De la ortodoxia católica

Época II Año 7 Número 2 Marzo - Abril 2009
Disputatio

La disputa (disputatio) del maestro induce al intelecto a la verdad a la que tiende (Tomás de Aquino, Quodlibet IV q.9, a.3 in c).

La disputatio es la segunda parte del Studium bimestral de e-aquinas. Tiene lugar durante el segundo mes del Studium. Consiste en la discusión en torno a cuestiones relacionadas con el tema de estudio. Primero, se plantean cuestiones (quaestio) y luego se les da respuesta (responsio).

Finalmente, el moderador concluye (determinatio) el tema estudiado.

Quaestiones

  • Apreciados amigos,

    después de las múltiples aportaciones a la Lectio, que no sólo han incidido en los textos de Santo Tomás, sino que han abierto nuevas perspectivas a partir de los comentarios y de las citas del Magisterio aportadas, sugiero cuatro cuestiones para la disputatio:

    1 - La revelación, ¿exige qué haya un sujeto (a saber la Iglesia) que pueda guardar íntegramente el depósito y pueda interpretarlo?

    (Publicado por David Amado Fernández el 2 de Abril de 2009)

    Responsiones (12)

  • 2 - ¿Ha de ser infalible la Iglesia en las verdades no reveladas conexas con la fe?

    (Publicado por David Amado Fernández el 2 de Abril de 2009)

    Responsiones (1)

  • 3 - La experiencia de algunos conversos, sobre todo procedentes del anglicanismo, como el cardenal Newman, muestra que el estudio histórico de los dogmas confirma la fidelidad de la Iglesia Católica a la fe de los primeros siglos. ¿Sería ello posible si no existiera la infabilidad del Papa?

    (Publicado por David Amado Fernández el 2 de Abril de 2009)

    Responsiones (0)

  • 4 - Santo Tomás plantea que los primeros principios de la ciencia teológica son los artículos de fe (a saber el Credo). Por tanto, ¿Hay defecto en la fe del teólogo que en sus argumentaciones llega a conclusiones contrarias a dichos principios y se mantiene en ellas?

    (Publicado por David Amado Fernández el 2 de Abril de 2009)

    Responsiones (1)

  • Determinatio

    I. LA IGLESIA PERMANECE UNIDA A JESUCRISTO Y CONTINÚA SU ACCIÓN EN EL MUNDO

    Para profundizar en la respuesta que da santo Tomás me parece oportuno acudir a textos magisteriales de los últimos tiempos, que muestran la coherencia y acierto del pensamiento tomasiano, pese a que algunos puntos no estaban aún desarrollados en su época.

    En el Concilio Vaticano II, al hablar del misterio de la Iglesia, se presenta a ésta como una realidad sacramental (Lumen Gentium, 1), y también como Pueblo de Dios, constituido por Cristo como comunión de vida, de caridad y de verdad (Lumen Gentium, 9).

    En el centro mismo de la revelación cristiana se encuentra la Encarnación y la llamada de Jesucristo a los hombres para compartir su vida. Cuando Jesucristo culmina su misión en la tierra, por la efusión del Espíritu Santo, los discípulos que ha ido reuniendo a su alrededor se reconocen perteneciendo a la Iglesia. En el modo que Dios ha elegido para comunicarse a los hombres la Encarnación del Hijo determina también el modo en que el hombre puede conocerlo. La Iglesia es denominada sacramento de Cristo, y no puede entenderse como una asociación de personas que se reúnen por propia iniciativa, ni siquiera por un impulso moral y aún menos un sentimiento. Sacrosantum Concilium habla de “sacramento admirable”, que ha nacido del costado traspasado de Cristo, y recuerda que los apóstoles son enviados a anunciar el evangelio, pero también a introducir a los demás hombres en la Iglesia (SC 6, 10).

    En la Iglesia la revelación se transmite de generación en generación hasta el fin del mundo. Ella es la depositaria y custodia del depósito revelado. También es la que legítimamente interpreta esa revelación. Todo esto en consonancia con el misterio de la Encarnación. Así la Iglesia hace presente a Jesucristo en el mundo por su mismo ser, como continuación del misterio de la Encarnación. En Dominus Iesus (n.16) se indica que “los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica —radicada en la sucesión apostólica— entre la Iglesia fundada por Cristo y la Iglesia católica”.

    En esta perspectiva –en la que hay que recordar como señala santo Tomás, siguiendo a san Pablo, que la Iglesia tiene como cabeza a Jesucristo-, vemos que el Evangelio no está a libre disposición de los hombres. Los mismos apóstoles, y sus sucesores, anuncian un Evangelio y la salvación de Jesucristo, a la que ellos mismos han sido llamados por el mismo Señor y la acción del Espíritu Santo. La revelación ha de ser salvaguardada y transmitida en su integridad y verdad. Conviene señalar que quienes tendrán la función de enseñar están unidos a Jesucristo y han recibido, en palabras de San Ireneo un “carisma veritatis certum”. No se colocan por encima del Evangelio, sino que han de dar testimonio auténtico de Él. Dei Verbum (n.10) recuerda que el Magisterio sirve a la revelación, enseñando lo que ha sido transmitido, y con la asistencia del Espíritu Santo.

    Es importante situarse en esta perspectiva para entender bien lo que afirma santo Tomás. Jesucristo es uno, lo mismo que su Evangelio, y la Iglesia también ha de ser una. Para poder predicar el evangelio con autoridad es necesario permanecer en la unidad de la Iglesia. El principio visible de dicha unidad es el Sumo Pontífice, quien goza de un carisma particular, el de la infalibilidad. Por eso los obispos han de estar en comunión con el Papa para desempeñar adecuadamente su misión. Si toda la Iglesia permanece en el mundo como testigo de la revelación, singular importancia tiene el Romano Pontífice en cuanto garante.

    La Iglesia, a su vez, es necesaria para que los hombres puedan creer. Señala Santo Tomás “En expresión del Apóstol, el que se acerca a Dios ha de creer (Heb 11,6). Mas no es posible creer si no hay alguien que proponga la verdad que debe creer. Por eso fue necesario reunir en un todo la verdad de fe, para que se pudiera proponer a todos con mayor facilidad, y para que nadie, por ignorancia, careciera de la fe. Esta colección de verdades de la fe recibió el nombre de Símbolo.” (S. Th. II-II. Q. 1, a. 9) Ha de existir alguien que anuncie y proponga la fe para que los hombres puedan asentir a ella. Lógicamente ese “alguien”, la Iglesia, ha de tener la autoridad de Jesucristo y el carisma de la infalibilidad.

    II. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

    Por el magisterio la Iglesia determina lo que ha de creerse, en cuanto revelado por Dios. Dicha enseñanza no supone añadir nada al depósito revelado ni tampoco una nueva revelación, ya que esta quedó cerrada con la muerte del último de los apóstoles. Explicita, por tanto lo que está contenido y ha recibido de la Tradición. El padre Marín-Sola habla de “implícito revelado”.

    Si la Iglesia ha de proponer la fe y ésta es necesaria para la salvación, parece evidente que la Iglesia no puede errar en su anuncio. Por ello afirmamos que está asistida particularmente por el Espíritu Santo. La Iglesia obra en tanto que unida a Jesucristo y a través de quienes tienen la capacidad y la autoridad para hacerlo en su nombre (singularmente el Romano Pontífice). Podemos decir que la Iglesia cuando habla es la voz de la esposa, pero que también es la voz de Cristo, ya que al hablar lo hace en su nombre y con su autoridad. También tenemos la seguridad de que la Iglesia, en aquello que es necesario para nuestra salvación, no se equivoca (en materia de fe y costumbres).

    Dado que la redacción de un Símbolo supone presentar a los hombres las verdades que han de ser creídas, eso es competencia del Romano Pontífice. Él tiene el carisma de la infalibilidad y también la responsabilidad de la unidad de la Iglesia, siendo esta imposible si los artículos propuestos para ser creídos pueden estar sujetos a error. Esta afirmación no supone que necesariamente uno se equivoque al tener por cierta una verdad “no definida”. Lo que implica es que ser propuesta como “de fe” sólo corresponde a la autoridad del Papa.

    Santo Tomás se fija en que, habitualmente, los Símbolos se redactan con motivo de la aparición de un error doctrinal (herejía). Son las desviaciones en materia de fe las que propician que esta sea reafirmada, especialmente en los temas cuestionados, por la autoridad legítima (S. Th. II-II, q. 10, a. 10, ad 1). Pero también puede suceder que la Iglesia, leyendo en el depósito que le ha sido confiado, haga explicitaciones del dogma y proponga, para ser creídos, artículos que antes estaban contenidos. Lo que nunca cabe es que una afirmación entre en contradicción con lo que anteriormente ha sido creído y recibido por la Tradición. Ninguna verdad ni Símbolo de la fe puede ser anulado por la formulación de una nueva profesión de fe sucesiva que corresponda a situaciones históricas nuevas. Sin embargo, la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, puede, en el curso de su historia definir algunas verdades. Y, “cuando el magisterio de la Iglesia se pronuncia de modo infalible declarando solemnemente que una doctrina está contenida en la Revelación, la adhesión que se pide es la de la fe teologal. Esta adhesión se extiende a la enseñanza del magisterio ordinario y universal cuando propone para creer una doctrina de fe como de revelación divina”. (Donum veritatis, 23).

    Conviene aquí hacer una puntualización. La infalibilidad se refiere a la inerrancia de la Iglesia al enseñar, pero no supone que todo lo que la Iglesia enseña de modo infalible haya de ser creído como de fe divina. Esta sólo se presta a lo que es propuesto como “doctrina de fe”.

    Hay doctrinas que requieren el asenso de la fe teologal por parte de todos los fieles como, a modo de ejemplo, los artículos del Credo o los diversos dogmas cristológicos y marianos. También la doctrina sobre la institución de los sacramentos por parte de Cristo y su eficacia, la fundación de la Iglesia por parte de Cristo, etc. (Cfr. Nota doctrinal ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio fidei (29 de junio de 1998), n. 11)

    Por otra parte, se señala en el número 6 la misma nota, pueden haber verdades que la Iglesia proponga para ser tenidas como verdades definitivas (sententia definitive tenenda). Negarlas rompe la comunión con la Iglesia, pero no comporta herejía si no han sido propuestas como de fe. La misma nota indica que el hecho de que no se presenten como formalmente reveladas “en cuanto agregan al dato de fe elementos no revelados o no reconocidos todavía expresamente como tales, en nada afecta a su carácter definitivo”.

    La nota señala, en el número 11, algunas de esas verdades que están relacionadas con la revelación bien por una “conexión histórica”, bien por una “conexión lógica”. Pensemos, por ejemplo, que la Iglesia ha de poder enseñar sin error cosas como la celebración de un concilio ecuménico, la canonización de los santos, o la invalidez de las ordenaciones anglicanas, como hizo León XIII en la Carta Apostolicae Cura e.

    La persuasión de que la infalibilidad de la Iglesia se extiende no sólo a las verdades formalmente reveladas (objeto primario de la infalibilidad), sino también a las verdades estricta e íntimamente conexas con ella (objeto secundario de la infalibilidad), se desarrolló de modo muy perfilado en el Vaticano I (Dei Filius, c. 4: DS 3018 y canon 2: DS 3042). Que haya diversos grados de adhesión a las verdades propuestas por la Iglesia no afecta a su verdad, sino a su carácter de divinamente reveladas o simplemente conexas. El hereje niega las verdades de fe.

    La infalibilidad de la Iglesia no coarta la actividad de los teólogos sino que la estimula. Recordemos que Santo Tomás, al hablar de la teología como ciencia, señala que ésta toma sus principios de los artículos de la fe. Por tanto, cuanto más explicite la Iglesia el dato revelado y pueda proponer verdades para ser creídas más firmemente avanzará la teología. Por lo mismo, cuanto más fiel es el teólogo a la enseñanza de la Iglesia mejor serán sus aportaciones y, de esa manera, también podrá prestar un servicio al Magisterio y al conjunto de los fieles.

    El cardenal Newman, en Apologia pro vita sua, señala “Creo la totalidad del dogma revelado, como enseñado a los apóstoles, como confiado por los apóstoles a la Iglesia y como declarado por la Iglesia a mí mismo. Lo recibo tal como ha sido infaliblemente interpretado por la misma autoridad a la que fue confiado e, implícitamente, tal como será de igual manera interpretado más adelante” (Ciudadela, Madrid 2009, p. 258). Y después de esa confesión, frente a quienes le acusaban de que al aceptar la infalibilidad se coartaba la libertad de investigación, señala que el proceder histórico de la Iglesia, cuando se mira sus intervenciones doctrinales a través de los siglos, lejos de haber evitado la investigación, la han propiciado: “Es patente que semejante modo de proceder no sólo tiende a la libertad, sino al aliento de los teólogos y controversistas individuales” (ibid., p. 273).

    III. DE LA FE DEL HEREJE

    La fe que se presta a Dios a través de la Iglesia supone aceptar todo lo que esta enseña que ha de ser creído. Creemos a Dios y a sus legítimos representantes y por ello aceptamos todo lo que ellos nos enseñan. Negar una parte de lo que se propone en el credo no afecta sólo a ese punto concreto sino que cuestiona el “asentimiento” completo que se debe a Dios. Entonces hay defecto de fe. Por eso dice santo Tomás que “si de las cosas que la Iglesia enseña admite las que quiere y excluye las que no quiere, no asiente a la enseñanza de la Iglesia como regla infalible, sino a la propia voluntad” (S. Th. II-II, q. 5, a. 3). Hay, por tanto, defecto en la fe y, por lo tanto, como se señala en el artículo las verdades que acepta del Símbolo no las tiene por fe sino por opinión.

    Me parece también que puede pensarse en todos aquellos que no comparten plenamente el Credo de la Iglesia y que, sin embargo, no niegan pertinazmente la Verdad primera, antes bien se muestran deseosos de conocerla mejor para obedecerla. Tal es el caso, por ejemplo, del cardenal Newman antes de entrar en la Iglesia católica. Las verdades en que creía las tenía por ciertas en cuanto le eran propuestas por la iglesia anglicana. En ese caso existe la voluntad de asentir a la Verdad plena y no se niega directamente ésta ni hay voluntad de hacerlo, sino que acaece error acerca de la autoridad que enseña. Me parece que aquí no estamos en el caso señalado por santo Tomás, ya que parece referirse a quien, conociendo la Iglesia, por voluntad propia (orgullo intelectual u otros motivos) ofrece un acto de fe condicional, siendo éste imposible y, por lo mismo, quedándose sin fe.

    (Publicado por David Amado Fernández el 2 de Mayo de 2009)

    Responsiones (0)



Ver época I en hemeroteca.