepo, en cambio, con usted y con Sócrates, en que nadie hace el mal porque sí. Hay quien opina que la maldad también existe. La confianza en sí mismo se adquiere haciendo las cosas bien. La arrogancia se evita practicando la modestia.
Un cordial saludo.